Hace una semanas que culminó el
proceso judicial del caso Nóos y largamente se ha comentado sobre la “sentencia
Urdangarín-Borbón”. Que si no hay justicia, que si los poderosos “blabla”, que si
le sale a devolver…
En fin, nada nuevo bajo el sol
desde tiempos inmemoriales en los que unos pocos ejercen el poder sobre unos
muchos.
Yo, como suele ser habitual en mí
en este tipo de cambalaches en los que toda sentencia está vendida o es una
crónica de una ídem anunciada, me he centrado en la parte emocional de la
historia, que es la que realmente me fascina y he pensado en los cuernos de
Cristina. Son de sobra conocidos, los escarceos extramatrimoniales de su esposo
Iñaki. O tal vez no se trate de cuernos...
En fin, a lo que íbamos. Sí, los cuernos. Aunque en esta época de supuesta autonomía sentimental, de “aquí te pillo y aquí te mato” y de Tinder parece que hablar de cuernos te traslade a la época de la posguerra, que te desplacen o te aparten como objeto de deseo sigue figurando entre esos acontecimientos de la vida que te tocan en lo más sensible, que no en lo más profundo.
Tanto da si sois de los que optáis
por surfear en diferentes mares y tener una amor en cada puerto, pero que
alguien con el que has compartido intimidad carnal y al que todavía le tienes
ganas, te desplace o te simultanee con otro, siempre produce cierto escozor en
el ego como la sal en una herida, Y es que por mucho que hagamos meditación
trascendental, retiros, ayunos y tomemos zumos verdes, no estamos recluidos en
un monasterio, seguimos estando en esta sociedad donde todo se mide al alza o a
la baja y el ego cotiza cada día más en la bolsa de valores.
Que te pongan los
cuernos es algo que va más allá de la cuestión de la fidelidad. Trasciende el
ámbito del compromiso consensuado que se ha establecido, ya sea en la pareja o
en la forma de convivencia por la que se haya optado, y que en sus bases
incluye un grupo cerrado y acordado por sus miembros.
El cornudo es aquél al que el
espejo sólo le devuelve una imagen deformada de sí mismo porque sólo a él se
contempla. Preso de un solipsismo emocional en el que únicamente él mismo se
ve, su malestar gira en torno a sentimientos de rechazo, de exclusión, de
humillación y desplazamiento. Emociones todas ellas que navegan en una superficie
desde la que no existe aparente peligro de hundimiento o de naufragio.
Turbulencias afectivas a flor de una piel que ha dejado de experimentar la
caricia y el abandono tranquilo de ser el destino primero de mimos y abrazos.
La infidelidad, sin embargo, tiene
que ver con ese algo más amargo que apela a una sensación de traición y fracaso
de un proyecto compartido. De pérdida del ser amado, porque en este caso no es
a mí a quien desplazan, sino que es el otro el que se aleja. Aquel que sufre la
infidelidad siente, como cantara Perales, que le han
robado un trozo de su vida.
Podríamos decir que los cuernos
son como una mancha que sólo a mí me emborrona, mientras que la infidelidad es
un manto de desencanto que nos envuelve a los dos y en el que sólo uno tirita
de frío.
Recuperarse del mal trago de unos
cuernos suele resultar tan fácil como agarrarse a una nueva botella; a rey
muerto, rey puesto. Así, ajenos y en constante resaca, cualquier atisbo de
hundimiento queda diluido en turbio elemento. El problema, sin embargo, aparece
de sopetón en una de esas malas resacas que dejan en la superficie los restos
de un naufragio personal que se basa en la dificultad para comprometerse.
La infidelidad, por el contrario,
te enfrenta al derrumbe de un plan de vida trazado y construido con el mimo, la
dedicación y la entrega de lo
mejor de nosotros mismos. Resulto mucho más arduo que en el caso de los cuernos
salir indemne de todo ello, pero el mismo empeño con el que nos dirigimos por
la senda del compromiso nos puede reportar ese gran premio que, en palabras de Joan Garriga, supone “saber
perder, ganándose a uno mismo”. Y es que enfrentar la vida desde la solidez de
uno mismo con su mismidad es la base para relacionarnos de manera sana y
equilibrada con el otro.
Soy consciente de que alguno de
vosotros está a punto de saltarme a la yugular y desgañitarse hasta perder la
voz mientras enuncia que él/ella va de flor en flor porque se le pega la gana y
que nada tiene que ver con una supuesta incapacidad para el compromiso.
Lo primero que os puedo anticipar
son mis disculpas aunque en ningún caso ha mediado ofensa. Lo segundo que me
atrevo a comentar es la convicción que tengo de que la creciente posibilidad de
opciones de relación y entretenimiento que obvian la esfera del otro nos está
llevando cada vez más a un aislamiento que nada que tiene que ver con una
voluntad de autonomía e independencia.
Prefiero, en cualquier caso, citar
de nuevo a Joan Garriga, pues sus palabras reflejan, sin duda, ideas basadas en
largos años de experiencia humana y terapéutica.
Se pregunta Garriga si la pareja
es un buen lugar para buscar la felicidad, a lo que responde:
“La respuesta es sí y no al mismo tiempo. Sí, porque se sabe que en relación y
con vínculos estables, fiables y cariñosos las personas se sienten mejor e
incluso viven más. No, porque el vínculo de pareja obliga a sus miembros a
importantes ajustes en su ego personal, en sus lealtades familiares y en sus
estilos afectivos.”
Concluyo con las palabras de este
maestro mi reflexión.
En cuanto a la señora de Borbón y
Grecia, no sabemos si lo suyo es infidelidad perdonada en aras a la familia o
devoción a su ya famoso “no lo sé, no me consta, no recuerdo”. A mí
francamente, lo que me parece, entre otras cosas que no vienen al caso, es que
es una pánfila rematada que prefiere vivir en una artificial inopia en lugar de
coger las riendas de su vida y darle con la fusta a semejante jamelgo.
Pero no todas las “royalties” han
tenido este insulso comportamiento. Y para muestra la malograda Diana of Wales,
porque ella sí que cogió las riendas y al jinete, pues hasta la corona de los
jueguecitos de Charles con Camilla, se lió con James Hewitt, su instructor de
hípica, dejando para la posteridad a su segundo vástago, Harry, que tiene de
Windsor lo que yo de Greta Garbo.
En fin, que me va mucho el “Hola”,
reportaje satinado de las pasiones humanas que a todos nos acontecen porque, a
fin de cuentas, no os pongáis exquisitos, la historia de Anna Karenina da
perfectamente para el papel “cuché”.
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