Se rompe España
Añicos de una patria, de jirones por bandera
Se va en ceniza, humo y espanto
Se va en anhelo, a golpes acallado
Se va entre las grietas desde las que asoman sarmientos
que no fueron plantados
Se va con la juventud educada en un futuro que nunca existió
Se va con el desprecio a las manos que peinaron nuestras trenzas
Y labraron nuestro bienestar en zapatillas de cáñamo
Se rompe España, dicen
Y a mí me tiembla el cuerpo con un viejo dolor
Esquirlas angustiadas de huesos que se quieren anónimos
De cuerpos enterrados sin llanto, a horas frías e impunes
Se rompe España
Y a mí me duele la tierra, que es de quien la trabaja
La tierra que mancha las manos
Esa es mi patria
Las manos que se afanan cada día
Por traer el pan con dignidad a la casa
Esa es mi patria
Las manos que unidas apagan la codicia
Mientras se aviva el calor
De los que comparten al alba la mañana
Esa es mi patria
¿Se rompe España?
miércoles, 18 de octubre de 2017
lunes, 21 de agosto de 2017
Derivadas, desviadas e integrales
Hace unos días escribí
una entrada sobre el asunto de la gestación subrogada. Es un tema con
muchas aristas y caras, como se puede comprobar de la extensión de mi texto.
Tanto es así que decidí dejar parte de las notas en las que me basé para
escribirlo para un spin off basado única y exclusivamente en la cuestión de
género.
En la anterior entrada
me centré en la cuestión mercantil del asunto y en la consecuente explotación
de la mujer en situación precaria ya que es lo que resulta más inmediato y
evidente. Pero a medida que iba recabando información sobre el tema y
observando las plataformas desde la que se reivindica el “derecho a la
gestación subrogada”, me di cuenta de que era ineludible tratar también sobre
la cuestión de género.
Y es que, por mucho que
desde las manifestaciones del mundo LGTBI se proclamen los derechos de todo el
colectivo con todas sus letras, cuando lees la ídem pequeña de asociaciones
como la de SNH, observas que
este llamado derecho se circunscribe al hombre solo, a la pareja homosexual
masculina y a la mujer con incapacidad de gestar “bien por tener contraindicado
el embarazo, bien por malformación, pérdida o lesión del útero”. Es decir, ni
rastro de la “T” y de la “I” de los transexuales e intersexo. Total, la “T” son
dos palos apenas visibles y la “I” es una latina que no copula.
Perdonad la bromita, ya
me conocéis, sino le pongo un poco de sazón a la vida me agrio como el vinagre
picado y al que me prueba le sienta muy mal. La verdad es que la cosa no tiene
ni pizca de gracia. Tanta reivindicación, tanto hablar de que la maternidad/paternidad nada
tiene que ver con la biología ni con la anatomía, tanto rollo con los nuevos
tipos de familia …, para luego seguir fomentando la pervivencia del género
binario y biológico, esa concepción que considera al hombre como XY y a la
mujer como XX.
Además, entre l@s
candidat@s a gestantes de la maternidad subrogada no hay hombres XX, es decir,
hombres transexuales que cromosómicamente nacieron con este genotipo, pero que
se identificaron posteriormente con un género masculino, y que conservaron los
órganos internos y externos que les permitirían una gestación . Tampoco personas intersexo.
Todo ello nos lleva, a
pesar de una pretendida apertura hacia nuevos conceptos y formas de hacer, a la
eterna consideración de la mujer como “necesaria para el crecimiento de la raza
humana”[1],
perpetuando el modelo capitalista-heteropatriarcal en el que la mujer queda
definida principalmente por una estricta función fisiológica, por su capacidad
gestacional, tal y como mencionábamos en la entrada anterior.
De manera que,
ateniéndonos a la consideración
que tiene este colectivo de la paternidad /maternidad como un derecho, es un
derecho que se otorga en función de un genotipo determinado, que te asigna un
sexo e incluso un género en el momento de nacer. Asimismo, las candidatas a
gestantes deben ser unas perfectas XX genotípica y fenotípicamente. Tal y como
comenta Jodi,
una de las gestantes subrogadas, “les dije a mis hijos lo buena que era
haciendo bebés y lo grande que se ponía mi tripa”. Una buena hembra, en
definitiva.
Añadiendo algo más de
información al posible anuncio de las agencias a las que aludíamos en la
primera entrada, podríamos decir: “se buscan úteros en contenedores femeninos
con voluptuosa forma de botella clásica de Coca Cola sin posibilidad de
reciclaje a vino peleón. Colas locas, abstenerse”.
Visto lo visto, por
mucha sigla y mucha reivindicación enmarcada en la diversidad, la maternidad-gestación
subrogada sigue fomentando el modelo en el que “tanto el género como el sexo son construidos por la ley de heteronormatividad”,
la cual cosa resulta cuando menos paradójica, dado el considerable porcentaje
de padres de intención homosexuales.
Judith Butler es una de las
autoras más conocidas de la “teoría queer”. La teoría queer, siguiendo el hilo lanzado por Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” según el cual “no se nace mujer,
sino que se llega a serlo”, considera que tanto el género como el sexo no son
identidades previas en las que se inscribe el individuo, sino que son fruto de
la construcción social. Sexo y género son actos performativos y, por lo
tanto, es posible revertir los parámetros sociales que los definen en aras de
esa regla heteronormativa que rige nuestra existencia y que está destinada a la
perpetuación de la especie, del obrero, del consumidor.
La teoría queer, por
tanto, no considera el sexo ni el género como categorías cerradas (homosexual,
mujer, transexual..), es por ello que Butler habla de “deshacer el género”[2].
“El movimiento “queer” es post-homosexual y post-gay. Ya no se define con
respecto a la noción médica de homosexualidad, pero tampoco se conforma con la
reducción de la identidad gay a un estilo de vida asequible dentro de la
sociedad de consumo neoliberal”[3],
tal y como explica Paul B. Preciado.
Una sociedad de consumo
que ha convertido una orientación sexual anteriormente proscrita en una
oportunidad de mercado, tal y como demuestra el volumen de negocio que supone
la celebración del Día del Orgullo Gay. Día del orgullo gay, repito, porque a
pesar de que en los últimos años se hayan incluido otras siglas, la visibilidad
se continúa dando al hombre homosexual occidental blanco de clase media-alta.
Resulta inquietante y
pesaroso que sea precisamente esta, afortunadamente, cada vez más aceptada
orientación sexual, desde donde se esté alentando al fortalecimiento de la
regla heteronormativa, por paradójico que suene. Me atrevo a decir, que el
colectivo gay ha caído en la trampa de la inteligibilidad de la que habla
Butler, ese deseo de reconocimiento social, comprensiblemente humano, que te
inscribe en el ámbito de la familia y el matrimonio.
