El regalo de Reyes que
recibí con mayor alegría cuando era niña fue mi primera bicicleta. Luego
vinieron otras, pero aquella “BH” de brillante esmalte granate será siempre mi
favorita de todas ellas.
Con ella aprendí a ir
en bici y lo hice a base de pegarme unas cuantas tortas, pero cuando por fin
aquel artefacto maravilloso y yo fuimos una unidad en equilibrio, puede
disfrutar de aquella sensación de libertad mientras mi pelo volaba alborotado
al ritmo del aire que rozaba mis mejillas.
La llegada de la “BH”
me costó ruegos varios, dado el miedo de mi madre a que su única hija se
partiera la crisma con resultados catastróficos. Sin embargo, para los buenos
padres, la ilusión de sus vástagos ante nuevos retos y experiencias en su
desarrollo como personas únicas e individuales siempre es lo más importante.
Mis ansias de libertad prevalecieron sobre la necesidad de seguridad de mis
padres.
La bici llegó cuando yo
tenía ocho años y, para aquel entonces, hacía ya dos años que yo ya sabía que
los Reyes Magos eran los padres. A pesar de la temprana edad en la que me
enteré de aquel “candoroso engaño”, su descubrimiento no me causó ningún
desencanto. En realidad, me sentí liberada de aquella penitencia que suponía el
resto del año hasta la llegada del bendito seis de enero. Sí, porque el 7 de
enero empezaba una auténtica cuenta atrás para que los Reyes no me trajeran
carbón y para eso había que ser un buena nena según el criterio
mágico-esotérico de sus Majestades de Oriente.
De esta manera, con el
misterio resuelto, mis cartas posteriores, que ya no iban al buzón, se ciñeron
a un sentido común, tal vez demasiado precoz, que me frenaba a la hora de
extralimitarme en las demandas a una familia de clase trabajadora. Yo solita
con mi sentido común pude manejarme. No hacía falta nada más, gracias a la
buena educación que siempre recibí de mis padres.
Así pasó mi infancia de
clase obrera, a la velocidad de mi BH con mis pantalones de pata de elefante
arremangados, mientras en mi país se sucedían cambios que suponían la llegada
de las primeras elecciones democráticas tras una dictadura que fue desmontada
con mimo y de la que se aprovecharon múltiples trocitos, cual monstruo de
Frankenstein.
Las ciudades y pueblos
de España se vieron inundados de carteles con la facha; perdón, pero viene,
viene al caso; de políticos variopintos. Suárez, hecho un pincel de traje y
chaqueta; Felipe, muy aparente con su chaqueta de pana; Carrillo con su eterno pitillo y Fraga,
sin acritud, pero para mí, la viva imagen humana del Napoleón de “Rebelión en
la Granja”.
Estas fueron las
imágenes y la banda sonora, sin duda, aquella “Libertad sin ira” del grupo
“Jarcha”.
Y nos los creímos, lo
de la democracia, la libertad y la movida madrileña.
Mientras, muerto el
dictador, la banda terrorista ETA seguía a lo suyo y al gobierno socialista no
se le ocurría otra cosa que echar mano del terrorismo de estado, con la
creación de los GAL, y de unas fuerzas de seguridad con una raigambre bastante
podrida, muy dispuestas a colaborar en “abusos” varios; no hay más que recordar
el caso de Lasa y Zabala [1].
Con el paso del tiempo,
también nos creímos que las malas hierbas que habían crecido a sus anchas en
tiempos pretéritos entre aquellos que detentaban el monopolio de la violencia
habían sido arrancadas. Pero en un territorio con semejante abono, repito, la
violencia, no pueden más que crecer las flores del mal, pero no aquellas a las
que se refería el poeta [2].
Cuarenta años después
de las primeras elecciones democráticas y tras varias convocatorias electorales
en las que se nos ha permitido a los españolitos de bien ejercer nuestra
voluntad a través del mandato que supone el resultado de las urnas. Cuarenta
años después de despedir a los Reyes Magos de Oriente y su tácito imperativo
para ser una buena nena, me he vuelto a dar de bruces con unos reyes elegidos
por mis conciudadanos que, en este caso, van a determinar si soy una buena
ciudadana. Y para ello se han dotado de un instrumento llamado “Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana”.
Las diferencias entre
los Reyes, ya sea los paternos o los de Oriente, y entre estos son, obviamente,
notables. Las principales giran en torno a dos cuestiones, el binomio
libertad-seguridad y la clara voluntad de indefinición respecto a las pautas a
seguir para conseguir la garantía
que me faculte como una buena ciudadana; cuestión esta última que, en mi
infancia aparecía diáfana resumida en asuntos como lavarme los dientes, hacer
los deberes, aprobar los exámenes…
Vayamos con la primera
cuestión. Mientras que en el caso de los reyes paternos la libertad era lo que
primaba frente a una seguridad asfixiante que anulara la capacidad de autonomía
de la persona dotada de todos sus derechos individuales, en la ley va por delante
la seguridad ciudadana tal como se indica en su título. Por más que, en el
preámbulo de su texto, se haga alusión a los derechos y libertades, avanzando
en la lectura de los diferentes artículos de que se compone, no tardamos en
comprobar que se trata de una cuestión meramente estética.
