domingo, 18 de junio de 2017

Extraños de carne y hueso. La vida de los otros


El último atentado acaecido en la capital del Reino Unido nos deja un balance de ocho víctimas mortales, cuarenta y ocho heridos y un héroe español, ante los que manifiesto mi más profundo respeto y mi más honesto pésame para sus seres queridos.

Este es el, repito, balance (en estos términos afines a una vulgar cuenta de resultados se desenvuelve el lenguaje periodístico), que se nos facilita desde los medios de fast information. A través de ellos engullimos sin tiempo ni lugar para la reflexión, unos mensajes que si bien no nos nutren, nos dejan la barriga y la conciencia satisfechas.

Ocho fallecidos… No, definitivamente, mis “cuentas” no coinciden porque a mí me sale un total de once personas fallecidas. Debe ser por el hecho de que yo incluyo también a los atacantes, llamados comúnmente terroristas, que, ya me disculparán, yo también considero personas. Tal vez sea por aquello que dijo Unamuno parafraseando a Terencio, “nullum hominem a me alienum puto, es decir, “soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. Tal vez porque, por esto mismo, me gusta saber de sus reivindicaciones, razones y motivos. Tal vez sea porque no se trata de aquello de “o todos moros o todos cristianos”, sin matices (eso forma, o debería formar parte de la libertad individual de cada uno), sino que se trata, insisto, de que todos somos personas. Aunque algunos se empeñen en una clasificación jerárquica, que no atiende a profundidad ni explicación ninguna, entre víctimas, héroes y asesinos.

A mí nunca me han gustado los héroes, sino los hombres de carne y hueso. “El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere”. Unamuno de nuevo.

El que se enfrenta en un momento de arrojo irreflexivo a una persona armada y, especialmente, aquellos que deciden, con todo el peso de la angustia, mientras se les parte el alma, lanzarse con su familia al mar en un barquito de papel, enfrentándose al horror de una muerte casi segura.

¿Se acuerdan de Aylan? ¿Se acuerdan del cuerpecito inerte que apareció el 2 de septiembre de 2015 en una playa turca? ¿Quién era Aylan Kurdi?

Aylan era un nene kurdo de tres años nacido en la ciudad siria de Kobane, lugar desde el que huyó con su familia de la guerra que azota el país desde 2011 para la vergüenza infinita de ese cosa abstracta que se ha dado en llamar la comunidad internacional y que es como Fuenteovejuna, pero al revés, una inmunda palangana donde lavarse las manos.

Eso es todo. No sabemos nada más porque no interesa y porque no se le dio tiempo a tener una biografía. Así como se nos hace partícipes, con detalle, de las vidas de los víctimas de los atentados de Londres. Así como hablamos de las vidas truncadas de la enfermera australiana a la que le apasionaba viajar (y no en un bote inflable). Así como sabemos de la chica canadiense que se había prometido hacía un año. Así, así, no podemos hablar de Aylan porque no tuvo ocasión de hacerse adulto y construir una vida.

En cualquier caso, no importa. Porque los del otro lado (los moros, los terroristas, los islamistas…) tienen la biografía que nos interesa construir. Y el principio y fin de esas biografías es que se trata de jóvenes que se radicalizaron. Punto. De esta manera y de un plumazo les borramos su familia, sus inquietudes, su vida. Porque los malos son malos de una pieza, igual que los héroes lo son, productos de un juego maniqueo que no deja lugar a la pregunta que sugiera una explicación incómoda.

Porque los malos son los otros. Aquellos que algunos se han empeñado en que veamos como extraños (no olviden las palabras de Unamuno). Aquellos como Salman Abedi, el responsable del atentado del Manchester Arena, que con tan sólo veintidós años se inmoló en el ataque. Quién era Abedi. Era hijo de dos refugiados libios. El hecho de que naciera en el propio Manchester es residual, lo importante son sus orígenes de raza, etnia o religión.

