El 6 de febrero cumplí 46 años.
La verdad es que, nunca he dado
importancia al cómputo estrictamente cronológico de mi vida, esa especie de
reloj perverso que hacía llegar tarde a todas partes al Conejo Blanco de
“Alicia en el País de las Maravillas”. De modo que, nunca he vivido el
aniversario de mi nacimiento ni como una compuerta ante la que se abría una
cascada de oportunidades, ni como
un cerrojo tras el que se cerraba toda una suerte de hitos no vividos a los que
había de renunciar inexorablemente. Siempre he vivido la vida como un continuo
de experiencias y nunca me ha importado si han sobrevenido a los 24, a los 37 o
a los 12. De esta manera, nunca me he preocupado de hacer balance de los
supuestas ganancias que debía sumar en la columna del haber de mi vida, ni de
las supuestas pérdidas que debía anotar en la columna del debe.
Porque en esta sociedad
occidental, mercantilizada, en la que vivimos, todo parece apuntar a que ido
dejando innumerables pufos a lo largo de mi ya dilatada vida y a la vuelta de
la esquina me esperan un sinfín de
acreedores dispuestos a ajustar las cuentas y yo, que no como carne, no tengo
ni cuchillo jamonero y lo máximo que estoy dispuesta a empuñar es la pluma
“Montblanc” que mis padrinos me
regalaron y que guardo como oro en paño para el día en que firme una hipoteca.
Ja. Ja. Ja.
Entre esas calamitosas deudas a
las que pareciera que, a estas alturas de “la vida”, debo, sino saldar, como
mínimo reconocer, se encuentra el hecho de no haber “formado un hogar”. Sí, sí.
Porque por mucho que en apariencia las cosas hayan cambiado, todavía prima el
modelo, aunque con diferentes apariencias, al que se ciñeron nuestros más
remotos antepasados, aquél que supone que a la provecta edad que me acompaña,
una ha formado un hogar. Es decir, tiene pareja, ex-pareja o divorcio; tiene un
trabajo; tiene descendencia y empieza a vislumbrar que ha llegado a la mitad
del camino.
Uau… Dan ganas de echar a correr.
Por en medio del camino, por el arcén o campo a través, pero dan ganas de echar
a correr como el Conejo Blanco porque, a todas luces, yo, soltera y sin
compromiso, sin descendencia ni casa propia, no es que llegue tarde, es que
vivo en el más desolador de los páramos porque por no tener, no tengo ni hogar.
Admito que los muebles que pueblan el espacio que habito no son el colmo de la
solidez más envidiable, pero francamente cuando me descalzo y me tumbo en mi
sofá biplaza de “Galerías del Tresillo” con mi taza de yogui tea classic entre
las manos, me siento de lo más confortable y ese espacio ikea style se me
antoja mi hogar.
Y sí, es cierto que no tengo
trono ni reina, ni desmantelado sistema social que me atienda, pero sigo
siendo. Sigo siendo una mujer, de 46 años, que sueña, que siente, que padece y
que ama.
Sin duda, todo indica que
llegados a este punto y seguido, la Vida sigue igual, y no me refiero a aquella
a la que cantaba Julio Iglesias, artista al que alrededor de los cuarenta
verdaderamente descubrí con sumo gusto y al que he unido a mi cantera de
orgullo patrio abanderado, obviamente, por la Más Grande, sino a la auténtica
Maestra, que no nos pide cuentas sino que no nos olvidemos de vivir. De nuevo
Julio, hey.
Así que, llegada a este punto, y
por de pronto seguido, de mis 46 años, decidida y, aún mejor, sinceramente, no
le doy demasiada importancia a los trofeos que se supone debería haber
conseguido para mostrar en el
escaparate de la feria de la vanidades o en la parada de los freaks, según sea
el criterio del público potencial.
De manera que, espectadores más o
menos atentos, protagonistas ineludibles de nuestra existencia individual, no
detengan su devenir en la estación final de destino del éxito o el fracaso, lo
dejo a su indulgencia personal, porque el mayor espectáculo del mundo no ha
hecho más que empezar.
La Vida sigue, continúa, igual,
de todas maneras.