Justamente en el
sentido contrario a las aspiraciones queer donde “ya no se trata de pedir
tolerancia y hacer perfil bajo para poder acceder a las instituciones
heterosexuales del matrimonio y la familia, sino de afirmar el carácter
político (por no decir policial) de las nociones de homosexualidad y
heterosexualidad poniendo en cuestión su validez para delimitar el campo de lo
social”[4].
Dos colectivos supuestamente coincidentes en sus reivindicaciones de cara a la
galería, pero con caminos divergentes.
En el fondo, nos
hallamos de nuevo en un juego de poder y sumisión del hombre sobre la mujer en
el que aparece como blanco de la disputa la capacidad de gestación de la mujer.
Capacidad de gestar sobre la que el hombre XY, también los XX como veremos en
el párrafo siguiente, ha pretendido ejercer su dominio desde hace siglos. Desde
que se echó a la partera del lugar de nacimiento y entró el hombre, médico y
sabio, tal y como nos explica Silvia Federici. “Con la marginación de la
partera, comenzó un proceso por el cual las mujeres perdieron el control que
habían ejercido sobre la procreación, reducidas a un papel pasivo en el parto,
mientras que los médicos hombres comenzaron a ser considerados como los
verdaderos “dadores de vida”.
Posibilidad da dar vida
de la que se jactan algunos de los “nuevos hombres XX” desde una identidad de género que les
sitúa en el lado de la balanza ante el que se sigue inclinando la norma social
y de la que se sigue excluyendo a la mujer. Así podemos citar el ejemplo de Trystan Reese, hombre transgénero que junto a su pareja homosexual comentan felices
tras la llegada de su hijo (sí, distinguen al bebé en masculino), “la próxima
vez que alguien te diga que un hombre no pueden tener bebés, mostradles este
vídeo”.
El patriarcado no
discrimina según la orientación sexual, sino según la identidad de un género binario desde el que se sigue
haciendo uso y abuso de uno de ellos, el de la mujer. De manera que me atrevo a
decir que, en las actuales circunstancias, podemos hablar perfectamente de
homopatriarcado.
La identidad de género
como frontera de discriminación y exclusión.
Pareciera que la
solución estuviera en esa indefinición de género, ese no género en el que se
mueve la teoría queer y que pretende suavizar los contornos, difuminar los
límites de la desigualdad y la marginación.
Si así fuera, solicito
desde ya que en mi carné de identidad se cambie la “M” por la “N” de neutro.
Sin embargo, mucho me temo que en tanto que parte de esa comunidad de brujas
ancestral, misteriosa, nocturna y bajo del influjo de la luna, seguiremos
siendo perseguidas y reguladas por nuestra capacidad de gestar.
En definitivas cuentas,
y a pesar del aparente desvío respecto al fondo de la entrada anterior,
nos hallamos de nuevo ante la cuestión de la mujer. La mujer explotada, la
mujer abusada, la mujer usada en virtud de un genotipo determinado, donde no
hay lugar para la performación de la que habla Butler porque al margen de
identidades, encontramos las definiciones, aquellas que nos siguen
caracterizando por nuestra potencialidad para ser preñadas. De la potencia al acto
que “la sanción social compele a dar[5]”
donde, empleando las palabras de Butler, con resultado contrario, no hay
espacio para “cuestionar su estatuto cosificado”.
La mujer en tanto que
cuerpo, en tanto que anatomía, en tanto que genotipo unificado e integral,
donde las derivadas y desviadas quedan excluidas del catálogo de úteros
deseable y requerido ante las necesidades de tercerOs, donde
sí cuenta la flexión de género.
Advierte, no obstante,
Butler que “en este esfuerzo por combatir la invisibilidad de las mujeres, las
feministas corren el riesgo de traer a la luz una categoría que puede o no ser
representativa de la vida concreta de las mujeres”. Estoy de acuerdo hasta
cierto punto, pues en cuanto persona XX nunca me he sentido encuadrada en la esfera
de la maternidad. Todavía me sonrojo, por vergüenza ajena, cuando alguna mujer
me dice que no me preocupe, que aún estoy a tiempo de ser madre. Pero una cosa
es el concepto del que muchas llevamos largo tiempo intentando desatarnos y otra cosa es la posibilidad
fisiológica, de nuevo la capacidad gestacional, que nos sigue señalando como
hogar de embriones propios o ajenos. Y es desde esta posibilidad desde la que
la categoría mujer continúa siendo válida, aquí discrepo con Butler, no ya como
categoría distintiva binaria, sino como sujeto discriminado, usado y abusado.
Ciertamente comparto la
preocupación de la autora respecto a que “la diferencia sexual no se vuelva una
cosificación que involuntariamente preserve una restricción binaria de la
identidad de género”. Inquietud que se acrecienta al observar las
consideraciones que se hacen respecto a los candidatos a padres de intención
que se hacen desde SNH, como ya
he comentado antes y que ponen de manifiesto que la pervivencia del género
binario también es cosa del homopatriarcado.
“Para garantizar la
reproducción de una cultura dada” (Butler), ya no es condición sine qua non “la
reproducción sexual dentro de los confines de un sistema matrimonial heterosexualmente
fundado”. La integridad de la familia como núcleo de difusión y perpetuación de
un sistema mercantilizado, ordenado y regulado de acuerdo a la capacidad
adquisitiva de sus miembros; está garantizado al margen de las derivadas de la
orientación sexual. Los deseos particulares incumben en cuanto bien de consumo.
El género del consumidor es lo realmente importante a la hora de sancionar el
ámbito de lo posible.
Derivadas, desviadas e
integrales. Mujeres todas. Objeto de exclusión, objeto de consumo, objetos. Si
además eres una XX con útero, serás cosificada como máquina reproductora de
otras personas que serán clasificadas en código binario, incluso antes de su
nacimiento.
Ser mujer es lo que
distingue y diferencia, como esa oposición al otro de la que hablaba Beauvoir.
Ser capaz de gestar es lo que a algunOs les importa.
[5] https://lamalcria.files.wordpress.com/2014/09/butler-judith-actos-performativos-y-constitucic3b3n-del-gc3a9nero-1990.pdf
Se gesta a los embriones de los otros
Siempre
he vivido de alquiler, nunca he tenido un piso de mi propiedad. Hubo un tiempo
en el podría haberme aventurado a tener una hipoteca, ya sabéis, en aquella
época en la que se concedían alegremente sin demasiados miramientos en cuanto a
la idoneidad de los solicitantes, pero me educaron responsable y el tema nunca
me pareció que contara con las garantías suficientes como para no salir
perdiendo.
Para
encontrar vivienda, he recurrido a oficinas inmobiliarias, ya sea a través
internet o de carteles de agencias situados en el mismo piso, ya sabéis, esos
de “se alquila piso” con el número de teléfono debajo.
