Hace unos días escribí
una entrada sobre el asunto de la gestación subrogada. Es un tema con
muchas aristas y caras, como se puede comprobar de la extensión de mi texto.
Tanto es así que decidí dejar parte de las notas en las que me basé para
escribirlo para un spin off basado única y exclusivamente en la cuestión de
género.
En la anterior entrada
me centré en la cuestión mercantil del asunto y en la consecuente explotación
de la mujer en situación precaria ya que es lo que resulta más inmediato y
evidente. Pero a medida que iba recabando información sobre el tema y
observando las plataformas desde la que se reivindica el “derecho a la
gestación subrogada”, me di cuenta de que era ineludible tratar también sobre
la cuestión de género.
Y es que, por mucho que
desde las manifestaciones del mundo LGTBI se proclamen los derechos de todo el
colectivo con todas sus letras, cuando lees la ídem pequeña de asociaciones
como la de SNH, observas que
este llamado derecho se circunscribe al hombre solo, a la pareja homosexual
masculina y a la mujer con incapacidad de gestar “bien por tener contraindicado
el embarazo, bien por malformación, pérdida o lesión del útero”. Es decir, ni
rastro de la “T” y de la “I” de los transexuales e intersexo. Total, la “T” son
dos palos apenas visibles y la “I” es una latina que no copula.
Perdonad la bromita, ya
me conocéis, sino le pongo un poco de sazón a la vida me agrio como el vinagre
picado y al que me prueba le sienta muy mal. La verdad es que la cosa no tiene
ni pizca de gracia. Tanta reivindicación, tanto hablar de que la maternidad/paternidad nada
tiene que ver con la biología ni con la anatomía, tanto rollo con los nuevos
tipos de familia …, para luego seguir fomentando la pervivencia del género
binario y biológico, esa concepción que considera al hombre como XY y a la
mujer como XX.
Además, entre l@s
candidat@s a gestantes de la maternidad subrogada no hay hombres XX, es decir,
hombres transexuales que cromosómicamente nacieron con este genotipo, pero que
se identificaron posteriormente con un género masculino, y que conservaron los
órganos internos y externos que les permitirían una gestación . Tampoco personas intersexo.
Todo ello nos lleva, a
pesar de una pretendida apertura hacia nuevos conceptos y formas de hacer, a la
eterna consideración de la mujer como “necesaria para el crecimiento de la raza
humana”[1],
perpetuando el modelo capitalista-heteropatriarcal en el que la mujer queda
definida principalmente por una estricta función fisiológica, por su capacidad
gestacional, tal y como mencionábamos en la entrada anterior.
De manera que,
ateniéndonos a la consideración
que tiene este colectivo de la paternidad /maternidad como un derecho, es un
derecho que se otorga en función de un genotipo determinado, que te asigna un
sexo e incluso un género en el momento de nacer. Asimismo, las candidatas a
gestantes deben ser unas perfectas XX genotípica y fenotípicamente. Tal y como
comenta Jodi,
una de las gestantes subrogadas, “les dije a mis hijos lo buena que era
haciendo bebés y lo grande que se ponía mi tripa”. Una buena hembra, en
definitiva.
Añadiendo algo más de
información al posible anuncio de las agencias a las que aludíamos en la
primera entrada, podríamos decir: “se buscan úteros en contenedores femeninos
con voluptuosa forma de botella clásica de Coca Cola sin posibilidad de
reciclaje a vino peleón. Colas locas, abstenerse”.
Visto lo visto, por
mucha sigla y mucha reivindicación enmarcada en la diversidad, la maternidad-gestación
subrogada sigue fomentando el modelo en el que “tanto el género como el sexo son construidos por la ley de heteronormatividad”,
la cual cosa resulta cuando menos paradójica, dado el considerable porcentaje
de padres de intención homosexuales.
