lunes, 21 de agosto de 2017

Derivadas, desviadas e integrales


Hace unos días escribí una entrada sobre el asunto de la gestación subrogada. Es un tema con muchas aristas y caras, como se puede comprobar de la extensión de mi texto. Tanto es así que decidí dejar parte de las notas en las que me basé para escribirlo para un spin off basado única y exclusivamente en la cuestión de género.

En la anterior entrada me centré en la cuestión mercantil del asunto y en la consecuente explotación de la mujer en situación precaria ya que es lo que resulta más inmediato y evidente. Pero a medida que iba recabando información sobre el tema y observando las plataformas desde la que se reivindica el “derecho a la gestación subrogada”, me di cuenta de que era ineludible tratar también sobre la cuestión de género.

Y es que, por mucho que desde las manifestaciones del mundo LGTBI se proclamen los derechos de todo el colectivo con todas sus letras, cuando lees la ídem pequeña de asociaciones como la de SNH, observas que este llamado derecho se circunscribe al hombre solo, a la pareja homosexual masculina y a la mujer con incapacidad de gestar “bien por tener contraindicado el embarazo, bien por malformación, pérdida o lesión del útero”. Es decir, ni rastro de la “T” y de la “I” de los transexuales e intersexo. Total, la “T” son dos palos apenas visibles y la “I” es una latina que no copula.

Perdonad la bromita, ya me conocéis, sino le pongo un poco de sazón a la vida me agrio como el vinagre picado y al que me prueba le sienta muy mal. La verdad es que la cosa no tiene ni pizca de gracia. Tanta reivindicación, tanto hablar  de que la maternidad/paternidad nada tiene que ver con la biología ni con la anatomía, tanto rollo con los nuevos tipos de familia …, para luego seguir fomentando la pervivencia del género binario y biológico, esa concepción que considera al hombre como XY y a la mujer como XX.

Además, entre l@s candidat@s a gestantes de la maternidad subrogada no hay hombres XX, es decir, hombres transexuales que cromosómicamente nacieron con este genotipo, pero que se identificaron posteriormente con un género masculino, y que conservaron los órganos internos y externos que les permitirían una gestación . Tampoco personas intersexo.

Todo ello nos lleva, a pesar de una pretendida apertura hacia nuevos conceptos y formas de hacer, a la eterna consideración de la mujer como “necesaria para el crecimiento de la raza humana”[1], perpetuando el modelo capitalista-heteropatriarcal en el que la mujer queda definida principalmente por una estricta función fisiológica, por su capacidad gestacional, tal y como mencionábamos en la entrada anterior.

De manera que, ateniéndonos a  la consideración que tiene este colectivo de la paternidad /maternidad como un derecho, es un derecho que se otorga en función de un genotipo determinado, que te asigna un sexo e incluso un género en el momento de nacer. Asimismo, las candidatas a gestantes deben ser unas perfectas XX genotípica y fenotípicamente. Tal y como comenta Jodi, una de las gestantes subrogadas, “les dije a mis hijos lo buena que era haciendo bebés y lo grande que se ponía mi tripa”. Una buena hembra, en definitiva.

Añadiendo algo más de información al posible anuncio de las agencias a las que aludíamos en la primera entrada, podríamos decir: “se buscan úteros en contenedores femeninos con voluptuosa forma de botella clásica de Coca Cola sin posibilidad de reciclaje a vino peleón. Colas locas, abstenerse”.

Visto lo visto, por mucha sigla y mucha reivindicación enmarcada en la diversidad, la maternidad-gestación subrogada sigue fomentando el modelo en el que “tanto el género como el sexo son construidos por la ley de heteronormatividad”, la cual cosa resulta cuando menos paradójica, dado el considerable porcentaje de padres de intención homosexuales.