Nunca
me ha gustado tratar con el propietario directamente. Una vez, conocí a uno de
ellos, que hacía “casting de inquilinos”, a petición suya. Era un señor muy
majo, pero muy pesado y el hecho de que tuviera mi número de teléfono personal,
al final, resultó ser un engorro. La verdad, para estas cosas, yo siempre he
preferido el trato con las agencias destinadas a tales fines. Una firma el
contrato, deposita su fianza y así, cuando se va del piso, todo se resuelve con
la misma asepsia profesional. Aquí dejo las llaves, aquí dejo el piso y ustedes
ya se encargarán de gestionar su devolución al dueño correspondiente. Y una vez
verificado que todo es correcto, mi fianza y arreando.
Mi
primer piso estaba en el Pasaje Costa. El Pasaje Costa es un micro-mundo dentro
de un barrio que por lo demás resulta bastante convencional. En el edificio que
estaba enfrente del mío vivían unas chicas transexuales muy divertidas y,
porqué no decirlo, peculiares. Un día, iba hacia casa y al final del pasaje las
vi llegar con un bebé en brazos dándole de mamar. Como soy miope y lo mío son
las distancias cortas, esto fue lo que acerté a ver. Me quedé en shock hasta
que finalmente pude comprobar que se trataba de un muñeco. Qué locas
maravillosas… Ay el Pasaje Costa. No en vano allí residió en sus tiempos mozos
Salomé. Sí, la de vivo cantando, hey, fleco arriba, fleco abajo. El imperio de
la pluma, la lentejuela y el cabaret estaba servido ya desde entonces.
Ignoro
si detrás de la broma de las chicas trans se ocultaba el deseo de una
improbable maternidad. En cualquier caso, de eso han pasado ya casi veinte años
y ahora esa improbabilidad se podría tornar en factibilidad gracias a la
llamada gestación subrogada.
La
gestación subrogada, o en la denostada denominación de la que sus partidarios
abominan, el vientre de alquiler, se incluye dentro de las técnicas de
reproducción asistida, pero en el estado español no es legal y no está recogida
en la ley a tal efecto. La
gestación subrogada supone que una mujer va a ser la encargada de gestar y
parir el hijo de otra/s persona/s, que es / son las que se reconocerá/n como
padre o madre de la criatura. En definitivas cuentas, que el hecho de gestar y
parir una persona no te convierte en madre de la misma por dos cuestiones:
porque no comparte código genético contigo y, lo que es más importante, porque
previamente a la implantación de ese embrión has llegado a un acuerdo con los
padres finales para que al final renuncies al niño gestado.
Sí,
renuncia, porque por mucho que los partidarios y me atrevo a llamar, usuarios
de este, sí de nuevo, servicio expliquen que no se trata de una renuncia[1],
si seguimos el principio del derecho “mater semper certa est”
(la madre es siempre conocida), la maternidad es un hecho biológico evidente en
razón del embarazo.
Simone de Beauvoir
aseguraba que “es imposible asimilar lisa y llanamente la gestación a un
trabajo o servicio”, pero cuando la filósofa francesa escribió “El segundo
sexo” en 1949 se estaba refiriendo al tipo de gestación que durante siglos
hemos entendido como convencional. Sin embargo, si desvinculamos la gestación
de la maternidad, como en el caso de la gestación subrogada, sí que podemos
hablar en los términos de prestación que la autora no consideraba.
Es
por ello, que después de reflexionar sobre el tema, he concluido que para mí es
preferible denominar al asunto de manera que se subraye el carácter de
transacción que en el fondo tiene el tema, por mucho que se la quiera revestir
de eufemismos tranquilizadores de conciencias. Por este motivo prefiero
calificar el proceso como alquiler de un vientre o de un útero antes que de
gestación subrogada. Aunque el término subrogada
ya implica el sentido al cual me refiero, optaré por los términos que comentaba
para no verme envuelta en la pegajosa tela de araña de los argumentos aportados
por asociaciones como la de “Son nuestros hijos” (SNH).
Que
se trata de un alquiler lo demuestra el hecho de que en gran número de casos
media un intercambio económico. De hecho en la propia página de SNH se reconoce
que aunque “se rechaza la subrogación comercial. Si bien es lógico que se
realice una compensación económica, o de otra índole, a la gestante por las
molestias y el esfuerzo que el proceso conlleva”. Paradójica e inquietante la
calificación de “molestias” a todos los trastornos biológicos que una mujer
asume durante un embarazo. También me produce escalofríos la palabra
“compensación”, pues me sugiere algo así como una especie de indemnización
similar a las que las aseguradoras hacen por desperfectos a terceros o la que
se efectúa tras la expropiación de unos terrenos.
La
ambigüedad con la que se nos expone el proceso desde la página de SNH se vale
también de los testimonios de las gestantes. Nos aseguran que lo hacen por pura
solidaridad con otras personas que no pueden acceder a la maternidad o a la
paternidad desde su propia biología / anatomía (llama la atención, por cierto,
que se trata todas ellas de mujeres blancas occidentales). Algunas aseguran
además, en un alarde “curioso” de su desvinculación económica con el asunto,
que su estatus es superior al de los padres demandantes.
Supongamos
que estamos dispuestos a conceder como creíble el hecho de hay mujeres que están
convencidas de pasar por el esfuerzo ímprobo de un embarazo y un parto, con
todo lo que entraña para su salud, incluyendo el riesgo de su propia vida, para
un desconocido y sin dinero de por medio Creo que aún considerando como cierta
esta posibilidad, podemos suponer, con poco riesgo a equivocarnos, que el
número de mujeres decididas a llevar a cabo esta dura tarea sería bastante
marginal respecto al número de demandantes.
No
obstante, para la estructura capitalista esto no supone un problema. El
engrasado engranaje del sistema se pone en marcha para poder satisfacer las
demandas de este grupo de mercado. Es así como ya funcionan un número de
agencias internacionales que se encargan de gestionar todos y cada uno de los
pasos del proceso y de localizar a gestantes que, no nos quepa duda, se
prestarán por pura y exclusivamente necesidad económica. Negar esto es
tildarnos directamente de ingenuos. Por otro lado, considerar la mera
existencia de estas agencias intermediarias ya nos sitúa ante el tema
estrictamente económico. Serían algo así como los administradores de fincas que
median entre el inquilino y el propietario.
Dado
que, dejando al margen ese ínfimo grupo de mujeres a las que hemos decidido
aceptar como las “solidarias”, se trata de un contrato en el que se van a
estipular una serie de condiciones y en el que la mujer gestante va a recibir
un dinero a cambio, me reitero en que la denominación de alquiler de útero resulta la más ajustada.