Judith Butler es una de las
autoras más conocidas de la “teoría queer”. La teoría queer, siguiendo el hilo lanzado por Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” según el cual “no se nace mujer,
sino que se llega a serlo”, considera que tanto el género como el sexo no son
identidades previas en las que se inscribe el individuo, sino que son fruto de
la construcción social. Sexo y género son actos performativos y, por lo
tanto, es posible revertir los parámetros sociales que los definen en aras de
esa regla heteronormativa que rige nuestra existencia y que está destinada a la
perpetuación de la especie, del obrero, del consumidor.
La teoría queer, por
tanto, no considera el sexo ni el género como categorías cerradas (homosexual,
mujer, transexual..), es por ello que Butler habla de “deshacer el género”[2].
“El movimiento “queer” es post-homosexual y post-gay. Ya no se define con
respecto a la noción médica de homosexualidad, pero tampoco se conforma con la
reducción de la identidad gay a un estilo de vida asequible dentro de la
sociedad de consumo neoliberal”[3],
tal y como explica Paul B. Preciado.
Una sociedad de consumo
que ha convertido una orientación sexual anteriormente proscrita en una
oportunidad de mercado, tal y como demuestra el volumen de negocio que supone
la celebración del Día del Orgullo Gay. Día del orgullo gay, repito, porque a
pesar de que en los últimos años se hayan incluido otras siglas, la visibilidad
se continúa dando al hombre homosexual occidental blanco de clase media-alta.
Resulta inquietante y
pesaroso que sea precisamente esta, afortunadamente, cada vez más aceptada
orientación sexual, desde donde se esté alentando al fortalecimiento de la
regla heteronormativa, por paradójico que suene. Me atrevo a decir, que el
colectivo gay ha caído en la trampa de la inteligibilidad de la que habla
Butler, ese deseo de reconocimiento social, comprensiblemente humano, que te
inscribe en el ámbito de la familia y el matrimonio.
Justamente en el
sentido contrario a las aspiraciones queer donde “ya no se trata de pedir
tolerancia y hacer perfil bajo para poder acceder a las instituciones
heterosexuales del matrimonio y la familia, sino de afirmar el carácter
político (por no decir policial) de las nociones de homosexualidad y
heterosexualidad poniendo en cuestión su validez para delimitar el campo de lo
social”[4].
Dos colectivos supuestamente coincidentes en sus reivindicaciones de cara a la
galería, pero con caminos divergentes.
En el fondo, nos
hallamos de nuevo en un juego de poder y sumisión del hombre sobre la mujer en
el que aparece como blanco de la disputa la capacidad de gestación de la mujer.
Capacidad de gestar sobre la que el hombre XY, también los XX como veremos en
el párrafo siguiente, ha pretendido ejercer su dominio desde hace siglos. Desde
que se echó a la partera del lugar de nacimiento y entró el hombre, médico y
sabio, tal y como nos explica Silvia Federici. “Con la marginación de la
partera, comenzó un proceso por el cual las mujeres perdieron el control que
habían ejercido sobre la procreación, reducidas a un papel pasivo en el parto,
mientras que los médicos hombres comenzaron a ser considerados como los
verdaderos “dadores de vida”.
Posibilidad da dar vida
de la que se jactan algunos de los “nuevos hombres XX” desde una identidad de género que les
sitúa en el lado de la balanza ante el que se sigue inclinando la norma social
y de la que se sigue excluyendo a la mujer. Así podemos citar el ejemplo de Trystan Reese, hombre transgénero que junto a su pareja homosexual comentan felices
tras la llegada de su hijo (sí, distinguen al bebé en masculino), “la próxima
vez que alguien te diga que un hombre no pueden tener bebés, mostradles este
vídeo”.
El patriarcado no
discrimina según la orientación sexual, sino según la identidad de un género binario desde el que se sigue
haciendo uso y abuso de uno de ellos, el de la mujer. De manera que me atrevo a
decir que, en las actuales circunstancias, podemos hablar perfectamente de
homopatriarcado.
La identidad de género
como frontera de discriminación y exclusión.