Judith Butler es una de las autoras más conocidas de la “teoría queer”. La teoría queer, siguiendo el hilo lanzado por Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” según el cual “no se nace mujer, sino que se llega a serlo”, considera que tanto el género como el sexo no son identidades previas en las que se inscribe el individuo, sino que son fruto de la construcción social. Sexo y género son actos performativos y, por lo tanto, es posible revertir los parámetros sociales que los definen en aras de esa regla heteronormativa que rige nuestra existencia y que está destinada a la perpetuación de la especie, del obrero, del consumidor.

La teoría queer, por tanto, no considera el sexo ni el género como categorías cerradas (homosexual, mujer, transexual..), es por ello que Butler habla de “deshacer el género”[2]. “El movimiento “queer” es post-homosexual y post-gay. Ya no se define con respecto a la noción médica de homosexualidad, pero tampoco se conforma con la reducción de la identidad gay a un estilo de vida asequible dentro de la sociedad de consumo neoliberal”[3], tal y como explica Paul B. Preciado.

Una sociedad de consumo que ha convertido una orientación sexual anteriormente proscrita en una oportunidad de mercado, tal y como demuestra el volumen de negocio que supone la celebración del Día del Orgullo Gay. Día del orgullo gay, repito, porque a pesar de que en los últimos años se hayan incluido otras siglas, la visibilidad se continúa dando al hombre homosexual occidental blanco de clase media-alta.

Resulta inquietante y pesaroso que sea precisamente esta, afortunadamente, cada vez más aceptada orientación sexual, desde donde se esté alentando al fortalecimiento de la regla heteronormativa, por paradójico que suene. Me atrevo a decir, que el colectivo gay ha caído en la trampa de la inteligibilidad de la que habla Butler, ese deseo de reconocimiento social, comprensiblemente humano, que te inscribe en el ámbito de la familia y el matrimonio.

Justamente en el sentido contrario a las aspiraciones queer donde “ya no se trata de pedir tolerancia y hacer perfil bajo para poder acceder a las instituciones heterosexuales del matrimonio y la familia, sino de afirmar el carácter político (por no decir policial) de las nociones de homosexualidad y heterosexualidad poniendo en cuestión su validez para delimitar el campo de lo social”[4]. Dos colectivos supuestamente coincidentes en sus reivindicaciones de cara a la galería, pero con caminos divergentes.

En el fondo, nos hallamos de nuevo en un juego de poder y sumisión del hombre sobre la mujer en el que aparece como blanco de la disputa la capacidad de gestación de la mujer. Capacidad de gestar sobre la que el hombre XY, también los XX como veremos en el párrafo siguiente, ha pretendido ejercer su dominio desde hace siglos. Desde que se echó a la partera del lugar de nacimiento y entró el hombre, médico y sabio, tal y como nos explica Silvia Federici. “Con la marginación de la partera, comenzó un proceso por el cual las mujeres perdieron el control que habían ejercido sobre la procreación, reducidas a un papel pasivo en el parto, mientras que los médicos hombres comenzaron a ser considerados como los verdaderos “dadores de vida”.

Posibilidad da dar vida de la que se jactan algunos de los  “nuevos hombres XX” desde una identidad de género que les sitúa en el lado de la balanza ante el que se sigue inclinando la norma social y de la que se sigue excluyendo a la mujer. Así podemos citar el ejemplo de Trystan Reese, hombre transgénero que junto a su pareja homosexual comentan felices tras la llegada de su hijo (sí, distinguen al bebé en masculino), “la próxima vez que alguien te diga que un hombre no pueden tener bebés, mostradles este vídeo”.

El patriarcado no discrimina según la orientación sexual, sino según  la identidad de un género binario desde el que se sigue haciendo uso y abuso de uno de ellos, el de la mujer. De manera que me atrevo a decir que, en las actuales circunstancias, podemos hablar perfectamente de homopatriarcado.

La identidad de género como frontera de discriminación y exclusión.

Pareciera que la solución estuviera en esa indefinición de género, ese no género en el que se mueve la teoría queer y que pretende suavizar los contornos, difuminar los límites de la desigualdad y la marginación.