De
esta manera, y estableciendo un paralelismo con anuncios de pisos, las agencias
destinadas a tales fines se podrían publicitar con el siguiente eslogan, “se
gesta a los embriones de los otros”. Sí, no me he equivocado, se gesta, no se
gestan a pesar de que embriones está en plural. Permitidme la cuña lingüística,
viene a cuento. “Se gestan embriones” sería una construcción pasiva refleja en
el que el complemento agente, la gestante en este caso, desaparece de la frase
aunque intuimos que se trata de ella. Sin embargo, “se gesta a los embriones”
es una frase impersonal. Aquí, desde el punto de vista sintáctico, no hay
sujeto ni agente, ni nada que aluda a una intervención humana definida o
presumible. La partícula “se” alude a un participante indefinido que se apropia
del lugar del humano o de … la máquina.
En
la página de SNH se nos presenta un escenario ideal en el que, además de la
declaración de no lucro de los testimonios de todas y cada una de las
gestantes, estas hablan de la relación especial que han establecido con los
llamados padres de intención (así se denomina a las personas que finalmente
figurarán como padres legales del recién nacido). Comentan que junto con ellos han establecido una gran
familia allende fronteras. Es manifiesto que el concepto de familia es mucho
más amplio en la actualidad que el del tradicional matrimonio heterosexual,
pero, seamos un poquito realistas. ¿Alguien cree que este tipo de vínculo
afectivo se puede dar en el caso de las gestantes, su mayoría, que se ven
abocadas a realizar este servicio por razones de pura y exclusiva necesidad? Y
lo que es más, si los padres de intención no tuvieran que recurrir a este tipo
de proceso, ¿pensarían su modelo de familia en estos términos?
En
cualquier caso, una gran familia siempre y cuando, como ya hemos comentado, se
renuncie a lo que desde la página de SNH
definen como “filiación natural”, que se distingue de la social por la
intencionalidad de esta última. Es decir, que la maternidad o paternidad deberá
ser asumida legalmente en el caso de que haya existido el propósito previo de
ser padre o madre. Francamente, me parece un concepto arriesgado ya que abre la
veda a la no asunción de responsabilidades a la que se debe todo adulto.
Me
hace pensar en las tan traídas y llevadas demandas de paternidad, que
últimamente han adquirido cierto glamour con el caso Dalí, en las que la mujer
siempre queda como una buscona que pretende mancillar el nombre del honorable
caballero que la preñó. Creo que cualquier adulto que se precie de serlo debe
asumir sus actos, consideraciones económicas al margen. Por cierto, espero que
la prueba de positiva en el caso de Pilar Abel, más que nada por dar en las
narices a esos burgueses del heteropatriarcado y de las altas culturas que se
han dedicado a desacreditar a la señora a la que se refieren como “la
pitonisa”. La cuestión es dejar siempre a la mujer como una mamarracha, como
una doña nadie o como un útero sin alma.
Pero
perdón, que me voy del tema, as usual. Aprecio varias contradicciones en la
página de SNH, entre ellas la consideración que tienen de la paternidad /
maternidad. Por un lado dicen que la social, la asumida e intencionada, “no
precisa de consanguinidad”, pero por el otro existe la exigencia de que al
menos uno de los padres intencionales aporte su material genético.
Así,
una pareja homosexual puede aportar el esperma de uno de ellos para que junto
con el óvulo de una donante, una tercera mujer, la gestante subrogada, geste el
embrión, ya que como aseguran “el material genético es intercambiable y
aleatorio”. De nuevo un asunto que me pone un poco los pelos de punta, pues me
parece vislumbrar la cercanía de un modelo eugenésico en el que las
características del futuro hijo sean elegidas a gusto del consumidor, basadas
en catálogos de mujeres donantes y gestantes.
Creo
que va siendo hora de dejarnos de edulcoramientos infantilizantes y admitir que
en el caso de considerar como válida la fórmula de la maternidad subrogada, lo
más ajustado, atendiendo a los parámetros que la definen es atenernos a la más
pura asepsia y distancia, aquella que sitúe a cada uno de los intervinientes
del proceso en su justo lugar. De hecho, los partidarios del asunto, hablan de
la cesión de la “capacidad de gestar” de las mujeres embarazadas. Así, sin
ambages. Su capacidad de gestar, en un alarde de deshumanización francamente
impactante (luego les molesta el término vientre de alquiler porque atenta
contra la dignidad de la mujer). Como si detrás de todo eso, no hubiera una
mujer que está implicando su salud, física y emocional, al completo. Visto así,
parece cada vez más cercano ese futuro que nos auguraba Huxley en “Brave New World”,
donde los humanos eran cultivados en un criadero de Londres. De ahí que en
párrafos anteriores me haya referido a la máquina.
El
panaroma no resulta muy atractivo si asumimos de una buena vez que el grueso de
las mujeres gestantes se prestarían bajo prestación económica de por medio y
que por lo tanto la decisión de formar parte de este tipo de proceso no se
haría desde una posición de libertad, como se publicita desde SNH, sino desde
una situación de debilidad y apuro vital, que confinaría a estas “mujeres al
trabajo reproductivo[2]”.
Creo
entender el deseo urgente,
primario, ardiente de querer ser padre o madre, a pesar de que, puntos de
partida claros, yo nunca he querido serlo. Conozco a dos parejas heterosexuales
que se embarcaron en el zozobrante viaje, para la mujer por encima de todo, de
la fecundación in vitro. Fue una travesía en el desierto que les llevó a
recorrer exhaustos miles de kilómetros en busca del ansiado oasis, que finalmente
consiguieron.
Hablo
de deseo y no derecho. El deseo de ser padre o madre, que no el derecho de.
Otra cosa es hablar de los derechos reproductivos que se contemplan en la ley
de reproducción asistida y a los que parejas homosexuales masculinas y mujeres
que no pueden llevar a cabo una gestación demandan su acceso.
Mi
opinión acerca de ello. Ellos hablan de discriminación por no estar incluidos
dentro de las posibilidades que la ley contempla, pero, sinceramente, yo creo
que hacen un poco de trampa porque no se pueden equiparar los supuestos que la
ley contempla con la situación que ellos plantean. Básica y fundamentalmente
porque la persona demandante no es la que se hará cargo de la gestación de la
futura vida. Cuestión que nos sitúa ante el escenario económico y marginal que
hemos expuesto.
No
sé, vivimos en sociedad y lamentablemente no podemos dejar nuestra cotidianidad
a la buena voluntad de nosotros mismos o los que nos rodean. Las leyes cumplen
esa función que regula derechos y deberes, pero también es cierto que tanta
reglamentación no hace sino pervertir en muchas ocasiones el natural devenir de
la existencia. Una existencia que al parecer carece de sentido al margen de la
maternidad tal y como, aseguran las testimonios de SNH al exponer que se sentirían
incompletas sino fueran madres. Soy madre, luego existo. Acabo de desaparecer.
