viernes, 14 de abril de 2017

Las bicicletas son para el soberano


El regalo de Reyes que recibí con mayor alegría cuando era niña fue mi primera bicicleta. Luego vinieron otras, pero aquella “BH” de brillante esmalte granate será siempre mi favorita de todas ellas.

Con ella aprendí a ir en bici y lo hice a base de pegarme unas cuantas tortas, pero cuando por fin aquel artefacto maravilloso y yo fuimos una unidad en equilibrio, puede disfrutar de aquella sensación de libertad mientras mi pelo volaba alborotado al ritmo del aire que rozaba mis mejillas.

La llegada de la “BH” me costó ruegos varios, dado el miedo de mi madre a que su única hija se partiera la crisma con resultados catastróficos. Sin embargo, para los buenos padres, la ilusión de sus vástagos ante nuevos retos y experiencias en su desarrollo como personas únicas e individuales siempre es lo más importante. Mis ansias de libertad prevalecieron sobre la necesidad de seguridad de mis padres.

La bici llegó cuando yo tenía ocho años y, para aquel entonces, hacía ya dos años que yo ya sabía que los Reyes Magos eran los padres. A pesar de la temprana edad en la que me enteré de aquel “candoroso engaño”, su descubrimiento no me causó ningún desencanto. En realidad, me sentí liberada de aquella penitencia que suponía el resto del año hasta la llegada del bendito seis de enero. Sí, porque el 7 de enero empezaba una auténtica cuenta atrás para que los Reyes no me trajeran carbón y para eso había que ser un buena nena según el criterio mágico-esotérico de sus Majestades de Oriente.

De esta manera, con el misterio resuelto, mis cartas posteriores, que ya no iban al buzón, se ciñeron a un sentido común, tal vez demasiado precoz, que me frenaba a la hora de extralimitarme en las demandas a una familia de clase trabajadora. Yo solita con mi sentido común pude manejarme. No hacía falta nada más, gracias a la buena educación que siempre recibí de mis padres.

Así pasó mi infancia de clase obrera, a la velocidad de mi BH con mis pantalones de pata de elefante arremangados, mientras en mi país se sucedían cambios que suponían la llegada de las primeras elecciones democráticas tras una dictadura que fue desmontada con mimo y de la que se aprovecharon múltiples trocitos, cual monstruo de Frankenstein.

Las ciudades y pueblos de España se vieron inundados de carteles con la facha; perdón, pero viene, viene al caso; de políticos variopintos. Suárez, hecho un pincel de traje y chaqueta; Felipe, muy aparente con su chaqueta de pana;  Carrillo con su eterno pitillo y Fraga, sin acritud, pero para mí, la viva imagen humana del Napoleón de “Rebelión en la Granja”.

Estas fueron las imágenes y la banda sonora, sin duda, aquella “Libertad sin ira” del grupo “Jarcha”.

Y nos los creímos, lo de la democracia, la libertad y la movida madrileña.

Mientras, muerto el dictador, la banda terrorista ETA seguía a lo suyo y al gobierno socialista no se le ocurría otra cosa que echar mano del terrorismo de estado, con la creación de los GAL, y de unas fuerzas de seguridad con una raigambre bastante podrida, muy dispuestas a colaborar en “abusos” varios; no hay más que recordar el caso de Lasa y Zabala [1].

Con el paso del tiempo, también nos creímos que las malas hierbas que habían crecido a sus anchas en tiempos pretéritos entre aquellos que detentaban el monopolio de la violencia habían sido arrancadas. Pero en un territorio con semejante abono, repito, la violencia, no pueden más que crecer las flores del mal, pero no aquellas a las que se refería el poeta [2].

Cuarenta años después de las primeras elecciones democráticas y tras varias convocatorias electorales en las que se nos ha permitido a los españolitos de bien ejercer nuestra voluntad a través del mandato que supone el resultado de las urnas. Cuarenta años después de despedir a los Reyes Magos de Oriente y su tácito imperativo para ser una buena nena, me he vuelto a dar de bruces con unos reyes elegidos por mis conciudadanos que, en este caso, van a determinar si soy una buena ciudadana. Y para ello se han dotado de un instrumento llamado “Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana”.

Las diferencias entre los Reyes, ya sea los paternos o los de Oriente, y entre estos son, obviamente, notables. Las principales giran en torno a dos cuestiones, el binomio libertad-seguridad y la clara voluntad de indefinición respecto a las pautas a seguir para  conseguir la garantía que me faculte como una buena ciudadana; cuestión esta última que, en mi infancia aparecía diáfana resumida en asuntos como lavarme los dientes, hacer los deberes, aprobar los exámenes…

Vayamos con la primera cuestión. Mientras que en el caso de los reyes paternos la libertad era lo que primaba frente a una seguridad asfixiante que anulara la capacidad de autonomía de la persona dotada de todos sus derechos individuales, en la ley va por delante la seguridad ciudadana tal como se indica en su título. Por más que, en el preámbulo de su texto, se haga alusión a los derechos y libertades, avanzando en la lectura de los diferentes artículos de que se compone, no tardamos en comprobar que se trata de una cuestión meramente estética.

