miércoles, 18 de octubre de 2017

Se rompe España
Añicos de una patria, de jirones por bandera
Se va en ceniza, humo y espanto
Se va en anhelo, a golpes acallado
Se va entre las grietas desde las que asoman sarmientos
que no fueron plantados
Se va con la juventud educada en un futuro que nunca existió
Se va con el desprecio a las manos que peinaron  nuestras trenzas
Y labraron nuestro bienestar en zapatillas de cáñamo
Se rompe España, dicen
Y a mí me tiembla el cuerpo con un viejo dolor
Esquirlas angustiadas de huesos que se quieren anónimos
De cuerpos enterrados sin llanto, a horas frías e impunes
Se rompe España
Y a mí me duele la tierra, que es de quien la trabaja
La tierra que mancha las manos
Esa es mi patria
Las manos que se afanan  cada día
Por traer el pan con dignidad a la casa
Esa es mi patria
Las manos que unidas apagan la codicia
Mientras se aviva el calor
De los que comparten al alba la mañana
Esa es mi patria
¿Se rompe España?

lunes, 21 de agosto de 2017

Derivadas, desviadas e integrales


Hace unos días escribí una entrada sobre el asunto de la gestación subrogada. Es un tema con muchas aristas y caras, como se puede comprobar de la extensión de mi texto. Tanto es así que decidí dejar parte de las notas en las que me basé para escribirlo para un spin off basado única y exclusivamente en la cuestión de género.

En la anterior entrada me centré en la cuestión mercantil del asunto y en la consecuente explotación de la mujer en situación precaria ya que es lo que resulta más inmediato y evidente. Pero a medida que iba recabando información sobre el tema y observando las plataformas desde la que se reivindica el “derecho a la gestación subrogada”, me di cuenta de que era ineludible tratar también sobre la cuestión de género.

Y es que, por mucho que desde las manifestaciones del mundo LGTBI se proclamen los derechos de todo el colectivo con todas sus letras, cuando lees la ídem pequeña de asociaciones como la de SNH, observas que este llamado derecho se circunscribe al hombre solo, a la pareja homosexual masculina y a la mujer con incapacidad de gestar “bien por tener contraindicado el embarazo, bien por malformación, pérdida o lesión del útero”. Es decir, ni rastro de la “T” y de la “I” de los transexuales e intersexo. Total, la “T” son dos palos apenas visibles y la “I” es una latina que no copula.

Perdonad la bromita, ya me conocéis, sino le pongo un poco de sazón a la vida me agrio como el vinagre picado y al que me prueba le sienta muy mal. La verdad es que la cosa no tiene ni pizca de gracia. Tanta reivindicación, tanto hablar  de que la maternidad/paternidad nada tiene que ver con la biología ni con la anatomía, tanto rollo con los nuevos tipos de familia …, para luego seguir fomentando la pervivencia del género binario y biológico, esa concepción que considera al hombre como XY y a la mujer como XX.

Además, entre l@s candidat@s a gestantes de la maternidad subrogada no hay hombres XX, es decir, hombres transexuales que cromosómicamente nacieron con este genotipo, pero que se identificaron posteriormente con un género masculino, y que conservaron los órganos internos y externos que les permitirían una gestación . Tampoco personas intersexo.

Todo ello nos lleva, a pesar de una pretendida apertura hacia nuevos conceptos y formas de hacer, a la eterna consideración de la mujer como “necesaria para el crecimiento de la raza humana”[1], perpetuando el modelo capitalista-heteropatriarcal en el que la mujer queda definida principalmente por una estricta función fisiológica, por su capacidad gestacional, tal y como mencionábamos en la entrada anterior.

De manera que, ateniéndonos a  la consideración que tiene este colectivo de la paternidad /maternidad como un derecho, es un derecho que se otorga en función de un genotipo determinado, que te asigna un sexo e incluso un género en el momento de nacer. Asimismo, las candidatas a gestantes deben ser unas perfectas XX genotípica y fenotípicamente. Tal y como comenta Jodi, una de las gestantes subrogadas, “les dije a mis hijos lo buena que era haciendo bebés y lo grande que se ponía mi tripa”. Una buena hembra, en definitiva.

