De entre las cosas “molonas”;
espero que no lea esta palabra un hipster, pues sus atusados bigotes podrían
languidecer ante fosilizado vocablo, ya que gente como son poco dada a las
reminiscencias, a no ser que vayan acompañadas del complemento “vintage”,
huirían despavoridos a refugiarse detrás de cualquier tablet.
Como os decía, de entre las
cosas chachi, perdonad, es que no me resisto a utilizar las palabras trendies
de mi época. Hey… Os he colado una que hasta el más glam de los gafa-pastas
aprobaría con buena nota.
Retomo. De entre los conceptos
en alza en los ambientes más cool, concepto que sin duda alude a lo gélido de
su interiorismo e interioridades, encontramos el mindfulness.
El mindfulness forma parte de
esa categoría de asuntos, cuyo caché viene dado por el mero empleo del dichoso
vocablo. No importa la atención, y nunca mejor dicho, o la dedicación que
prestemos a ello, dejar caer la palabrita es más que suficiente. Es como esas
mega divinas personitas que están apuntadas a clases de yoga, pero casi nunca
van. Eso sí, se pasean con su esterilla por todas partes y no les importa
arrearte un mandoble con ella mientras se abren paso grácilmente, pero sin
contemplaciones, para coger asiento en el metro.
La atención plena, es la
manera con la que nos referimos al mindfulness en nuestra minusvalorada lengua
y que, para mí, es una forma más redonda de abarcar la enjundia del tema.
Porque mucho me temo, que la
atención plena dista mucho de ese mundo multi-tasking, multi artefacto, multi
input, que te proporciona la posibilidad de no perderte lo último de lo último,
porque lo que sudece a las 9.30 puede pasar a ser denostado sin piedad a las
9.35. A menudo me imagino esas vidas, como experiencias vitales cuarteadas, al
igual que un maquillaje nocturno el domingo a las 10 de la mañana. Vidas hechas
de fragmentos desconcertados que fluctúan a golpe binario, sin detenerse, antes
muerta que sin prisa, a observar
lo que realmente pasa a su alrededor.
Pero la cultura occidental no
se deja amilanar por aparentes incongruencias. Por favor, somos la cultura
dominante, por dominadora, claro. Es capaz de dejarse llevar por el desenfreno
caleidoscópico de una marabunta de estímulos, a la vez que aúna el análisis más
pormenorizado de la partícula más extravagantemente inapreciable que exista,
sin sustraerse a echar un ojo a referentes del universo oriental que nos
transportan a espacios más sencillos.
El interés por la cultura
china o india viene de lejos. Así, podemos citar el acercamiento de
Schopenhauer al budismo, las más recientes obras de carácter divulgativo del
también filósofo Alan Watts, y, por qué no, dando muestra de este sincretismo
my way tan nuestro, a los cuatro de Liverpool. Son de sobras conocidos sus
viajes a la India en los sesenta para el estudio de la meditación
trascendental, sin abandonar por ello, su lado más lisérgico, según dicen las
malas lenguas.
En algún punto de este devenir
entre oriente y occidente, entre la obsesión analítica y la inconsciencia más
lúdico-festiva, se hallan los que han convenido que la felicidad se encuentra
en otro lado, que la felicidad se encuentra aquí al lado, que la felicidad se
encuentra aquí y ahora. Se trata de aquellos que han optado por la práctica
concienzuda de la atención plena, de la meditación, de lo que en los términos
más fulgurantes a los que antes aludíamos se ha dado en llamar mindfulness.
Resulta curioso, o quizá no
tanto, que los personajes ocidentales más conocidos entre los comprometidos con
esta forma de estar en el mundo, son profesionales que provienen del estudio
científico de la vida. Investigadores que han dedicado largo tiempo a saber de
qué estamos compuestos y a entender cómo funcionamos poniendo el foco de
observación en pedazos que componen nuestro ser, pero que en el fondo no nos
explican, no nos acercan al auténtico sentido de nuestras completas
existencias.
Tal vez, no se trate tanto de
analizar, como de experimentar la vida y no de convertirla en un experimento.
Quizá sea esa visión parcial de las cosas, la que le provocó esa infelicidad
que menciona el biólogo molecular Jon Kabat-Zinn, investigador del genoma
humano y creador del programa para la reducción del estrés basado en la
atención plena de la Universidad de Massachusetts.
Argumenta Kabat, que “una
mente distraída es una mente infeliz”, me atrevo yo a decir que es una vida
infeliz, y añade que “el cultivo de la atención plena es un acto radical de
cordura, amor y compasión por uno mismo”.
Compasión que se encuentra en
la base de la práctica budista, forma de vida a la que decidió entregarse hace
ya más de 30 años el también biólogo molecular Matthieu Ricard, declarado el
hombre más feliz del planeta, y que nos dice que “ser felices es lo más a
contracorriente que podemos ser”. A lo mejor, este punto outsider anima a los
más fashionable de los anti-sistema, pues en esta sociedad nuestra donde el
capitalismo todo lo fagocita, hasta el concepto anti-sistema está de moda.