Y sin duda son importantes, pero no en una suerte de ordenación taxonómica en la que hemos situado a los árabes “en un reino que no es de este mundo”, sino porque esos orígenes nos sitúan cara a cara con el pasado imperialista de un Reino Unido, país cuyos empresarios camparon durante largo tiempo a sus anchas por unas tierras a las que nunca se quiso incorporar en una condición de igualdad con las leyes de la metrópoli. En palabras de Hannah Arendt con respecto al imperialismo British style, “los hombres de negocios de mentalidad imperialista eran seguidos por funcionarios civiles que deseaban que el africano siguiera siendo africano “ (1). Así como Salman Abedi era libio y no un chico británico con problemas de integración, introvertido (tal vez porque no se le hacía ni puñetero caso) y que estudiaba en la universidad.

A partir de estos hilos podríamos empezar a tejer una historia que nos lleva desde las primeras máquinas de hilar de la Revolución Industrial hasta mediados del siglo XIX, cuando las potencias europeas se lanzaron a la conquista de unas tierras en las que la economía capitalista inició un camino sin retorno que nos ha llevado a la actual lucha de unos menguantes recursos naturales y a todo lo que esto supone.

Pero antes de llegar a nuestros días y extraer alguna conclusión, detengámonos, en este viaje desde una Europa voraz a la tierra de las mil y una noches, en el desierto porque, como dice Peter O’Toole en el papel de T.E. Lawrence, el desierto es limpio.

Tal vez el coronel británico tuviera razón y las dunas de fina arena del desierto nos ofrezcan un emplazamiento desde el que otear nítidamente los entresijos de esta historia de la Historia, que quedó magníficamente plasmada en la producción dirigida por David Lean, Lawrence de Arabia.

La película narra la sublevación de las tropas árabes iniciada por el jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, a partir del compromiso McMahon con el Gobierno Británico. En dicho acuerdo, los ingleses acordaron la creación de un estado árabe unificado desde Alepo en Siria hasta Adén en el Yemen, a cambio de la ayuda de las tribus árabes para acabar con el Imperio Otomano.

Este compromiso, como demostraría poco después el Acuerdo Sykes-Picot, era un fraude desde su inicio, ya que desde el principio de la guerra, el objetivo de Francia e Inglaterra era la repartición de los territorios del Imperio Turco. Franceses y británicos se aliaron pues, para instigar la sublevación árabe.

De esta manera, al finalizar la guerra, el pacto suscrito con el Jerife de La Meca quedó en papel mojado al llevarse a término el mencionado Acuerdo Sykes-Picot, por el cual los británicos se quedaron con el actual Irak y parte de Siria, mientras los franceses pasaron a controlar el resto de Siria y Líbano, dando lugar al actual mapa de Oriente Medio.

Avancemos, ahora sí, y tratemos de establecer alguna conexión con las circunstancias actuales en la zona. Es tarea fácil, ya que los propios miembros tanto del gobierno estadounidense como del británico han confirmado la intervención de sus países en el apoyo a la insurgencia siria. (2)

La situación estratégica del país (3), así como los intereses económicos de una zona con la mayor reserva de hidrocarburo del planeta parecen revelar las mismas intenciones que tuvieron franceses e ingleses para alentar la rebelión árabe hace un siglo. Documentos de Wikileaks afirman la voluntad del gobierno estadounidense por desestabilizar el gobierno de Bashar al-Ásad desde el 2006. Dejamos apuntadas en esta nota (4) algunas motivaciones al respecto.

Cierto es que las protestas contra el régimen de Al Ásad tenían toda su justificación. La sequía que arruinó a un millón de campesinos en el 2008, así como una crisis económica agravada por los reajustes exigidos por el FMI, empeoraron la situación de una población cuyas demandas por una mayor libertad y justicia social fueron pisoteadas sin contemplaciones por el gobierno sirio.

Pero esta legítima reivindicación se ha visto empañada, emponzoñada y traicionada por los intereses de aquellos que supuestamente acudieron en la salvaguarda de una población asfixiada por la crisis, sumiendo al país en una guerra que dura ya más de seis años.