Añadiendo algo más de información al posible anuncio de las agencias a las que aludíamos en la primera entrada, podríamos decir: “se buscan úteros en contenedores femeninos con voluptuosa forma de botella clásica de Coca Cola sin posibilidad de reciclaje a vino peleón. Colas locas, abstenerse”.

Visto lo visto, por mucha sigla y mucha reivindicación enmarcada en la diversidad, la maternidad-gestación subrogada sigue fomentando el modelo en el que “tanto el género como el sexo son construidos por la ley de heteronormatividad”, la cual cosa resulta cuando menos paradójica, dado el considerable porcentaje de padres de intención homosexuales.

Judith Butler es una de las autoras más conocidas de la “teoría queer”. La teoría queer, siguiendo el hilo lanzado por Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” según el cual “no se nace mujer, sino que se llega a serlo”, considera que tanto el género como el sexo no son identidades previas en las que se inscribe el individuo, sino que son fruto de la construcción social. Sexo y género son actos performativos y, por lo tanto, es posible revertir los parámetros sociales que los definen en aras de esa regla heteronormativa que rige nuestra existencia y que está destinada a la perpetuación de la especie, del obrero, del consumidor.

La teoría queer, por tanto, no considera el sexo ni el género como categorías cerradas (homosexual, mujer, transexual..), es por ello que Butler habla de “deshacer el género”[2]. “El movimiento “queer” es post-homosexual y post-gay. Ya no se define con respecto a la noción médica de homosexualidad, pero tampoco se conforma con la reducción de la identidad gay a un estilo de vida asequible dentro de la sociedad de consumo neoliberal”[3], tal y como explica Paul B. Preciado.

Una sociedad de consumo que ha convertido una orientación sexual anteriormente proscrita en una oportunidad de mercado, tal y como demuestra el volumen de negocio que supone la celebración del Día del Orgullo Gay. Día del orgullo gay, repito, porque a pesar de que en los últimos años se hayan incluido otras siglas, la visibilidad se continúa dando al hombre homosexual occidental blanco de clase media-alta.

Resulta inquietante y pesaroso que sea precisamente esta, afortunadamente, cada vez más aceptada orientación sexual, desde donde se esté alentando al fortalecimiento de la regla heteronormativa, por paradójico que suene. Me atrevo a decir, que el colectivo gay ha caído en la trampa de la inteligibilidad de la que habla Butler, ese deseo de reconocimiento social, comprensiblemente humano, que te inscribe en el ámbito de la familia y el matrimonio.

Justamente en el sentido contrario a las aspiraciones queer donde “ya no se trata de pedir tolerancia y hacer perfil bajo para poder acceder a las instituciones heterosexuales del matrimonio y la familia, sino de afirmar el carácter político (por no decir policial) de las nociones de homosexualidad y heterosexualidad poniendo en cuestión su validez para delimitar el campo de lo social”[4]. Dos colectivos supuestamente coincidentes en sus reivindicaciones de cara a la galería, pero con caminos divergentes.

En el fondo, nos hallamos de nuevo en un juego de poder y sumisión del hombre sobre la mujer en el que aparece como blanco de la disputa la capacidad de gestación de la mujer. Capacidad de gestar sobre la que el hombre XY, también los XX como veremos en el párrafo siguiente, ha pretendido ejercer su dominio desde hace siglos. Desde que se echó a la partera del lugar de nacimiento y entró el hombre, médico y sabio, tal y como nos explica Silvia Federici. “Con la marginación de la partera, comenzó un proceso por el cual las mujeres perdieron el control que habían ejercido sobre la procreación, reducidas a un papel pasivo en el parto, mientras que los médicos hombres comenzaron a ser considerados como los verdaderos “dadores de vida”.