Por
otro lado, si seguimos su argumento del derecho s ser padre o madre, nadie les
niega la posibilidad esa posibilidad, ya que tienen la vía de la adopción. Los
testimonios de los padres de intención comentan acerca de lo dificultoso que
resulta un procedimiento de este tipo. En ese caso, tal vez deberían encaminar
sus reivindicaciones hacia mejorar los trámites de los procesos de adopción y
no atrincherarse en posturas irreconciliables que incluso llevan a manifestar
un triste enfrentamiento entre mujeres.
Igual que ellos esgrimen el derecho a formar una familia, lo mismo un sinfín de
niños podrían esgrimir el derecho a tener una.
En
mi opinión, antes que un problema sobre el proceso dificultoso que supone la
adopción, se trata de una cuestión de prevalencia del propio código genético,
de lo hereditario. Me explico citando de nuevo a Silvia Federici[3]
al referirse a las palabras de Marx,
respecto del uso “de las mujeres en la familia burguesa, como productoras de
herederos que garantizan la transmisión de la propiedad familiar”. La gestación
subrogada, como perfecto exponente del devenir del sistema, se atiene a las
condiciones que se derivan de la existencia de la propiedad privada.
En
el caso de que esa transferencia que haga posible la consanguinidad, no se
pueda realizar desde los propios medios físicos, la ciencia, largo tiempo al
servicio del sistema, está dispuesta a resolverle la papeleta a unos cuantos, a
los que lo puedan pagar.
El
sistema, siempre atento a necesidades reales, creadas o ficticias, se hace cargo
del negocio de las reivindicaciones de la clase pudiente de la sociedad. Aunque
testimonios de los padres de intención de SNH, aseguran que no se trata de una
posibilidad al alcance de unos pocos (una pareja joven comenta: “ahorramos
100.000 euros, cuesta mucho”), la verdad es que resultan obscenas las cifras
que se barajan y que por supuesto resultan inalcanzables para el común de los
mortales, ya sea mediante un irreal ahorro o préstamo bancario.
La
voracidad del sistema en el que vivimos, ¿consumimos?, está acabando con la
práctica totalidad de los recursos del planeta, así que parece que ahora se
trata de consumirnos a nosotros mismos, de consumir a los menos favorecidos
(úteros, riñones, hígados), en una suerte de antropofagia consumista de comercialización
de deseos.
Sinceramente,
consideraciones éticas, morales, de derechos de los más desfavorecidos, no
parecen presentar la gestación subrogada como algo demasiado aceptable. Pero es
que además tanta regulación, tanta complicación desde antes de llegar a este
mundo, tanta higiene legal … Cuando la vida es sangre, moco y llanto desde ese
minuto uno en que a uno lo depositan junto al pecho de la madre que lo parió.
¿De
verdad que la culminación de un deseo como la maternidad o la paternidad deben
depender de tantos pasos intermedios: abogados, psicólogos, padres de intención, gestante, donante,
gestores, asesores, agencias, clínicas de fertilidad? Tanta mediación hace que
el asunto se parezca más a un conflicto que al logro de una ilusión finalmente
alcanzada.
Sin
embargo, la maternidad / paternidad mediante gestación subrogada es otra cosa.
El acceso a tal posibilidad se convierte en un tránsito, ¿peregrinaje?, que
parece aconsejar los servicios de estos profesionales. A fin de cuentas, como
ya hemos ido dejando claro, se trata de un contrato. Así que al igual que en un
contrato de alquiler más vale delimitar el alcance de responsabilidades y
obligaciones de cada una de las partes para no poner en riesgo la fianza
depositada en útero ajeno.
Se
gesta a los embriones de los otros. Con todas las garantías.
[1] Las mujeres gestantes utilizan la palabra
devolución para enfatizar el hecho de que se trata de un niño que no es suyo.
[3] A lo largo del capítulo II del libro de
Federici, se nos explica la explotación, degradación y utilización por parte
del incipiente sistema capitalista.
https://es.wikipedia.org/wiki/Mater_semper_certa_esthttps://surrofair.com/profesionales-intervienen-la-gestacion-subrogada/
domingo, 18 de junio de 2017
Extraños de carne y hueso. La vida de los otros
El último atentado acaecido en la
capital del Reino Unido nos deja un balance de ocho víctimas mortales, cuarenta y ocho heridos y un
héroe español, ante los que manifiesto mi más profundo respeto y mi más honesto
pésame para sus seres queridos.
Este es el, repito, balance (en estos
términos afines a una vulgar cuenta de resultados se desenvuelve el lenguaje
periodístico), que se nos facilita desde los medios de fast information. A
través de ellos engullimos sin tiempo ni lugar para la reflexión, unos mensajes
que si bien no nos nutren, nos dejan la barriga y la conciencia satisfechas.
Ocho fallecidos… No, definitivamente,
mis “cuentas” no coinciden porque a mí me sale un total de once personas
fallecidas. Debe ser por el hecho de que yo incluyo también a los atacantes,
llamados comúnmente terroristas, que, ya me disculparán, yo también considero
personas. Tal vez sea por aquello que dijo Unamuno parafraseando a Terencio, “nullum
hominem a me alienum puto, es decir, “soy hombre, a ningún otro hombre estimo
extraño”. Tal vez porque, por esto mismo, me gusta saber de sus
reivindicaciones, razones y motivos. Tal vez sea porque no se trata de aquello
de “o todos moros o todos cristianos”, sin matices (eso forma, o debería formar
parte de la libertad individual de cada uno), sino que se trata, insisto, de
que todos somos personas. Aunque algunos se empeñen en una clasificación
jerárquica, que no atiende a profundidad ni explicación ninguna, entre
víctimas, héroes y asesinos.
A mí nunca me han gustado los héroes,
sino los hombres de carne y hueso. “El hombre de carne y hueso, el que nace,
sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa
y quiere”. Unamuno de nuevo.
El que se enfrenta en un momento de
arrojo irreflexivo a una persona armada y, especialmente, aquellos que deciden,
con todo el peso de la angustia, mientras se les parte el alma, lanzarse con su
familia al mar en un barquito de papel, enfrentándose al horror de una muerte
casi segura.
¿Se acuerdan de Aylan? ¿Se acuerdan del
cuerpecito inerte que apareció el 2 de septiembre de 2015 en una playa turca?
¿Quién era Aylan Kurdi?
Aylan era un nene kurdo de tres años
nacido en la ciudad siria de Kobane, lugar desde el que huyó con su familia de
la guerra que azota el país desde 2011 para la vergüenza infinita de ese cosa
abstracta que se ha dado en llamar la comunidad internacional y que es como
Fuenteovejuna, pero al revés, una inmunda palangana donde lavarse las manos.
