lunes, 23 de enero de 2017

¿Me permite su DNI?: “Yo soy de Cox y del Real Madrid”




Hace largo tiempo ya, sin duda demasiado, que Catalunya se ha convertido en tema de conversación principal en la calle, entre amigos y en tertulias de intención y fiabilidad diversas. La cuestión del independentismo catalán despierta todo tipo de comentarios que van desde la aceptación de unas pretensiones legítimas de un pueblo con una cultura, una lengua y una historia propias hasta el ataque más lacerante a todo aquello que tenga que ver con la denominada “cuestión catalana”.

Estemos más o menos de acuerdo en la demanda soberanista de Catalunya, de lo que no cabe duda es del fulgurante aumento que ha experimentado en los últimos años el número de habitantes de dicha comunidad que se han sumado a la causa independentista. Las aspiraciones hacia la consecución de un estado propio han movilizado a un amplio abanico de sectores que componen un tejido variopinto de motivaciones que han trascendido con mucho las meramente identitarias. Es evidente, por tanto, concluir, que el independentismo catalán del siglo XXI tiene, en su totalidad, tanto que ver con un sentimiento identitario como el DNI tiene que ver con eso mismo, con la identidad.

Son tantos los años que venimos usando las siglas DNI para referirnos al documento que portamos en nuestras carteras y monederos y que nos sirve de salvoconducto ante cualquier trámite burocrático, que ya no reparamos en su significado. Algunos, nacidos en los setenta, todavía nos acordamos, sin embargo, de cuando la gente se refería a él como el “carné de identidad”; forma de referirse a él que, a todas luces, me parece más afortunada que la actual, que es un auténtico despropósito. El documento nacional de identidad… Pero, ¿qué demonios tendrá que ver la identidad con un documento o con la nacionalidad?

Según la definición de la RAE, la identidad, entre otras acepciones, es el “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.” Si nos atenemos a la parte de la definición que se refiere a la colectividad, podríamos decir que la palabra carnet resulta más adecuada para referirse a la identidad que la de documento, ya que la consideración de afinidad entre varios nos puede conectar con la posibilidad de la pertenencia a una asociación o club cuya vinculación quedaría certificada con la posesión de un carnet. Así podemos decir, “yo soy del Athletic” o “yo soy de la asociación de vecinos del Guinardó”.

En cuanto a las particularidades individuales, veamos cuáles son los datos específicos que se consignan en el dichoso documento. En él figuran el nombre y apellidos, el sexo, la nacionalidad, la fecha y el lugar de nacimiento, el nombre de los padres, el domicilio, el número y la validez del documento.

Si nos atenemos a esta estricta información, mi identidad queda limitada, prácticamente, a las características de cualquier bien de consumo; con su número de referencia, su lugar y fecha de fabricación y la empresa que lo elabora. Afortunadamente me diferencio en que desconozco mi fecha de caducidad. Tal vez la lleve en el culo como las latas de tomate y, haciendo alarde de una delicadeza impropia de algunos de ellos, ninguno de mis compañeros de azarosa vida de pareja me la ha comunicado.

Pero, perdón, me estoy desviando del tema. En mi documento que, visto lo visto, debería llamarse de identificación más que de identidad, se informa, en concreto, de que nací y resido en Barcelona y de que mi nacionalidad es la española. Ciertamente esto es así, pero en términos de identidad en qué me convierte esto. ¿En una española-catalano-barcelonesa que vota partidos de ámbito estatal y que es del Barça? Bien podría deducirse a partir de la información revelada, pero, como a estas alturas del partido,  (perdón otra vez; tanta adscripción repentina ha hecho que me haya vuelto a desviar del tema), del artículo, ya he dejado claro que la identidad nada tiene que ver con el ya más que antipático documento, resulta que yo, aunque nací en Barcelona, soy de Cox (el pueblo de mis padres y en donde realmente me arraigo), me siento española, soy del Real Madrid y, ay madre mía del cordero, voté a la CUP en las últimas elecciones en Catalunya.

Ay… las identidades. Cuánta complejidad encierran. Suma, exponente, cociente de una multiplicidad de factores que sobrepasan de largo los pretendidamente definitorios que figuran en el documento nacional de identidad. No obstante, así nos dicen que se llama y así nos referimos a él.

En consecuencia, si en algún momento un agente de la autoridad me solicita tal documentación y por descuido, es que cambio mucho de bolso, no la llevo encima, le diré que “soy de Cox y del Real Madrid”, y sinó que hable con mayor propiedad y me pida mi documento de identificación, que no de identidad.

A todo esto, y volviendo, cómo no, de nuevo a Catalunya, los residentes de esta comunidad, queremos decidir no nuestra identidad, de eso ya que se apañe cada uno, sinó el tipo y condición de organización territorial en la que queremos vivir.

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