Una seguridad que,
según dice la ley, es función del estado, convirtiendo al ciudadano en un
pelele que es incapaz de utilizar el sentido común, ese que se le otorga a una
cría de ocho años para llevar una bicicleta sin atentar contra su seguridad ni
la de otros, pero que parece que no se le supone al conjunto de la ciudadanía
española o que ciertamente esta ley le niega su puesta en práctica.
Así pues, se trata de
una cuestión de seguridad, de protección, pero no del ejercicio de los derechos
y libertades. Entonces de qué.
La clave a la respuesta
de esta pregunta la hallamos en el desequilibrio absoluto entre la capacidad de
actuación de los meros ciudadanos de a pie y las fuerzas y cuerpos de seguridad
del estado.
La citada ley deja de
manifiesto de forma evidente de que a quién se trata de proteger es a aquellos
que la han elaborado y a los que se encargan de hacerla cumplir porra de por
medio. Muestra de ello son la prohibición de las manifestaciones frente al Congreso
o el Senado, la ocupación de la vía pública y el refrendo de veracidad absoluta
del testimonio de cualquier agente[3]
frente al del ciudadano. Prohibiciones amparadas en un criterio difuso e
inasible, relacionado con la indefinición que antes comentábamos.
Son todos ellos,
ejemplos que no hacen más que traer a la memoria aquella frase de Manuel Fraga
Iribarne (insigne ministro de la dictadura, y, no olvidemos, vicepresidente del
Ejecutivo nombrado por Juan Carlos I, fundador de AP, más tarde PP) en la que
aseguraba que la calle era suya.
Poco parecen haber
cambiado los tiempos en una época en la que no se nos permite salir a la calle
libremente, ya sea a pie o en bicicleta, porque a todas luces parece, como se
cita en la frase final de la maravillosa, “Las bicicletas son para el verano” que “no ha llegado la paz, ha llegado la victoria”. Es decir, poco le
importa a esta ley la paz y la concordia social, tal y como pretende asegurar
gracias a un maquillaje de la señorita Pepis con el que las buenas
nenas jugábamos mientras los machotes jugaban al oeste, sino la victoria de
unos pocos, los de antes, los de ahora, los de siempre.
En la práctica, lo que
viene a sancionar esta ley es la acción de activistas como los de la PAH a la
hora de parar un desahucio, la resistencia pacífica o las sentadas.
En cuanto a la
indefinición no es más que una forma de asegurarse el tiro, perdón por la
expresión, no se me “malinterprete”, para acabar teniendo la sartén por el
mango y la decisión última. Dado que son las fuerzas de seguridad las que deben
decidir las supuestas situaciones de emergencia bajo las que el libre ejercicio
de los derechos individuales quede restringido, no hay comodín más acomodaticio
que ampararse en cuestiones tales como “lo razonablemente necesario”, “indicios
racionales” y “principios de idoneidad y necesidad”; dejando al ciudadano ante
un terreno resbaladizo donde romperse la crisma con o sin bicicleta.
Por lo demás, la ley
deja bien claro en su artículo número cinco, cuáles son los órganos competentes
a la hora de llevar a cabo todas las cuestiones consideradas en la ley, tanto
las ejecutivas como las sancionadoras; convirtiendo al Ministerio del Interior
en todo un “Ministerio de la Verdad” tal y como ya augurara Orwell en “1984”.
Además, por si fuera poco la sensación de estado policial, la ley contempla el
deber de colaboración de las empresas de seguridad privada, al estilo de
policía política ciudadana de regímenes tan ampliamente denostados por la
opción política que nos gobierna.
Respecto a las
sanciones, qué sanciones… Eso sí que es traer carbón. No hay más que preguntar
a la tuitera de Murcia a la que no le va a quedar más remedio que irse de
expatriada a las minas de Holanda como ya hicieron muchos de nuestros
compatriotas cuando con “Culoblanco” [4]se
vivía mejor.
Nubarrones negros se
avecinan que parecen aconsejar guarecerse en casa, sin embargo yo, pienso coger
mi bici, bajarme a la playa y tomarme un copazo s
de “Soberano” porque “Soberano es cosa de hombres” y a mí nadie me tiene que decir la identidad de género que se me pegue
la gana adoptar, por ejemplo, en el día de hoy Viernes Santo y octogésimo sexto
aniversario de la II República.
¡Salud y República!
[1] Caso Lasa y Zabala:
https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Lasa_y_Zabala
[2] Me gustaría dejar claro
que mi crítica se refiere al uso abusivo y/o desproporcionado que se puede
hacer por parte de este colectivo, no al ejercicio digno de respeto de muchos
de los profesionales que lo componen.
[3] Un funcionario publico al que no se le
puede grabar, mientras él sí puede. Con la consiguiente vulneración del derecho
a la información.
[4] “Culoblanco”
fue alguien que se dedicó a asesinar a muchos españoles durante cuarenta años.
Yo también me voy a acoger a la indefinición …