Eso es todo. No sabemos nada más porque
no interesa y porque no se le dio tiempo a tener una biografía. Así como se nos
hace partícipes, con detalle, de las vidas de los víctimas de los atentados de
Londres. Así como hablamos de las vidas truncadas de la enfermera australiana a
la que le apasionaba viajar (y no en un bote inflable). Así como sabemos de la
chica canadiense que se había prometido hacía un año. Así, así, no podemos
hablar de Aylan porque no tuvo ocasión de hacerse adulto y construir una vida.
En cualquier caso, no importa. Porque
los del otro lado (los moros, los terroristas, los islamistas…) tienen la
biografía que nos interesa construir. Y el principio y fin de esas biografías
es que se trata de jóvenes que se radicalizaron. Punto. De esta manera y de un
plumazo les borramos su familia, sus inquietudes, su vida. Porque los malos son
malos de una pieza, igual que los héroes lo son, productos de un juego maniqueo
que no deja lugar a la pregunta que sugiera una explicación incómoda.
Porque los malos son los otros.
Aquellos que algunos se han empeñado en que veamos como extraños (no olviden
las palabras de Unamuno). Aquellos como Salman Abedi, el responsable del
atentado del Manchester Arena, que con tan sólo veintidós años se inmoló en el
ataque. Quién era Abedi. Era hijo de dos refugiados libios. El hecho de que
naciera en el propio Manchester es residual, lo importante son sus orígenes de
raza, etnia o religión.
Y sin duda son importantes, pero no en una
suerte de ordenación taxonómica en la que hemos situado a los árabes “en un
reino que no es de este mundo”, sino porque esos orígenes nos sitúan cara a
cara con el pasado imperialista de un Reino Unido, país cuyos empresarios
camparon durante largo tiempo a sus anchas por unas tierras a las que nunca se
quiso incorporar en una condición de igualdad con las leyes de la metrópoli. En
palabras de Hannah Arendt con respecto al imperialismo British style, “los
hombres de negocios de mentalidad imperialista eran seguidos por funcionarios
civiles que deseaban que el africano siguiera siendo africano “ (1). Así como
Salman Abedi era libio y no un chico británico con problemas de integración,
introvertido (tal vez porque no se le hacía ni puñetero caso) y que estudiaba
en la universidad.
A partir de estos hilos podríamos
empezar a tejer una historia que nos lleva desde las primeras máquinas de hilar de la
Revolución Industrial hasta mediados del siglo XIX, cuando las potencias
europeas se lanzaron a la conquista de unas tierras en las que la economía
capitalista inició un camino sin retorno que nos ha llevado a la actual lucha
de unos menguantes recursos naturales y a todo lo que esto supone.
Pero antes de llegar a nuestros días y
extraer alguna conclusión, detengámonos, en este viaje desde una Europa voraz a
la tierra de las mil y una noches, en el desierto porque, como dice Peter
O’Toole en el papel de T.E. Lawrence, el desierto es limpio.
Tal vez el coronel británico tuviera
razón y las dunas de fina arena del desierto nos ofrezcan un emplazamiento
desde el que otear nítidamente los entresijos de esta historia de la Historia,
que quedó magníficamente plasmada en la producción dirigida por David Lean,
Lawrence de Arabia.
La película narra la sublevación de las
tropas árabes iniciada por el jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, a partir del
compromiso McMahon con el Gobierno
Británico. En dicho acuerdo, los ingleses acordaron la creación de un estado
árabe unificado desde Alepo en Siria hasta Adén en el Yemen, a cambio de la
ayuda de las tribus árabes para acabar con el Imperio Otomano.
Este compromiso, como demostraría poco
después el Acuerdo Sykes-Picot, era un fraude desde su
inicio, ya que desde el principio de la guerra, el objetivo de Francia e
Inglaterra era la repartición de los territorios del Imperio Turco. Franceses y
británicos se aliaron pues, para instigar la sublevación árabe.
De esta manera, al finalizar la guerra,
el pacto suscrito con el Jerife de La Meca quedó en papel mojado al llevarse a
término el mencionado Acuerdo Sykes-Picot, por el cual los británicos se
quedaron con el actual Irak y parte de Siria, mientras los franceses pasaron a
controlar el resto de Siria y Líbano, dando lugar al actual mapa de Oriente
Medio.
Avancemos, ahora sí, y tratemos de
establecer alguna conexión con las circunstancias actuales en la zona. Es tarea
fácil, ya que los propios miembros tanto del gobierno estadounidense como del
británico han confirmado la intervención de sus países en el apoyo a la
insurgencia siria. (2)
La situación estratégica del país (3),
así como los intereses económicos de una zona con la mayor reserva de
hidrocarburo del planeta parecen revelar las mismas intenciones que tuvieron
franceses e ingleses para alentar la rebelión árabe hace un siglo. Documentos
de Wikileaks afirman la voluntad del gobierno estadounidense por desestabilizar el gobierno
de Bashar al-Ásad desde el 2006. Dejamos apuntadas en esta nota (4) algunas
motivaciones al respecto.
Cierto es que las protestas contra el
régimen de Al Ásad tenían toda su justificación. La sequía que arruinó a un
millón de campesinos en el 2008, así como una crisis económica agravada por los
reajustes exigidos por el FMI, empeoraron la situación de una población cuyas
demandas por una mayor libertad y justicia social fueron pisoteadas sin
contemplaciones por el gobierno sirio.
Pero esta legítima reivindicación se ha
visto empañada, emponzoñada y traicionada por los intereses de aquellos que
supuestamente acudieron en la salvaguarda de una población asfixiada por la
crisis, sumiendo al país en una guerra que dura ya más de seis años.
Me atrevo, tras los datos aportados, a
dar un paso más, aún con el temor de que las arenas del desierto se conviertan
en movedizas y apuntar algo más sobre el papel del Estado Islámico y a su
financiación por parte del tradicional aliado de EE.UU. en la zona, Arabia
Saudita. Ya hemos mencionado los intereses del régimen de Riad, por lo cual no
deberíamos extrañarnos de que utilicen todos sus medios para acabar con el
gobierno de Damasco.
En este punto, algunos de ustedes deben
estar escandalizados por el hecho de que el “garante” de la democracia mundial,
ese gran país el sur de Canadá y al norte de México, permita a los saudíes la
financiación del “terrorismo yihadista” que asesina a los “nuestros”. Quizá nos
ayude a encajar la piezas de este atroz rompecabezas pensar en los servicios
prestados por Osama Bin Laden en la guerra de Afganistán contra la U.R.S.S. O
en el apoyo prestado por el gabinete de Reagan a Sadam Hussein durante la
guerra con Irán. O en Muamar el Gadafi, asistiendo a amables reuniones con el
mejor presidente de nuestra democracia, el mismísimo “Ánsar” (5).
