Hace largo
tiempo ya, sin duda demasiado, que Catalunya se ha convertido en tema de
conversación principal en la calle, entre amigos y en tertulias de intención y
fiabilidad diversas. La cuestión del independentismo catalán despierta todo
tipo de comentarios que van desde la aceptación de unas pretensiones legítimas
de un pueblo con una cultura, una lengua y una historia propias hasta el ataque
más lacerante a todo aquello que tenga que ver con la denominada “cuestión
catalana”.
Estemos más o
menos de acuerdo en la demanda soberanista de Catalunya, de lo que no cabe duda
es del fulgurante aumento que ha experimentado en los últimos años el número de
habitantes de dicha comunidad que se han sumado a la causa independentista. Las
aspiraciones hacia la consecución de un estado propio han movilizado a un
amplio abanico de sectores que componen un tejido variopinto de motivaciones
que han trascendido con mucho las meramente identitarias. Es evidente, por tanto,
concluir, que el independentismo catalán del siglo XXI tiene, en su totalidad,
tanto que ver con un sentimiento identitario como el DNI tiene que ver con eso
mismo, con la identidad.
Son tantos los
años que venimos usando las siglas DNI para referirnos al documento que
portamos en nuestras carteras y monederos y que nos sirve de salvoconducto ante
cualquier trámite burocrático, que ya no reparamos en su significado. Algunos,
nacidos en los setenta, todavía nos acordamos, sin embargo, de cuando la gente
se refería a él como el “carné de identidad”; forma de referirse a él que, a todas luces, me parece más afortunada que
la actual, que es un auténtico despropósito. El documento nacional de identidad… Pero, ¿qué demonios tendrá que ver la identidad con un documento o con la nacionalidad?
Según la
definición de la RAE, la identidad, entre otras acepciones, es el “conjunto de
rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan
frente a los demás.” Si nos atenemos a la parte de la definición que se refiere
a la colectividad, podríamos decir que la palabra carnet resulta más adecuada
para referirse a la identidad que la de documento, ya que la consideración de
afinidad entre varios nos puede conectar con la posibilidad de la pertenencia a
una asociación o club cuya vinculación quedaría certificada con la posesión de
un carnet. Así podemos decir, “yo soy del Athletic” o “yo soy de la asociación
de vecinos del Guinardó”.
En cuanto a las
particularidades individuales, veamos cuáles son los datos específicos que se
consignan en el dichoso documento. En él figuran el nombre y apellidos, el
sexo, la nacionalidad, la fecha y el lugar de nacimiento, el nombre de los
padres, el domicilio, el número y la validez del documento.
Si nos atenemos
a esta estricta información, mi identidad queda limitada, prácticamente, a las
características de cualquier bien de consumo; con su número de referencia, su
lugar y fecha de fabricación y la empresa que lo elabora. Afortunadamente me
diferencio en que desconozco mi fecha de caducidad. Tal vez la lleve en el culo
como las latas de tomate y, haciendo alarde de una delicadeza impropia de
algunos de ellos, ninguno de mis compañeros de azarosa vida de pareja me la ha
comunicado.
Pero, perdón, me
estoy desviando del tema. En mi documento que, visto lo visto, debería llamarse
de identificación más que de identidad, se informa, en concreto, de que nací y
resido en Barcelona y de que mi nacionalidad es la española. Ciertamente esto
es así, pero en términos de identidad en qué me convierte esto. ¿En una
española-catalano-barcelonesa que vota partidos de ámbito estatal y que es del
Barça? Bien podría deducirse a partir de la información revelada, pero, como a
estas alturas del partido, (perdón
otra vez; tanta adscripción repentina ha hecho que me haya vuelto a desviar del
tema), del artículo, ya he dejado claro que la identidad nada tiene que ver con
el ya más que antipático documento, resulta que yo, aunque nací en Barcelona,
soy de Cox (el pueblo de mis padres y en donde realmente me arraigo), me siento
española, soy del Real Madrid y, ay madre mía del cordero, voté a la CUP en las
últimas elecciones en Catalunya.
Ay… las
identidades. Cuánta complejidad encierran. Suma, exponente, cociente de una
multiplicidad de factores que sobrepasan de largo los pretendidamente
definitorios que figuran en el documento nacional de identidad. No obstante,
así nos dicen que se llama y así nos referimos a él.
En consecuencia,
si en algún momento un agente de la autoridad me solicita tal documentación y
por descuido, es que cambio mucho de bolso, no la llevo encima, le diré que
“soy de Cox y del Real Madrid”, y sinó que hable con mayor propiedad y me pida
mi documento de identificación, que no de identidad.
A todo esto, y
volviendo, cómo no, de nuevo a Catalunya, los residentes de esta comunidad,
queremos decidir no nuestra identidad, de eso ya que se apañe cada uno, sinó el
tipo y condición de organización territorial en la que queremos vivir.