El último atentado acaecido en la
capital del Reino Unido nos deja un balance de ocho víctimas mortales, cuarenta y ocho heridos y un
héroe español, ante los que manifiesto mi más profundo respeto y mi más honesto
pésame para sus seres queridos.
Este es el, repito, balance (en estos
términos afines a una vulgar cuenta de resultados se desenvuelve el lenguaje
periodístico), que se nos facilita desde los medios de fast information. A
través de ellos engullimos sin tiempo ni lugar para la reflexión, unos mensajes
que si bien no nos nutren, nos dejan la barriga y la conciencia satisfechas.
Ocho fallecidos… No, definitivamente,
mis “cuentas” no coinciden porque a mí me sale un total de once personas
fallecidas. Debe ser por el hecho de que yo incluyo también a los atacantes,
llamados comúnmente terroristas, que, ya me disculparán, yo también considero
personas. Tal vez sea por aquello que dijo Unamuno parafraseando a Terencio, “nullum
hominem a me alienum puto, es decir, “soy hombre, a ningún otro hombre estimo
extraño”. Tal vez porque, por esto mismo, me gusta saber de sus
reivindicaciones, razones y motivos. Tal vez sea porque no se trata de aquello
de “o todos moros o todos cristianos”, sin matices (eso forma, o debería formar
parte de la libertad individual de cada uno), sino que se trata, insisto, de
que todos somos personas. Aunque algunos se empeñen en una clasificación
jerárquica, que no atiende a profundidad ni explicación ninguna, entre
víctimas, héroes y asesinos.
A mí nunca me han gustado los héroes,
sino los hombres de carne y hueso. “El hombre de carne y hueso, el que nace,
sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa
y quiere”. Unamuno de nuevo.
El que se enfrenta en un momento de
arrojo irreflexivo a una persona armada y, especialmente, aquellos que deciden,
con todo el peso de la angustia, mientras se les parte el alma, lanzarse con su
familia al mar en un barquito de papel, enfrentándose al horror de una muerte
casi segura.
¿Se acuerdan de Aylan? ¿Se acuerdan del
cuerpecito inerte que apareció el 2 de septiembre de 2015 en una playa turca?
¿Quién era Aylan Kurdi?
Aylan era un nene kurdo de tres años
nacido en la ciudad siria de Kobane, lugar desde el que huyó con su familia de
la guerra que azota el país desde 2011 para la vergüenza infinita de ese cosa
abstracta que se ha dado en llamar la comunidad internacional y que es como
Fuenteovejuna, pero al revés, una inmunda palangana donde lavarse las manos.
Eso es todo. No sabemos nada más porque
no interesa y porque no se le dio tiempo a tener una biografía. Así como se nos
hace partícipes, con detalle, de las vidas de los víctimas de los atentados de
Londres. Así como hablamos de las vidas truncadas de la enfermera australiana a
la que le apasionaba viajar (y no en un bote inflable). Así como sabemos de la
chica canadiense que se había prometido hacía un año. Así, así, no podemos
hablar de Aylan porque no tuvo ocasión de hacerse adulto y construir una vida.
En cualquier caso, no importa. Porque
los del otro lado (los moros, los terroristas, los islamistas…) tienen la
biografía que nos interesa construir. Y el principio y fin de esas biografías
es que se trata de jóvenes que se radicalizaron. Punto. De esta manera y de un
plumazo les borramos su familia, sus inquietudes, su vida. Porque los malos son
malos de una pieza, igual que los héroes lo son, productos de un juego maniqueo
que no deja lugar a la pregunta que sugiera una explicación incómoda.
Porque los malos son los otros.
Aquellos que algunos se han empeñado en que veamos como extraños (no olviden
las palabras de Unamuno). Aquellos como Salman Abedi, el responsable del
atentado del Manchester Arena, que con tan sólo veintidós años se inmoló en el
ataque. Quién era Abedi. Era hijo de dos refugiados libios. El hecho de que
naciera en el propio Manchester es residual, lo importante son sus orígenes de
raza, etnia o religión.