Una seguridad que, según dice la ley, es función del estado, convirtiendo al ciudadano en un pelele que es incapaz de utilizar el sentido común, ese que se le otorga a una cría de ocho años para llevar una bicicleta sin atentar contra su seguridad ni la de otros, pero que parece que no se le supone al conjunto de la ciudadanía española o que ciertamente esta ley le niega su puesta en práctica.

Así pues, se trata de una cuestión de seguridad, de protección, pero no del ejercicio de los derechos y libertades. Entonces de qué.

La clave a la respuesta de esta pregunta la hallamos en el desequilibrio absoluto entre la capacidad de actuación de los meros ciudadanos de a pie y las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado.

La citada ley deja de manifiesto de forma evidente de que a quién se trata de proteger es a aquellos que la han elaborado y a los que se encargan de hacerla cumplir porra de por medio. Muestra de ello son la prohibición de las manifestaciones frente al Congreso o el Senado, la ocupación de la vía pública y el refrendo de veracidad absoluta del testimonio de cualquier agente[3] frente al del ciudadano. Prohibiciones amparadas en un criterio difuso e inasible, relacionado con la indefinición que antes comentábamos.

Son todos ellos, ejemplos que no hacen más que traer a la memoria aquella frase de Manuel Fraga Iribarne (insigne ministro de la dictadura, y, no olvidemos, vicepresidente del Ejecutivo nombrado por Juan Carlos I, fundador de AP, más tarde PP) en la que aseguraba que la calle era suya.

Poco parecen haber cambiado los tiempos en una época en la que no se nos permite salir a la calle libremente, ya sea a pie o en bicicleta, porque a todas luces parece, como se cita en la frase final de la maravillosa, “Las bicicletas son para el verano” que “no ha llegado la paz, ha llegado la victoria”. Es decir, poco le importa a esta ley la paz y la concordia social, tal y como pretende asegurar gracias a un maquillaje de la señorita Pepis con el que las buenas nenas jugábamos mientras los machotes jugaban al oeste, sino la victoria de unos pocos, los de antes, los de ahora, los de siempre.

En la práctica, lo que viene a sancionar esta ley es la acción de activistas como los de la PAH a la hora de parar un desahucio, la resistencia pacífica o las sentadas.

En cuanto a la indefinición no es más que una forma de asegurarse el tiro, perdón por la expresión, no se me “malinterprete”, para acabar teniendo la sartén por el mango y la decisión última. Dado que son las fuerzas de seguridad las que deben decidir las supuestas situaciones de emergencia bajo las que el libre ejercicio de los derechos individuales quede restringido, no hay comodín más acomodaticio que ampararse en cuestiones tales como “lo razonablemente necesario”, “indicios racionales” y “principios de idoneidad y necesidad”; dejando al ciudadano ante un terreno resbaladizo donde romperse la crisma con o sin bicicleta.

Por lo demás, la ley deja bien claro en su artículo número cinco, cuáles son los órganos competentes a la hora de llevar a cabo todas las cuestiones consideradas en la ley, tanto las ejecutivas como las sancionadoras; convirtiendo al Ministerio del Interior en todo un “Ministerio de la Verdad” tal y como ya augurara Orwell en “1984”. Además, por si fuera poco la sensación de estado policial, la ley contempla el deber de colaboración de las empresas de seguridad privada, al estilo de policía política ciudadana de regímenes tan ampliamente denostados por la opción política que nos gobierna.

Respecto a las sanciones, qué sanciones… Eso sí que es traer carbón. No hay más que preguntar a la tuitera de Murcia a la que no le va a quedar más remedio que irse de expatriada a las minas de Holanda como ya hicieron muchos de nuestros compatriotas cuando con “Culoblanco” [4]se vivía mejor.

Nubarrones negros se avecinan que parecen aconsejar guarecerse en casa, sin embargo yo, pienso coger mi bici, bajarme a la playa y tomarme un copazo s
de “Soberano” porque “Soberano es cosa de hombres” y a mí nadie me tiene que decir la identidad de género que se me pegue la gana adoptar, por ejemplo, en el día de hoy Viernes Santo y octogésimo sexto aniversario de la II República.

¡Salud y República!


[1] Caso Lasa y Zabala: https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Lasa_y_Zabala
[2] Me gustaría dejar claro que mi crítica se refiere al uso abusivo y/o desproporcionado que se puede hacer por parte de este colectivo, no al ejercicio digno de respeto de muchos de los profesionales que lo componen.
[3] Un funcionario publico al que no se le puede grabar, mientras él sí puede. Con la consiguiente vulneración del derecho a la información.

[4] “Culoblanco” fue alguien que se dedicó a asesinar a muchos españoles durante cuarenta años. Yo también me voy a acoger a la indefinición …

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