Qué ha sido de todos ellos. Eliminados.
Eliminados, dejando como efecto colateral (¿se acuerdan de este repugnante
eufemismo que el lenguaje periodístico acuñó durante la primera Guerra del
Golfo?), países asolados, quebrados y hundidos en la pobreza. Caídos como
piezas de dominó en pos de la auténtica joya de la corona, Irán, la primera
reserva del gas y la tercera del petróleo mundial. Ya saben, first we take
Manhattan…
Y es precisamente en Irak, ese país
destruido, cuya población vive sumida en la pobreza y el caos, donde surge El
Estado Islámico de Irak y el Levante, organización cruel hasta el espanto que se formó para hacer frente a la invasión del país del 2003. ¡Sí!
¡Efectivamente! Esa en la que el “Trío de las Azores” (Ánsar again) aseguró que
Saddam Hussein poseía unas armas de destrucción masivas que nunca fueron
localizadas.
Este viaje de ida y vuelta, iniciado
unos párrafos atrás, nos deja como resultado el sufrimiento de millones de
personas de carne y hueso, de las que mueren. Si nos detenemos en la ida, la
guerra de Siria se ha cobrado ya más de 300.000 vidas. Utilizando sus términos,
el balance o saldo inclina claramente la balanza hasta hacerla zozobrar hacia
el lado de los que huyen en infames botes inflables.
Afortunadamente, nosotros occidentales,
siempre podemos volver a tierra firme, igual que el coronel T. E. Lawrence regresó a Oxford, a
la civilizada Inglaterra. A los llamados terroristas, que desde aquí siempre
son los del otro lado, aunque hayan nacido en este, sólo les queda permanecer
en el limbo de los que no tienen patria porque son los otros, o iniciar un
viaje sin retorno.
Pero cuando volvamos, no nos olvidemos
de echar la mirada atrás de vez en cuando. Porque aún cuando nuestra mirada sea
azul y atlántica como la de Lawrence de Arabia, la de este hombre de carne y
hueso también era compleja, valiente, torturada, aventurera. Era la mirada
doliente de un hombre que luchó al lado de los otros y se vio traicionado por
los suyos, como “tal vez” también nos esté pasando a nosotros.
En cualquier caso, no dejen de ver o de
volver a visionar una película de las que ya no se hacen, aunque suene a tópico
viejuno, y envuélvanse por un momento en los ropajes de esos beduinos
hospitalarios que le ofrecerían una taza de té hasta al enemigo. Si podemos ser
héroes, porqué no ser beduinos just for one day.
(1) Hannah Arendt, Los orígenes del
totalitarismo,
Alianza Editorial, 2006, página 200.
(3) Comparte fronteras con Turquía por
el norte, con Irak por el este, con Israel, Jordania y el mar de Galilea al
sur, y con Líbano y el mar Mediterráneo por el oeste.
(4) Arabia Saudita. Quiere anular el
proyecto de gaseoducto Irán-Irak-Siria-Mediterráneo y sustituir a Rusia como
suministrador de gas de Europa.
Turquía aspira a recuperar la hegemonía
“otomana” sobre Siria.
Israel pretende quedarse con la parte
del gas y el petróleo sirios descubiertos en sus costas.
(5) Forma en que el insigne George W.
Bush pronunció el apellido de su amigo José María Aznar.
viernes, 14 de abril de 2017
Las bicicletas son para el soberano
El regalo de Reyes que
recibí con mayor alegría cuando era niña fue mi primera bicicleta. Luego
vinieron otras, pero aquella “BH” de brillante esmalte granate será siempre mi
favorita de todas ellas.
Con ella aprendí a ir
en bici y lo hice a base de pegarme unas cuantas tortas, pero cuando por fin
aquel artefacto maravilloso y yo fuimos una unidad en equilibrio, puede
disfrutar de aquella sensación de libertad mientras mi pelo volaba alborotado
al ritmo del aire que rozaba mis mejillas.
La llegada de la “BH”
me costó ruegos varios, dado el miedo de mi madre a que su única hija se
partiera la crisma con resultados catastróficos. Sin embargo, para los buenos
padres, la ilusión de sus vástagos ante nuevos retos y experiencias en su
desarrollo como personas únicas e individuales siempre es lo más importante.
Mis ansias de libertad prevalecieron sobre la necesidad de seguridad de mis
padres.
La bici llegó cuando yo
tenía ocho años y, para aquel entonces, hacía ya dos años que yo ya sabía que
los Reyes Magos eran los padres. A pesar de la temprana edad en la que me
enteré de aquel “candoroso engaño”, su descubrimiento no me causó ningún
desencanto. En realidad, me sentí liberada de aquella penitencia que suponía el
resto del año hasta la llegada del bendito seis de enero. Sí, porque el 7 de
enero empezaba una auténtica cuenta atrás para que los Reyes no me trajeran
carbón y para eso había que ser un buena nena según el criterio
mágico-esotérico de sus Majestades de Oriente.
De esta manera, con el
misterio resuelto, mis cartas posteriores, que ya no iban al buzón, se ciñeron
a un sentido común, tal vez demasiado precoz, que me frenaba a la hora de
extralimitarme en las demandas a una familia de clase trabajadora. Yo solita
con mi sentido común pude manejarme. No hacía falta nada más, gracias a la
buena educación que siempre recibí de mis padres.
Así pasó mi infancia de
clase obrera, a la velocidad de mi BH con mis pantalones de pata de elefante
arremangados, mientras en mi país se sucedían cambios que suponían la llegada
de las primeras elecciones democráticas tras una dictadura que fue desmontada
con mimo y de la que se aprovecharon múltiples trocitos, cual monstruo de
Frankenstein.
Las ciudades y pueblos
de España se vieron inundados de carteles con la facha; perdón, pero viene,
viene al caso; de políticos variopintos. Suárez, hecho un pincel de traje y
chaqueta; Felipe, muy aparente con su chaqueta de pana; Carrillo con su eterno pitillo y Fraga,
sin acritud, pero para mí, la viva imagen humana del Napoleón de “Rebelión en
la Granja”.
Estas fueron las
imágenes y la banda sonora, sin duda, aquella “Libertad sin ira” del grupo
“Jarcha”.
Y nos los creímos, lo
de la democracia, la libertad y la movida madrileña.
Mientras, muerto el
dictador, la banda terrorista ETA seguía a lo suyo y al gobierno socialista no
se le ocurría otra cosa que echar mano del terrorismo de estado, con la
creación de los GAL, y de unas fuerzas de seguridad con una raigambre bastante
podrida, muy dispuestas a colaborar en “abusos” varios; no hay más que recordar
el caso de Lasa y Zabala [1].