Pareciera que la
solución estuviera en esa indefinición de género, ese no género en el que se
mueve la teoría queer y que pretende suavizar los contornos, difuminar los
límites de la desigualdad y la marginación.
Si así fuera, solicito
desde ya que en mi carné de identidad se cambie la “M” por la “N” de neutro.
Sin embargo, mucho me temo que en tanto que parte de esa comunidad de brujas
ancestral, misteriosa, nocturna y bajo del influjo de la luna, seguiremos
siendo perseguidas y reguladas por nuestra capacidad de gestar.
En definitivas cuentas,
y a pesar del aparente desvío respecto al fondo de la entrada anterior,
nos hallamos de nuevo ante la cuestión de la mujer. La mujer explotada, la
mujer abusada, la mujer usada en virtud de un genotipo determinado, donde no
hay lugar para la performación de la que habla Butler porque al margen de
identidades, encontramos las definiciones, aquellas que nos siguen
caracterizando por nuestra potencialidad para ser preñadas. De la potencia al acto
que “la sanción social compele a dar[5]”
donde, empleando las palabras de Butler, con resultado contrario, no hay
espacio para “cuestionar su estatuto cosificado”.
La mujer en tanto que
cuerpo, en tanto que anatomía, en tanto que genotipo unificado e integral,
donde las derivadas y desviadas quedan excluidas del catálogo de úteros
deseable y requerido ante las necesidades de tercerOs, donde
sí cuenta la flexión de género.
Advierte, no obstante,
Butler que “en este esfuerzo por combatir la invisibilidad de las mujeres, las
feministas corren el riesgo de traer a la luz una categoría que puede o no ser
representativa de la vida concreta de las mujeres”. Estoy de acuerdo hasta
cierto punto, pues en cuanto persona XX nunca me he sentido encuadrada en la esfera
de la maternidad. Todavía me sonrojo, por vergüenza ajena, cuando alguna mujer
me dice que no me preocupe, que aún estoy a tiempo de ser madre. Pero una cosa
es el concepto del que muchas llevamos largo tiempo intentando desatarnos y otra cosa es la posibilidad
fisiológica, de nuevo la capacidad gestacional, que nos sigue señalando como
hogar de embriones propios o ajenos. Y es desde esta posibilidad desde la que
la categoría mujer continúa siendo válida, aquí discrepo con Butler, no ya como
categoría distintiva binaria, sino como sujeto discriminado, usado y abusado.
Ciertamente comparto la
preocupación de la autora respecto a que “la diferencia sexual no se vuelva una
cosificación que involuntariamente preserve una restricción binaria de la
identidad de género”. Inquietud que se acrecienta al observar las
consideraciones que se hacen respecto a los candidatos a padres de intención
que se hacen desde SNH, como ya
he comentado antes y que ponen de manifiesto que la pervivencia del género
binario también es cosa del homopatriarcado.
“Para garantizar la
reproducción de una cultura dada” (Butler), ya no es condición sine qua non “la
reproducción sexual dentro de los confines de un sistema matrimonial heterosexualmente
fundado”. La integridad de la familia como núcleo de difusión y perpetuación de
un sistema mercantilizado, ordenado y regulado de acuerdo a la capacidad
adquisitiva de sus miembros; está garantizado al margen de las derivadas de la
orientación sexual. Los deseos particulares incumben en cuanto bien de consumo.
El género del consumidor es lo realmente importante a la hora de sancionar el
ámbito de lo posible.
Derivadas, desviadas e
integrales. Mujeres todas. Objeto de exclusión, objeto de consumo, objetos. Si
además eres una XX con útero, serás cosificada como máquina reproductora de
otras personas que serán clasificadas en código binario, incluso antes de su
nacimiento.
Ser mujer es lo que
distingue y diferencia, como esa oposición al otro de la que hablaba Beauvoir.
Ser capaz de gestar es lo que a algunOs les importa.
[5] https://lamalcria.files.wordpress.com/2014/09/butler-judith-actos-performativos-y-constitucic3b3n-del-gc3a9nero-1990.pdf
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