Me atrevo, tras los datos aportados, a dar un paso más, aún con el temor de que las arenas del desierto se conviertan en movedizas y apuntar algo más sobre el papel del Estado Islámico y a su financiación por parte del tradicional aliado de EE.UU. en la zona, Arabia Saudita. Ya hemos mencionado los intereses del régimen de Riad, por lo cual no deberíamos extrañarnos de que utilicen todos sus medios para acabar con el gobierno de Damasco.

En este punto, algunos de ustedes deben estar escandalizados por el hecho de que el “garante” de la democracia mundial, ese gran país el sur de Canadá y al norte de México, permita a los saudíes la financiación del “terrorismo yihadista” que asesina a los “nuestros”. Quizá nos ayude a encajar la piezas de este atroz rompecabezas pensar en los servicios prestados por Osama Bin Laden en la guerra de Afganistán contra la U.R.S.S. O en el apoyo prestado por el gabinete de Reagan a Sadam Hussein durante la guerra con Irán. O en Muamar el Gadafi, asistiendo a amables reuniones con el mejor presidente de nuestra democracia, el mismísimo “Ánsar” (5).

Qué ha sido de todos ellos. Eliminados. Eliminados, dejando como efecto colateral (¿se acuerdan de este repugnante eufemismo que el lenguaje periodístico acuñó durante la primera Guerra del Golfo?), países asolados, quebrados y hundidos en la pobreza. Caídos como piezas de dominó en pos de la auténtica joya de la corona, Irán, la primera reserva del gas y la tercera del petróleo mundial. Ya saben, first we take Manhattan…

Y es precisamente en Irak, ese país destruido, cuya población vive sumida en la pobreza y el caos, donde surge El Estado Islámico de Irak y el Levante, organización cruel hasta el espanto que se formó para hacer frente a la invasión del país del 2003. ¡Sí! ¡Efectivamente! Esa en la que el “Trío de las Azores” (Ánsar again) aseguró que Saddam Hussein poseía unas armas de destrucción masivas que nunca fueron localizadas.

Este viaje de ida y vuelta, iniciado unos párrafos atrás, nos deja como resultado el sufrimiento de millones de personas de carne y hueso, de las que mueren. Si nos detenemos en la ida, la guerra de Siria se ha cobrado ya más de 300.000 vidas. Utilizando sus términos, el balance o saldo inclina claramente la balanza hasta hacerla zozobrar hacia el lado de los que huyen en infames botes inflables.

Afortunadamente, nosotros occidentales, siempre podemos volver a tierra firme, igual que el coronel T. E. Lawrence regresó a Oxford, a la civilizada Inglaterra. A los llamados terroristas, que desde aquí siempre son los del otro lado, aunque hayan nacido en este, sólo les queda permanecer en el limbo de los que no tienen patria porque son los otros, o iniciar un viaje sin retorno.

Pero cuando volvamos, no nos olvidemos de echar la mirada atrás de vez en cuando. Porque aún cuando nuestra mirada sea azul y atlántica como la de Lawrence de Arabia, la de este hombre de carne y hueso también era compleja, valiente, torturada, aventurera. Era la mirada doliente de un hombre que luchó al lado de los otros y se vio traicionado por los suyos, como “tal vez” también nos esté pasando a nosotros.

En cualquier caso, no dejen de ver o de volver a visionar una película de las que ya no se hacen, aunque suene a tópico viejuno, y envuélvanse por un momento en los ropajes de esos beduinos hospitalarios que le ofrecerían una taza de té hasta al enemigo. Si podemos ser héroes, porqué no ser beduinos just for one day.

(1) Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial, 2006, página 200.


(3) Comparte fronteras con Turquía por el norte, con Irak por el este, con Israel, Jordania y el mar de Galilea al sur, y con Líbano y el mar Mediterráneo por el oeste.


(4) Arabia Saudita. Quiere anular el proyecto de gaseoducto Irán-Irak-Siria-Mediterráneo y sustituir a Rusia como suministrador de gas de Europa.
Turquía aspira a recuperar la hegemonía “otomana” sobre Siria.
Israel pretende quedarse con la parte del gas y el petróleo sirios descubiertos en sus costas.

(5) Forma en que el insigne George W. Bush pronunció el apellido de su amigo José María Aznar.