Posibilidad da dar vida de la que se jactan algunos de los  “nuevos hombres XX” desde una identidad de género que les sitúa en el lado de la balanza ante el que se sigue inclinando la norma social y de la que se sigue excluyendo a la mujer. Así podemos citar el ejemplo de Trystan Reese, hombre transgénero que junto a su pareja homosexual comentan felices tras la llegada de su hijo (sí, distinguen al bebé en masculino), “la próxima vez que alguien te diga que un hombre no pueden tener bebés, mostradles este vídeo”.

El patriarcado no discrimina según la orientación sexual, sino según  la identidad de un género binario desde el que se sigue haciendo uso y abuso de uno de ellos, el de la mujer. De manera que me atrevo a decir que, en las actuales circunstancias, podemos hablar perfectamente de homopatriarcado.

La identidad de género como frontera de discriminación y exclusión.

Pareciera que la solución estuviera en esa indefinición de género, ese no género en el que se mueve la teoría queer y que pretende suavizar los contornos, difuminar los límites de la desigualdad y la marginación.

Si así fuera, solicito desde ya que en mi carné de identidad se cambie la “M” por la “N” de neutro. Sin embargo, mucho me temo que en tanto que parte de esa comunidad de brujas ancestral, misteriosa, nocturna y bajo del influjo de la luna, seguiremos siendo perseguidas y reguladas por nuestra capacidad de gestar.

En definitivas cuentas, y a pesar del aparente desvío respecto al fondo de la entrada anterior, nos hallamos de nuevo ante la cuestión de la mujer. La mujer explotada, la mujer abusada, la mujer usada en virtud de un genotipo determinado, donde no hay lugar para la performación de la que habla Butler porque al margen de identidades, encontramos las definiciones, aquellas que nos siguen caracterizando por nuestra potencialidad para ser preñadas. De la potencia al acto que “la sanción social compele a dar[5]” donde, empleando las palabras de Butler, con resultado contrario, no hay espacio para “cuestionar su estatuto cosificado”.

La mujer en tanto que cuerpo, en tanto que anatomía, en tanto que genotipo unificado e integral, donde las derivadas y desviadas quedan excluidas del catálogo de úteros deseable y requerido ante las necesidades de tercerOs, donde sí cuenta la flexión de género.

Advierte, no obstante, Butler que “en este esfuerzo por combatir la invisibilidad de las mujeres, las feministas corren el riesgo de traer a la luz una categoría que puede o no ser representativa de la vida concreta de las mujeres”. Estoy de acuerdo hasta cierto punto, pues en cuanto persona XX nunca me he sentido encuadrada en la esfera de la maternidad. Todavía me sonrojo, por vergüenza ajena, cuando alguna mujer me dice que no me preocupe, que aún estoy a tiempo de ser madre. Pero una cosa es el concepto del que muchas llevamos largo tiempo intentando  desatarnos y otra cosa es la posibilidad fisiológica, de nuevo la capacidad gestacional, que nos sigue señalando como hogar de embriones propios o ajenos. Y es desde esta posibilidad desde la que la categoría mujer continúa siendo válida, aquí discrepo con Butler, no ya como categoría distintiva binaria, sino como sujeto discriminado, usado y abusado.

Ciertamente comparto la preocupación de la autora respecto a que “la diferencia sexual no se vuelva una cosificación que involuntariamente preserve una restricción binaria de la identidad de género”. Inquietud que se acrecienta al observar las consideraciones que se hacen respecto a los candidatos a padres de intención que se hacen desde SNH, como ya he comentado antes y que ponen de manifiesto que la pervivencia del género binario también es cosa del homopatriarcado.

“Para garantizar la reproducción de una cultura dada” (Butler), ya no es condición sine qua non “la reproducción sexual dentro de los confines de un sistema matrimonial heterosexualmente fundado”. La integridad de la familia como núcleo de difusión y perpetuación de un sistema mercantilizado, ordenado y regulado de acuerdo a la capacidad adquisitiva de sus miembros; está garantizado al margen de las derivadas de la orientación sexual. Los deseos particulares incumben en cuanto bien de consumo. El género del consumidor es lo realmente importante a la hora de sancionar el ámbito de lo posible.