Con el paso del tiempo,
también nos creímos que las malas hierbas que habían crecido a sus anchas en
tiempos pretéritos entre aquellos que detentaban el monopolio de la violencia
habían sido arrancadas. Pero en un territorio con semejante abono, repito, la
violencia, no pueden más que crecer las flores del mal, pero no aquellas a las
que se refería el poeta [2].
Cuarenta años después
de las primeras elecciones democráticas y tras varias convocatorias electorales
en las que se nos ha permitido a los españolitos de bien ejercer nuestra
voluntad a través del mandato que supone el resultado de las urnas. Cuarenta
años después de despedir a los Reyes Magos de Oriente y su tácito imperativo
para ser una buena nena, me he vuelto a dar de bruces con unos reyes elegidos
por mis conciudadanos que, en este caso, van a determinar si soy una buena
ciudadana. Y para ello se han dotado de un instrumento llamado “Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana”.
Las diferencias entre
los Reyes, ya sea los paternos o los de Oriente, y entre estos son, obviamente,
notables. Las principales giran en torno a dos cuestiones, el binomio
libertad-seguridad y la clara voluntad de indefinición respecto a las pautas a
seguir para conseguir la garantía
que me faculte como una buena ciudadana; cuestión esta última que, en mi
infancia aparecía diáfana resumida en asuntos como lavarme los dientes, hacer
los deberes, aprobar los exámenes…
Vayamos con la primera
cuestión. Mientras que en el caso de los reyes paternos la libertad era lo que
primaba frente a una seguridad asfixiante que anulara la capacidad de autonomía
de la persona dotada de todos sus derechos individuales, en la ley va por delante
la seguridad ciudadana tal como se indica en su título. Por más que, en el
preámbulo de su texto, se haga alusión a los derechos y libertades, avanzando
en la lectura de los diferentes artículos de que se compone, no tardamos en
comprobar que se trata de una cuestión meramente estética.
Una seguridad que,
según dice la ley, es función del estado, convirtiendo al ciudadano en un
pelele que es incapaz de utilizar el sentido común, ese que se le otorga a una
cría de ocho años para llevar una bicicleta sin atentar contra su seguridad ni
la de otros, pero que parece que no se le supone al conjunto de la ciudadanía
española o que ciertamente esta ley le niega su puesta en práctica.
Así pues, se trata de
una cuestión de seguridad, de protección, pero no del ejercicio de los derechos
y libertades. Entonces de qué.
La clave a la respuesta
de esta pregunta la hallamos en el desequilibrio absoluto entre la capacidad de
actuación de los meros ciudadanos de a pie y las fuerzas y cuerpos de seguridad
del estado.
La citada ley deja de
manifiesto de forma evidente de que a quién se trata de proteger es a aquellos
que la han elaborado y a los que se encargan de hacerla cumplir porra de por
medio. Muestra de ello son la prohibición de las manifestaciones frente al Congreso
o el Senado, la ocupación de la vía pública y el refrendo de veracidad absoluta
del testimonio de cualquier agente[3]
frente al del ciudadano. Prohibiciones amparadas en un criterio difuso e
inasible, relacionado con la indefinición que antes comentábamos.
Son todos ellos,
ejemplos que no hacen más que traer a la memoria aquella frase de Manuel Fraga
Iribarne (insigne ministro de la dictadura, y, no olvidemos, vicepresidente del
Ejecutivo nombrado por Juan Carlos I, fundador de AP, más tarde PP) en la que
aseguraba que la calle era suya.
Poco parecen haber
cambiado los tiempos en una época en la que no se nos permite salir a la calle
libremente, ya sea a pie o en bicicleta, porque a todas luces parece, como se
cita en la frase final de la maravillosa, “Las bicicletas son para el verano” que “no ha llegado la paz, ha llegado la victoria”. Es decir, poco le
importa a esta ley la paz y la concordia social, tal y como pretende asegurar
gracias a un maquillaje de la señorita Pepis con el que las buenas
nenas jugábamos mientras los machotes jugaban al oeste, sino la victoria de
unos pocos, los de antes, los de ahora, los de siempre.
En la práctica, lo que
viene a sancionar esta ley es la acción de activistas como los de la PAH a la
hora de parar un desahucio, la resistencia pacífica o las sentadas.
En cuanto a la
indefinición no es más que una forma de asegurarse el tiro, perdón por la
expresión, no se me “malinterprete”, para acabar teniendo la sartén por el
mango y la decisión última. Dado que son las fuerzas de seguridad las que deben
decidir las supuestas situaciones de emergencia bajo las que el libre ejercicio
de los derechos individuales quede restringido, no hay comodín más acomodaticio
que ampararse en cuestiones tales como “lo razonablemente necesario”, “indicios
racionales” y “principios de idoneidad y necesidad”; dejando al ciudadano ante
un terreno resbaladizo donde romperse la crisma con o sin bicicleta.
Por lo demás, la ley
deja bien claro en su artículo número cinco, cuáles son los órganos competentes
a la hora de llevar a cabo todas las cuestiones consideradas en la ley, tanto
las ejecutivas como las sancionadoras; convirtiendo al Ministerio del Interior
en todo un “Ministerio de la Verdad” tal y como ya augurara Orwell en “1984”.
Además, por si fuera poco la sensación de estado policial, la ley contempla el
deber de colaboración de las empresas de seguridad privada, al estilo de
policía política ciudadana de regímenes tan ampliamente denostados por la
opción política que nos gobierna.
Respecto a las
sanciones, qué sanciones… Eso sí que es traer carbón. No hay más que preguntar
a la tuitera de Murcia a la que no le va a quedar más remedio que irse de
expatriada a las minas de Holanda como ya hicieron muchos de nuestros
compatriotas cuando con “Culoblanco” [4]se
vivía mejor.
Nubarrones negros se
avecinan que parecen aconsejar guarecerse en casa, sin embargo yo, pienso coger
mi bici, bajarme a la playa y tomarme un copazo s
de “Soberano” porque “Soberano es cosa de hombres” y a mí nadie me tiene que decir la identidad de género que se me pegue
la gana adoptar, por ejemplo, en el día de hoy Viernes Santo y octogésimo sexto
aniversario de la II República.
¡Salud y República!
[1] Caso Lasa y Zabala:
https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Lasa_y_Zabala
[2] Me gustaría dejar claro
que mi crítica se refiere al uso abusivo y/o desproporcionado que se puede
hacer por parte de este colectivo, no al ejercicio digno de respeto de muchos
de los profesionales que lo componen.
[3] Un funcionario publico al que no se le
puede grabar, mientras él sí puede. Con la consiguiente vulneración del derecho
a la información.
[4] “Culoblanco”
fue alguien que se dedicó a asesinar a muchos españoles durante cuarenta años.
Yo también me voy a acoger a la indefinición …
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