En la mañana de ayer, once de
enero, despertamos incrédulos, sintiéndonos todavía presos de ese margen de
irrealidad con la que se tiñe los primeros minutos de nuestro día, con la
noticia de la muerte de David Bowie.
La información se propagó de forma
veloz gracias a la posibilidad que nos ofrece la tecnología, pero lo que
verdaderamente provocó la difusión exponencial de la noticia fue el impacto que
suposo para miles de personas la desaparición de un hombre que fue, ha sido y
es objeto de admiración de generaciones y gentes diversas.
Bowie fue ese talento, que unido a
una voluntad de notoriedad y triunfo, quiso y supo ser una estrella hasta ese
final en forma de perturbadora y magnética “Blackstar”, auténtica supernova que
ha explotado dejando pedacitos de él en cada uno de los admiradores que le
rinden múltiples homenajes a través de las redes sociales.
Cada uno de ellos ha querido
mostrar al mundo que brillaron alguna vez al paso de la fulgurante estela de un
artista que emocionó y conectó con tanta gente por su capacidad, intencionada o
esencial, para transgredir, provocar, vivir al margen y, en esas vueltas, como
las de la Tierra alrededor del Sol, ser él mismo.
Sin embargo, y a pesar de su
aparente lealtad a lo que le pedía el cuerpo y el alma, él siempre estuvo
atento a la ocasión más propicia ya desde su primer éxito, Space Oddity,
lanzado al mercado coincidiendo con el alunizaje del Apolo XI. Después llegaría
su pretendida ambigüedad ambigüedad sexual, encarnada en su alter ego, Ziggy
Stardust. Más tarde, la confesión de una bisexualidad, de la que más tarde se
arrepentiría, fruto, dicen, de una calculada estrategia comercial, aunque él
lamentara que le cerrara algunas puertas de la pacata sociedad de Estados Unidos.
Desde este país, dio un nuevo giro a su carrera, primero con el disco Diamond
Dogs, al que le siguió Young Americans con su plastic soul o soul cantado por
blancos, y el álbum “Station to Station”, donde vuelve a reinvinventarse
convertido en un Thin White Duke, devorado por la cocaína.
Su marcha a Berlín, donde
compartiría vida cotidiana y musical con Iggy Pop, para desintoxicarse de una
adicción que estaba acabando con su vida, supone la creación de tres álbumes,
la llamada “Trilogía de Berlín”. Ya en la década de los 80 goza del éxito
comercial con el álbum “Let’s dance”. La década de los 90 se inician con el
fallido experimento de la banda “Tin Machine”, tras el que se adentra en la
música electrónica con “Black tie white noise”. En 2002, publica “Heathen”, que
lo coloca, de nuevo en lo más alto del mercado norteamericano, al que siguen
“Reality”, “The next day” y, finalmente, “Blackstar”.
Si bien es cierto que, en los
últimos años, debido en gran parte a su delicado estado de salud, se había mantenido
alejado de la actualidad más directa, el mito ya estaba forjado, ya no hacía
falta avivar el fuego de la fama, pues su luz se mantenía viva en cada una de
las personas que lo admiraban y que eran testigos y cronistas tanto de sus
trabajos musicales como interpretativos. Recordados por todos sus seguidores,
se encuentran el extraterrestre de “El hombre que vino de las estrellas”, el
vampiro hermoso e inquietante de “El Ansia” o el prisionero de guerra de “Feliz
Navidad, Mr. Lawrence”.
Bowie, el hombre que fue una
estrella. David que, al amparo de múltiples disfraces, no pudo ocultar a ese
hombre que vivía, dolía y gozaba; aunque no lo expresara como los demás.
Bowie, la estrella, que se despidió
con el eco de las voces de especialistas y profanos que se lanzaban a opinar
sobre su último y críptico trabajo discográfico, aparecido el día de su sesenta
y nueve cumpleaños, tres días antes de su fallecimiento. David que, esta vez,
sin duda, quiso mostrar la vulnerabilidad y la honestidad del hombre que sabía
cercano su final; “todo el mundo me conoce ahora”, dice la letra de “Lazarus”, una de sus canciones.
David Bowie. Creación, impostura,
autenticidad, o un poco de todo, como todos. Lo cierto es que Bowie supo ser
único y así lo recordaremos. Como al ser irrepetible que despertó gozosamente
todos nuestros sentidos, aquellos que pudimos ciertamente satisfacer y los que
dejamos a nuestra más arriesgada imaginación.
Él fue la definición de la estrella
del rock. Bello, hipnótico, elegante, inaccesible, al límite de la vida y de la
muerte, pero siempre, incluso ya alejado de los escenarios, luz que brillaba en
la lejanía, faro de nuestros recuerdos adolescentes y de juventud en los que
creíamos que las luces nunca se apagarían.
La luz de Bowie se apagó. Quedará
para siempre el fulgor de su talento en nuestros corazones.
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