Derivadas, desviadas e integrales. Mujeres todas. Objeto de exclusión, objeto de consumo, objetos. Si además eres una XX con útero, serás cosificada como máquina reproductora de otras personas que serán clasificadas en código binario, incluso antes de su nacimiento.

Ser mujer es lo que distingue y diferencia, como esa oposición al otro de la que hablaba Beauvoir. Ser capaz de gestar es lo que a algunOs les importa.


[1] Silvia Federici. “Calibán y la bruja”. Capítulo II, página 24

[2] Judith Butler. “Deshacer el género”. Paidós, 2006

[5] https://lamalcria.files.wordpress.com/2014/09/butler-judith-actos-performativos-y-constitucic3b3n-del-gc3a9nero-1990.pdf

Se gesta a los embriones de los otros


Siempre he vivido de alquiler, nunca he tenido un piso de mi propiedad. Hubo un tiempo en el podría haberme aventurado a tener una hipoteca, ya sabéis, en aquella época en la que se concedían alegremente sin demasiados miramientos en cuanto a la idoneidad de los solicitantes, pero me educaron responsable y el tema nunca me pareció que contara con las garantías suficientes como para no salir perdiendo.

Para encontrar vivienda, he recurrido a oficinas inmobiliarias, ya sea a través internet o de carteles de agencias situados en el mismo piso, ya sabéis, esos de “se alquila piso” con el número de teléfono debajo.

Nunca me ha gustado tratar con el propietario directamente. Una vez, conocí a uno de ellos, que hacía “casting de inquilinos”, a petición suya. Era un señor muy majo, pero muy pesado y el hecho de que tuviera mi número de teléfono personal, al final, resultó ser un engorro. La verdad, para estas cosas, yo siempre he preferido el trato con las agencias destinadas a tales fines. Una firma el contrato, deposita su fianza y así, cuando se va del piso, todo se resuelve con la misma asepsia profesional. Aquí dejo las llaves, aquí dejo el piso y ustedes ya se encargarán de gestionar su devolución al dueño correspondiente. Y una vez verificado que todo es correcto, mi fianza y arreando.

Mi primer piso estaba en el Pasaje Costa. El Pasaje Costa es un micro-mundo dentro de un barrio que por lo demás resulta bastante convencional. En el edificio que estaba enfrente del mío vivían unas chicas transexuales muy divertidas y, porqué no decirlo, peculiares. Un día, iba hacia casa y al final del pasaje las vi llegar con un bebé en brazos dándole de mamar. Como soy miope y lo mío son las distancias cortas, esto fue lo que acerté a ver. Me quedé en shock hasta que finalmente pude comprobar que se trataba de un muñeco. Qué locas maravillosas… Ay el Pasaje Costa. No en vano allí residió en sus tiempos mozos Salomé. Sí, la de vivo cantando, hey, fleco arriba, fleco abajo. El imperio de la pluma, la lentejuela y el cabaret estaba servido ya desde entonces.

Ignoro si detrás de la broma de las chicas trans se ocultaba el deseo de una improbable maternidad. En cualquier caso, de eso han pasado ya casi veinte años y ahora esa improbabilidad se podría tornar en factibilidad gracias a la llamada gestación subrogada.

La gestación subrogada, o en la denostada denominación de la que sus partidarios abominan, el vientre de alquiler, se incluye dentro de las técnicas de reproducción asistida, pero en el estado español no es legal y no está recogida en la ley a tal efecto. La gestación subrogada supone que una mujer va a ser la encargada de gestar y parir el hijo de otra/s persona/s, que es / son las que se reconocerá/n como padre o madre de la criatura. En definitivas cuentas, que el hecho de gestar y parir una persona no te convierte en madre de la misma por dos cuestiones: porque no comparte código genético contigo y, lo que es más importante, porque previamente a la implantación de ese embrión has llegado a un acuerdo con los padres finales para que al final renuncies al niño gestado.

