jueves, 16 de marzo de 2017

Hasta que los cuernos nos rompan y la infidelidad me recomponga


Hace una semanas que culminó el proceso judicial del caso Nóos y largamente se ha comentado sobre la “sentencia Urdangarín-Borbón”. Que si no hay justicia, que si los poderosos “blabla”, que si le sale a devolver…

En fin, nada nuevo bajo el sol desde tiempos inmemoriales en los que unos pocos ejercen el poder sobre unos muchos.

Yo, como suele ser habitual en mí en este tipo de cambalaches en los que toda sentencia está vendida o es una crónica de una ídem anunciada, me he centrado en la parte emocional de la historia, que es la que realmente me fascina y he pensado en los cuernos de Cristina. Son de sobra conocidos, los escarceos extramatrimoniales de su esposo Iñaki. O tal vez no se trate de cuernos... 

En fin, a lo que íbamos. Sí, los cuernos. Aunque en esta época de supuesta autonomía sentimental, de “aquí te pillo y aquí te mato” y de Tinder parece que hablar de cuernos te traslade a la época de la posguerra, que te desplacen o te aparten como objeto de deseo sigue figurando entre esos acontecimientos de la vida que te tocan en lo más sensible, que no en lo más profundo.

Tanto da si sois de los que optáis por surfear en diferentes mares y tener una amor en cada puerto, pero que alguien con el que has compartido intimidad carnal y al que todavía le tienes ganas, te desplace o te simultanee con otro, siempre produce cierto escozor en el ego como la sal en una herida, Y es que por mucho que hagamos meditación trascendental, retiros, ayunos y tomemos zumos verdes, no estamos recluidos en un monasterio, seguimos estando en esta sociedad donde todo se mide al alza o a la baja y el ego cotiza cada día más en la bolsa de valores.

Que te pongan los cuernos es algo que va más allá de la cuestión de la fidelidad. Trasciende el ámbito del compromiso consensuado que se ha establecido, ya sea en la pareja o en la forma de convivencia por la que se haya optado, y que en sus bases incluye un grupo cerrado y acordado por sus miembros.

El cornudo es aquél al que el espejo sólo le devuelve una imagen deformada de sí mismo porque sólo a él se contempla. Preso de un solipsismo emocional en el que únicamente él mismo se ve, su malestar gira en torno a sentimientos de rechazo, de exclusión, de humillación y desplazamiento. Emociones todas ellas que navegan en una superficie desde la que no existe aparente peligro de hundimiento o de naufragio. Turbulencias afectivas a flor de una piel que ha dejado de experimentar la caricia y el abandono tranquilo de ser el destino primero de mimos y abrazos.

La infidelidad, sin embargo, tiene que ver con ese algo más amargo que apela a una sensación de traición y fracaso de un proyecto compartido. De pérdida del ser amado, porque en este caso no es a mí a quien desplazan, sino que es el otro el que se aleja. Aquel que sufre la infidelidad siente, como cantara Perales, que le han robado un trozo de su vida.

Podríamos decir que los cuernos son como una mancha que sólo a mí me emborrona, mientras que la infidelidad es un manto de desencanto que nos envuelve a los dos y en el que sólo uno tirita de frío.

Recuperarse del mal trago de unos cuernos suele resultar tan fácil como agarrarse a una nueva botella; a rey muerto, rey puesto. Así, ajenos y en constante resaca, cualquier atisbo de hundimiento queda diluido en turbio elemento. El problema, sin embargo, aparece de sopetón en una de esas malas resacas que dejan en la superficie los restos de un naufragio personal que se basa en la dificultad para comprometerse.

La infidelidad, por el contrario, te enfrenta al derrumbe de un plan de vida trazado y construido con el mimo, la dedicación y  la entrega de lo mejor de nosotros mismos. Resulto mucho más arduo que en el caso de los cuernos salir indemne de todo ello, pero el mismo empeño con el que nos dirigimos por la senda del compromiso nos puede reportar ese gran premio que, en palabras de Joan Garriga, supone “saber perder, ganándose a uno mismo”. Y es que enfrentar la vida desde la solidez de uno mismo con su mismidad es la base para relacionarnos de manera sana y equilibrada con el otro.

Soy consciente de que alguno de vosotros está a punto de saltarme a la yugular y desgañitarse hasta perder la voz mientras enuncia que él/ella va de flor en flor porque se le pega la gana y que nada tiene que ver con una supuesta incapacidad para el compromiso.

Lo primero que os puedo anticipar son mis disculpas aunque en ningún caso ha mediado ofensa. Lo segundo que me atrevo a comentar es la convicción que tengo de que la creciente posibilidad de opciones de relación y entretenimiento que obvian la esfera del otro nos está llevando cada vez más a un aislamiento que nada que tiene que ver con una voluntad de autonomía e independencia.

Prefiero, en cualquier caso, citar de nuevo a Joan Garriga, pues sus palabras reflejan, sin duda, ideas basadas en largos años de experiencia humana y terapéutica.

Se pregunta Garriga si la pareja es un buen lugar para buscar la felicidad, a lo que responde: “La respuesta es sí y no al mismo tiempo. Sí, porque se sabe que en relación y con vínculos estables, fiables y cariñosos las personas se sienten mejor e incluso viven más. No, porque el vínculo de pareja obliga a sus miembros a importantes ajustes en su ego personal, en sus lealtades familiares y en sus estilos afectivos.”

Concluyo con las palabras de este maestro mi reflexión.

En cuanto a la señora de Borbón y Grecia, no sabemos si lo suyo es infidelidad perdonada en aras a la familia o devoción a su ya famoso “no lo sé, no me consta, no recuerdo”. A mí francamente, lo que me parece, entre otras cosas que no vienen al caso, es que es una pánfila rematada que prefiere vivir en una artificial inopia en lugar de coger las riendas de su vida y darle con la fusta a semejante jamelgo.

Pero no todas las “royalties” han tenido este insulso comportamiento. Y para muestra la malograda Diana of Wales, porque ella sí que cogió las riendas y al jinete, pues hasta la corona de los jueguecitos de Charles con Camilla, se lió con James Hewitt, su instructor de hípica, dejando para la posteridad a su segundo vástago, Harry, que tiene de Windsor lo que yo de Greta Garbo.

En fin, que me va mucho el “Hola”, reportaje satinado de las pasiones humanas que a todos nos acontecen porque, a fin de cuentas, no os pongáis exquisitos, la historia de Anna Karenina da perfectamente para el papel “cuché”.

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