Y sin duda son importantes, pero no en una
suerte de ordenación taxonómica en la que hemos situado a los árabes “en un
reino que no es de este mundo”, sino porque esos orígenes nos sitúan cara a
cara con el pasado imperialista de un Reino Unido, país cuyos empresarios
camparon durante largo tiempo a sus anchas por unas tierras a las que nunca se
quiso incorporar en una condición de igualdad con las leyes de la metrópoli. En
palabras de Hannah Arendt con respecto al imperialismo British style, “los
hombres de negocios de mentalidad imperialista eran seguidos por funcionarios
civiles que deseaban que el africano siguiera siendo africano “ (1). Así como
Salman Abedi era libio y no un chico británico con problemas de integración,
introvertido (tal vez porque no se le hacía ni puñetero caso) y que estudiaba
en la universidad.
A partir de estos hilos podríamos
empezar a tejer una historia que nos lleva desde las primeras máquinas de hilar de la
Revolución Industrial hasta mediados del siglo XIX, cuando las potencias
europeas se lanzaron a la conquista de unas tierras en las que la economía
capitalista inició un camino sin retorno que nos ha llevado a la actual lucha
de unos menguantes recursos naturales y a todo lo que esto supone.
Pero antes de llegar a nuestros días y
extraer alguna conclusión, detengámonos, en este viaje desde una Europa voraz a
la tierra de las mil y una noches, en el desierto porque, como dice Peter
O’Toole en el papel de T.E. Lawrence, el desierto es limpio.
Tal vez el coronel británico tuviera
razón y las dunas de fina arena del desierto nos ofrezcan un emplazamiento
desde el que otear nítidamente los entresijos de esta historia de la Historia,
que quedó magníficamente plasmada en la producción dirigida por David Lean,
Lawrence de Arabia.
La película narra la sublevación de las
tropas árabes iniciada por el jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, a partir del
compromiso McMahon con el Gobierno
Británico. En dicho acuerdo, los ingleses acordaron la creación de un estado
árabe unificado desde Alepo en Siria hasta Adén en el Yemen, a cambio de la
ayuda de las tribus árabes para acabar con el Imperio Otomano.
Este compromiso, como demostraría poco
después el Acuerdo Sykes-Picot, era un fraude desde su
inicio, ya que desde el principio de la guerra, el objetivo de Francia e
Inglaterra era la repartición de los territorios del Imperio Turco. Franceses y
británicos se aliaron pues, para instigar la sublevación árabe.
De esta manera, al finalizar la guerra,
el pacto suscrito con el Jerife de La Meca quedó en papel mojado al llevarse a
término el mencionado Acuerdo Sykes-Picot, por el cual los británicos se
quedaron con el actual Irak y parte de Siria, mientras los franceses pasaron a
controlar el resto de Siria y Líbano, dando lugar al actual mapa de Oriente
Medio.
Avancemos, ahora sí, y tratemos de
establecer alguna conexión con las circunstancias actuales en la zona. Es tarea
fácil, ya que los propios miembros tanto del gobierno estadounidense como del
británico han confirmado la intervención de sus países en el apoyo a la
insurgencia siria. (2)
La situación estratégica del país (3),
así como los intereses económicos de una zona con la mayor reserva de
hidrocarburo del planeta parecen revelar las mismas intenciones que tuvieron
franceses e ingleses para alentar la rebelión árabe hace un siglo. Documentos
de Wikileaks afirman la voluntad del gobierno estadounidense por desestabilizar el gobierno
de Bashar al-Ásad desde el 2006. Dejamos apuntadas en esta nota (4) algunas
motivaciones al respecto.
Cierto es que las protestas contra el
régimen de Al Ásad tenían toda su justificación. La sequía que arruinó a un
millón de campesinos en el 2008, así como una crisis económica agravada por los
reajustes exigidos por el FMI, empeoraron la situación de una población cuyas
demandas por una mayor libertad y justicia social fueron pisoteadas sin
contemplaciones por el gobierno sirio.
Pero esta legítima reivindicación se ha
visto empañada, emponzoñada y traicionada por los intereses de aquellos que
supuestamente acudieron en la salvaguarda de una población asfixiada por la
crisis, sumiendo al país en una guerra que dura ya más de seis años.