Sí, renuncia, porque por mucho que los partidarios y me atrevo a llamar, usuarios de este, sí de nuevo, servicio expliquen que no se trata de una renuncia[1], si seguimos el principio del derecho “mater semper certa est” (la madre es siempre conocida), la maternidad es un hecho biológico evidente en razón del embarazo.

Simone de Beauvoir aseguraba que “es imposible asimilar lisa y llanamente la gestación a un trabajo o servicio”, pero cuando la filósofa francesa escribió “El segundo sexo” en 1949 se estaba refiriendo al tipo de gestación que durante siglos hemos entendido como convencional. Sin embargo, si desvinculamos la gestación de la maternidad, como en el caso de la gestación subrogada, sí que podemos hablar en los términos de prestación que la autora no consideraba.

Es por ello, que después de reflexionar sobre el tema, he concluido que para mí es preferible denominar al asunto de manera que se subraye el carácter de transacción que en el fondo tiene el tema, por mucho que se la quiera revestir de eufemismos tranquilizadores de conciencias. Por este motivo prefiero calificar el proceso como alquiler de un vientre o de un útero antes que de gestación subrogada. Aunque el término subrogada ya implica el sentido al cual me refiero, optaré por los términos que comentaba para no verme envuelta en la pegajosa tela de araña de los argumentos aportados por asociaciones como la de “Son nuestros hijos” (SNH).

Que se trata de un alquiler lo demuestra el hecho de que en gran número de casos media un intercambio económico. De hecho en la propia página de SNH se reconoce que aunque “se rechaza la subrogación comercial. Si bien es lógico que se realice una compensación económica, o de otra índole, a la gestante por las molestias y el esfuerzo que el proceso conlleva”. Paradójica e inquietante la calificación de “molestias” a todos los trastornos biológicos que una mujer asume durante un embarazo. También me produce escalofríos la palabra “compensación”, pues me sugiere algo así como una especie de indemnización similar a las que las aseguradoras hacen por desperfectos a terceros o la que se efectúa tras la expropiación de unos terrenos.

La ambigüedad con la que se nos expone el proceso desde la página de SNH se vale también de los testimonios de las gestantes. Nos aseguran que lo hacen por pura solidaridad con otras personas que no pueden acceder a la maternidad o a la paternidad desde su propia biología / anatomía (llama la atención, por cierto, que se trata todas ellas de mujeres blancas occidentales). Algunas aseguran además, en un alarde “curioso” de su desvinculación económica con el asunto, que su estatus es superior al de los padres demandantes.

Supongamos que estamos dispuestos a conceder como creíble el hecho de hay mujeres que están convencidas de pasar por el esfuerzo ímprobo de un embarazo y un parto, con todo lo que entraña para su salud, incluyendo el riesgo de su propia vida, para un desconocido y sin dinero de por medio Creo que aún considerando como cierta esta posibilidad, podemos suponer, con poco riesgo a equivocarnos, que el número de mujeres decididas a llevar a cabo esta dura tarea sería bastante marginal respecto al número de demandantes.

No obstante, para la estructura capitalista esto no supone un problema. El engrasado engranaje del sistema se pone en marcha para poder satisfacer las demandas de este grupo de mercado. Es así como ya funcionan un número de agencias internacionales que se encargan de gestionar todos y cada uno de los pasos del proceso y de localizar a gestantes que, no nos quepa duda, se prestarán por pura y exclusivamente necesidad económica. Negar esto es tildarnos directamente de ingenuos. Por otro lado, considerar la mera existencia de estas agencias intermediarias ya nos sitúa ante el tema estrictamente económico. Serían algo así como los administradores de fincas que median entre el inquilino y el propietario.

Dado que, dejando al margen ese ínfimo grupo de mujeres a las que hemos decidido aceptar como las “solidarias”, se trata de un contrato en el que se van a estipular una serie de condiciones y en el que la mujer gestante va a recibir un dinero a cambio, me reitero en que la denominación de alquiler  de útero resulta la más ajustada.