Si así fuera, solicito desde ya que en mi carné de identidad se cambie la “M” por la “N” de neutro. Sin embargo, mucho me temo que en tanto que parte de esa comunidad de brujas ancestral, misteriosa, nocturna y bajo del influjo de la luna, seguiremos siendo perseguidas y reguladas por nuestra capacidad de gestar.

En definitivas cuentas, y a pesar del aparente desvío respecto al fondo de la entrada anterior, nos hallamos de nuevo ante la cuestión de la mujer. La mujer explotada, la mujer abusada, la mujer usada en virtud de un genotipo determinado, donde no hay lugar para la performación de la que habla Butler porque al margen de identidades, encontramos las definiciones, aquellas que nos siguen caracterizando por nuestra potencialidad para ser preñadas. De la potencia al acto que “la sanción social compele a dar[5]” donde, empleando las palabras de Butler, con resultado contrario, no hay espacio para “cuestionar su estatuto cosificado”.

La mujer en tanto que cuerpo, en tanto que anatomía, en tanto que genotipo unificado e integral, donde las derivadas y desviadas quedan excluidas del catálogo de úteros deseable y requerido ante las necesidades de tercerOs, donde sí cuenta la flexión de género.

Advierte, no obstante, Butler que “en este esfuerzo por combatir la invisibilidad de las mujeres, las feministas corren el riesgo de traer a la luz una categoría que puede o no ser representativa de la vida concreta de las mujeres”. Estoy de acuerdo hasta cierto punto, pues en cuanto persona XX nunca me he sentido encuadrada en la esfera de la maternidad. Todavía me sonrojo, por vergüenza ajena, cuando alguna mujer me dice que no me preocupe, que aún estoy a tiempo de ser madre. Pero una cosa es el concepto del que muchas llevamos largo tiempo intentando  desatarnos y otra cosa es la posibilidad fisiológica, de nuevo la capacidad gestacional, que nos sigue señalando como hogar de embriones propios o ajenos. Y es desde esta posibilidad desde la que la categoría mujer continúa siendo válida, aquí discrepo con Butler, no ya como categoría distintiva binaria, sino como sujeto discriminado, usado y abusado.

Ciertamente comparto la preocupación de la autora respecto a que “la diferencia sexual no se vuelva una cosificación que involuntariamente preserve una restricción binaria de la identidad de género”. Inquietud que se acrecienta al observar las consideraciones que se hacen respecto a los candidatos a padres de intención que se hacen desde SNH, como ya he comentado antes y que ponen de manifiesto que la pervivencia del género binario también es cosa del homopatriarcado.

“Para garantizar la reproducción de una cultura dada” (Butler), ya no es condición sine qua non “la reproducción sexual dentro de los confines de un sistema matrimonial heterosexualmente fundado”. La integridad de la familia como núcleo de difusión y perpetuación de un sistema mercantilizado, ordenado y regulado de acuerdo a la capacidad adquisitiva de sus miembros; está garantizado al margen de las derivadas de la orientación sexual. Los deseos particulares incumben en cuanto bien de consumo. El género del consumidor es lo realmente importante a la hora de sancionar el ámbito de lo posible.

Derivadas, desviadas e integrales. Mujeres todas. Objeto de exclusión, objeto de consumo, objetos. Si además eres una XX con útero, serás cosificada como máquina reproductora de otras personas que serán clasificadas en código binario, incluso antes de su nacimiento.

Ser mujer es lo que distingue y diferencia, como esa oposición al otro de la que hablaba Beauvoir. Ser capaz de gestar es lo que a algunOs les importa.


[1] Silvia Federici. “Calibán y la bruja”. Capítulo II, página 24

[2] Judith Butler. “Deshacer el género”. Paidós, 2006

[5] https://lamalcria.files.wordpress.com/2014/09/butler-judith-actos-performativos-y-constitucic3b3n-del-gc3a9nero-1990.pdf

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