domingo, 12 de febrero de 2017

Siempre hay por quien vivir y a quien amar



El 6 de febrero cumplí 46 años.

La verdad es que, nunca he dado importancia al cómputo estrictamente cronológico de mi vida, esa especie de reloj perverso que hacía llegar tarde a todas partes al Conejo Blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”. De modo que, nunca he vivido el aniversario de mi nacimiento ni como una compuerta ante la que se abría una cascada de oportunidades,  ni como un cerrojo tras el que se cerraba toda una suerte de hitos no vividos a los que había de renunciar inexorablemente. Siempre he vivido la vida como un continuo de experiencias y nunca me ha importado si han sobrevenido a los 24, a los 37 o a los 12. De esta manera, nunca me he preocupado de hacer balance de los supuestas ganancias que debía sumar en la columna del haber de mi vida, ni de las supuestas pérdidas que debía anotar en la columna del debe.

Porque en esta sociedad occidental, mercantilizada, en la que vivimos, todo parece apuntar a que ido dejando innumerables pufos a lo largo de mi ya dilatada vida y a la vuelta de la esquina me esperan un sinfín  de acreedores dispuestos a ajustar las cuentas y yo, que no como carne, no tengo ni cuchillo jamonero y lo máximo que estoy dispuesta a empuñar es la pluma “Montblanc que mis padrinos me regalaron y que guardo como oro en paño para el día en que firme una hipoteca. Ja. Ja. Ja.

Entre esas calamitosas deudas a las que pareciera que, a estas alturas de “la vida”, debo, sino saldar, como mínimo reconocer, se encuentra el hecho de no haber “formado un hogar”. Sí, sí. Porque por mucho que en apariencia las cosas hayan cambiado, todavía prima el modelo, aunque con diferentes apariencias, al que se ciñeron nuestros más remotos antepasados, aquél que supone que a la provecta edad que me acompaña, una ha formado un hogar. Es decir, tiene pareja, ex-pareja o divorcio; tiene un trabajo; tiene descendencia y empieza a vislumbrar que ha llegado a la mitad del camino.

Uau… Dan ganas de echar a correr. Por en medio del camino, por el arcén o campo a través, pero dan ganas de echar a correr como el Conejo Blanco porque, a todas luces, yo, soltera y sin compromiso, sin descendencia ni casa propia, no es que llegue tarde, es que vivo en el más desolador de los páramos porque por no tener, no tengo ni hogar. Admito que los muebles que pueblan el espacio que habito no son el colmo de la solidez más envidiable, pero francamente cuando me descalzo y me tumbo en mi sofá biplaza de “Galerías del Tresillo” con mi taza de yogui tea classic entre las manos, me siento de lo más confortable y ese espacio ikea style se me antoja mi hogar.

Y sí, es cierto que no tengo trono ni reina, ni desmantelado sistema social que me atienda, pero sigo siendo. Sigo siendo una mujer, de 46 años, que sueña, que siente, que padece y que ama.

Sin duda, todo indica que llegados a este punto y seguido, la Vida sigue igual, y no me refiero a aquella a la que cantaba Julio Iglesias, artista al que alrededor de los cuarenta verdaderamente descubrí con sumo gusto y al que he unido a mi cantera de orgullo patrio abanderado, obviamente, por la Más Grande, sino a la auténtica Maestra, que no nos pide cuentas sino que no nos olvidemos de vivir. De nuevo Julio, hey.

Así que, llegada a este punto, y por de pronto seguido, de mis 46 años, decidida y, aún mejor, sinceramente, no le doy demasiada importancia a los trofeos que se supone debería haber conseguido  para mostrar en el escaparate de la feria de la vanidades o en la parada de los freaks, según sea el criterio del público potencial.

De manera que, espectadores más o menos atentos, protagonistas ineludibles de nuestra existencia individual, no detengan su devenir en la estación final de destino del éxito o el fracaso, lo dejo a su indulgencia personal, porque el mayor espectáculo del mundo no ha hecho más que empezar.

La Vida sigue, continúa, igual, de todas maneras.