Me atrevo, tras los datos aportados, a
dar un paso más, aún con el temor de que las arenas del desierto se conviertan
en movedizas y apuntar algo más sobre el papel del Estado Islámico y a su
financiación por parte del tradicional aliado de EE.UU. en la zona, Arabia
Saudita. Ya hemos mencionado los intereses del régimen de Riad, por lo cual no
deberíamos extrañarnos de que utilicen todos sus medios para acabar con el
gobierno de Damasco.
En este punto, algunos de ustedes deben
estar escandalizados por el hecho de que el “garante” de la democracia mundial,
ese gran país el sur de Canadá y al norte de México, permita a los saudíes la
financiación del “terrorismo yihadista” que asesina a los “nuestros”. Quizá nos
ayude a encajar la piezas de este atroz rompecabezas pensar en los servicios
prestados por Osama Bin Laden en la guerra de Afganistán contra la U.R.S.S. O
en el apoyo prestado por el gabinete de Reagan a Sadam Hussein durante la
guerra con Irán. O en Muamar el Gadafi, asistiendo a amables reuniones con el
mejor presidente de nuestra democracia, el mismísimo “Ánsar” (5).
Qué ha sido de todos ellos. Eliminados.
Eliminados, dejando como efecto colateral (¿se acuerdan de este repugnante
eufemismo que el lenguaje periodístico acuñó durante la primera Guerra del
Golfo?), países asolados, quebrados y hundidos en la pobreza. Caídos como
piezas de dominó en pos de la auténtica joya de la corona, Irán, la primera
reserva del gas y la tercera del petróleo mundial. Ya saben, first we take
Manhattan…
Y es precisamente en Irak, ese país
destruido, cuya población vive sumida en la pobreza y el caos, donde surge El
Estado Islámico de Irak y el Levante, organización cruel hasta el espanto que se formó para hacer frente a la invasión del país del 2003. ¡Sí!
¡Efectivamente! Esa en la que el “Trío de las Azores” (Ánsar again) aseguró que
Saddam Hussein poseía unas armas de destrucción masivas que nunca fueron
localizadas.
Este viaje de ida y vuelta, iniciado
unos párrafos atrás, nos deja como resultado el sufrimiento de millones de
personas de carne y hueso, de las que mueren. Si nos detenemos en la ida, la
guerra de Siria se ha cobrado ya más de 300.000 vidas. Utilizando sus términos,
el balance o saldo inclina claramente la balanza hasta hacerla zozobrar hacia
el lado de los que huyen en infames botes inflables.
Afortunadamente, nosotros occidentales,
siempre podemos volver a tierra firme, igual que el coronel T. E. Lawrence regresó a Oxford, a
la civilizada Inglaterra. A los llamados terroristas, que desde aquí siempre
son los del otro lado, aunque hayan nacido en este, sólo les queda permanecer
en el limbo de los que no tienen patria porque son los otros, o iniciar un
viaje sin retorno.
Pero cuando volvamos, no nos olvidemos
de echar la mirada atrás de vez en cuando. Porque aún cuando nuestra mirada sea
azul y atlántica como la de Lawrence de Arabia, la de este hombre de carne y
hueso también era compleja, valiente, torturada, aventurera. Era la mirada
doliente de un hombre que luchó al lado de los otros y se vio traicionado por
los suyos, como “tal vez” también nos esté pasando a nosotros.
En cualquier caso, no dejen de ver o de
volver a visionar una película de las que ya no se hacen, aunque suene a tópico
viejuno, y envuélvanse por un momento en los ropajes de esos beduinos
hospitalarios que le ofrecerían una taza de té hasta al enemigo. Si podemos ser
héroes, porqué no ser beduinos just for one day.
(1) Hannah Arendt, Los orígenes del
totalitarismo,
Alianza Editorial, 2006, página 200.
(3) Comparte fronteras con Turquía por
el norte, con Irak por el este, con Israel, Jordania y el mar de Galilea al
sur, y con Líbano y el mar Mediterráneo por el oeste.
(4) Arabia Saudita. Quiere anular el
proyecto de gaseoducto Irán-Irak-Siria-Mediterráneo y sustituir a Rusia como
suministrador de gas de Europa.
Turquía aspira a recuperar la hegemonía
“otomana” sobre Siria.
Israel pretende quedarse con la parte
del gas y el petróleo sirios descubiertos en sus costas.
(5) Forma en que el insigne George W.
Bush pronunció el apellido de su amigo José María Aznar.
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