Por último, no tanto por el
estilo coincidente con Kabat y Ricard como por el alejamiento de la pura
disciplina científica, podemos incluir en esta tríada al polémico Bruce Lipton,
biólogo, en este caso celular, que se ha atrevido a asegurar que son nuestras
creencias las que determinan nuestros genes. Lipton incluye entre los conceptos
que maneja, algunos tan alejados de la pura disciplina científica, como los de
conciencia y espiritualidad. El propio Einstein ya estableció una vinculación
entre la investigación científica y “un sentimiento de religiosidad cósmica”.
Sin duda, tanto Kabat como
Ricard, sobre todo este último, (en este caso el hábito sí que hace al monje),
son dos de los insignes precursores de la práctica de la meditación y de la
atención plena, tan en boga en nuestros días bajo el rimbombante nombre de
mindfulness, y que no es, ni más ni menos, que un modo de estar y de ser que
los budistas practican desde tiempos inmemoriales, pero revestido de la
modernidad más exigente.
Sin embargo, tal y como
asegura Bruce Lipton, ¿es la práctica de la meditación una tarea demasiado
ardua para la mayoría de la gente?
La verdad es que,
lamentablemenete, me atrevo a coincidir con la aseveración del autor de “La
biología de la creencia”, ya que no es nada fácil bajarse de este carrusel de
équidos de madera en el que hemos convertido nuestras vidas, sin darnos cuenta
de que el motor que lo mueve es nuestro propio hastío. Tedio existencial que se
ha convertido en nuestro auténtico caballo de Troya.
Permanecemos de esta manera, atados
a cotidianidades instatisfactorias que luego queremos paliar con píldoras de
rutilante aspecto como las clases de yoga o los grupos de meditación.
Nos quedamos, sin embargo, en
la superficie, como surfistas de una conciencia que a la que empieza a apuntar,
como la cresta de la ola, nos subimos a ella para hacerla descender y volver a
la tranquilidad de la arena donde permancer varados como indolentes cachalotes.
Aducirán algunos, que no se
puede estar en un estado contemplativo siempre, que la vida es acción y
movimiento. Bravo, pero hacer no se contraviene con estar, a no ser que nos
equiparemos a autómatas que realizan su quehacer en una suerte de alienación
como la que ya retratara Chaplin en “Tiempos modernos”.
Hacer no se contradice con
estar presente, antes al contrario. Cuando quedamos con alguien y llegamos al
punto de encuentro, nos centramos en encontrar a nuestra cita. No nos ponemos a
contar megapíxeles. A no ser, que contemplemos en diferido la escena, a través
de las múltiples pantallas ante las que avanzamos distraídos sin darnos cuenta
que nos precipitamos hacia un
rotundo game over. ¡Viva la vida en streaming! Mientras, la vida, está
pasando en otro lado.
Sin embargo, y aún
coincidiendo en gran parte con la afirmación de Lipton, aún creo que, aunque no
nos apeemos de nuestras aceleradas existencias, cuando menos, es posible echar
un poco el freno.
Próxima estación de destino,
tu vida.
En primer lugar, Elisa, quiero decirte que me encanta que la segunda entrada de tu blog la dediques a este tema.
ResponderEliminarEn lo básico, estoy de acuerdo en lo que planteas, pero discrepo en tu sorpresa con respecto a que la ciencia y la espiritualidad sean contradictorias. Y más todavía la vertiente espiritual desarrollada mediante la atención plena, que para mi se equipara con la plegaria cristiana y con la parte mística de las religiones, consistente en dejar "respirar al alma".
Un buen científico necesita atención plena y concentración. No vale la multi-tarea y la dispersión para desarrollar una nueva teoría. Y los científicos más destacados no se suelen quedar en un pequeño campo, sino que enmarcan sus investigaciones en una concepción más global. Muchas veces eso les lleva a tocar muchas teclas.
Para mi, el método científico y la espiritualidad son dos maneras complementarias de acercarse a la realidad, o a la conciencia que tenemos de ella, porque más allá no podremos llegar.
Lo que pasa es que nos han acostumbrado a ver espiritualidad y ciencia como antagonistas. Puede que sea una maniobra de los que quieren convertir la ciencia en una religión indiscutible para ser ellos sus sumos sacerdotes.
¡Felicidades otra vez por la entrada!
Bon dia Edu,
ResponderEliminarEn primer lloc moltes gràcies pel teu comentari que, com sempre són el teus, està tan ben fonementat.
Estoy de acuerdo contigo. No creo que espiritualidad y ciencia sean contradictorias, de hecho deberían estrecharse la mano afablemente, pero como tú dices hay muchos intereses por ambos lados que se empeñan en mantenerlas alejadas.
Es cierto que nadie mejor que un científico requiere de concentración y atención, pero pongo un freno en lo de plena, a pesar de esa concepción global que comentas.
Creo que los científicos a los que aludo, han necesitado distanciarse del microscopio para poder tener una mirada más amplia y con perspectiva y no tan ensimismada, esa que te lleva a concentrarte en la mutación de un gen, mientras te aleja del alma de la persona portadora, un alma universal que es la de todos.
No sé. Tal vez esté equivocada, pero es la interpretación que hago.
En cualquier caso, estoy totalmente de acuerdo en que deberían ser complementarias.