De esta manera, y estableciendo un paralelismo con anuncios de pisos, las agencias destinadas a tales fines se podrían publicitar con el siguiente eslogan, “se gesta a los embriones de los otros”. Sí, no me he equivocado, se gesta, no se gestan a pesar de que embriones está en plural. Permitidme la cuña lingüística, viene a cuento. “Se gestan embriones” sería una construcción pasiva refleja en el que el complemento agente, la gestante en este caso, desaparece de la frase aunque intuimos que se trata de ella. Sin embargo, “se gesta a los embriones” es una frase impersonal. Aquí, desde el punto de vista sintáctico, no hay sujeto ni agente, ni nada que aluda a una intervención humana definida o presumible. La partícula “se” alude a un participante indefinido que se apropia del lugar del humano o de … la máquina.

En la página de SNH se nos presenta un escenario ideal en el que, además de la declaración de no lucro de los testimonios de todas y cada una de las gestantes, estas hablan de la relación especial que han establecido con los llamados padres de intención (así se denomina a las personas que finalmente figurarán como padres legales del recién nacido).  Comentan que junto con ellos han establecido una gran familia allende fronteras. Es manifiesto que el concepto de familia es mucho más amplio en la actualidad que el del tradicional matrimonio heterosexual, pero, seamos un poquito realistas. ¿Alguien cree que este tipo de vínculo afectivo se puede dar en el caso de las gestantes, su mayoría, que se ven abocadas a realizar este servicio por razones de pura y exclusiva necesidad? Y lo que es más, si los padres de intención no tuvieran que recurrir a este tipo de proceso, ¿pensarían su modelo de familia en estos términos?

En cualquier caso, una gran familia siempre y cuando, como ya hemos comentado, se renuncie a lo que desde la página de SNH  definen como “filiación natural”, que se distingue de la social por la intencionalidad de esta última. Es decir, que la maternidad o paternidad deberá ser asumida legalmente en el caso de que haya existido el propósito previo de ser padre o madre. Francamente, me parece un concepto arriesgado ya que abre la veda a la no asunción de responsabilidades a la que se debe todo adulto.

Me hace pensar en las tan traídas y llevadas demandas de paternidad, que últimamente han adquirido cierto glamour con el caso Dalí, en las que la mujer siempre queda como una buscona que pretende mancillar el nombre del honorable caballero que la preñó. Creo que cualquier adulto que se precie de serlo debe asumir sus actos, consideraciones económicas al margen. Por cierto, espero que la prueba de positiva en el caso de Pilar Abel, más que nada por dar en las narices a esos burgueses del heteropatriarcado y de las altas culturas que se han dedicado a desacreditar a la señora a la que se refieren como “la pitonisa”. La cuestión es dejar siempre a la mujer como una mamarracha, como una doña nadie o como un útero sin alma.

Pero perdón, que me voy del tema, as usual. Aprecio varias contradicciones en la página de SNH, entre ellas la consideración que tienen de la paternidad / maternidad. Por un lado dicen que la social, la asumida e intencionada, “no precisa de consanguinidad”, pero por el otro existe la exigencia de que al menos uno de los padres intencionales aporte su material genético.

Así, una pareja homosexual puede aportar el esperma de uno de ellos para que junto con el óvulo de una donante, una tercera mujer, la gestante subrogada, geste el embrión, ya que como aseguran “el material genético es intercambiable y aleatorio”. De nuevo un asunto que me pone un poco los pelos de punta, pues me parece vislumbrar la cercanía de un modelo eugenésico en el que las características del futuro hijo sean elegidas a gusto del consumidor, basadas en catálogos de mujeres donantes y gestantes.

Creo que va siendo hora de dejarnos de edulcoramientos infantilizantes y admitir que en el caso de considerar como válida la fórmula de la maternidad subrogada, lo más ajustado, atendiendo a los parámetros que la definen es atenernos a la más pura asepsia y distancia, aquella que sitúe a cada uno de los intervinientes del proceso en su justo lugar. De hecho, los partidarios del asunto, hablan de la cesión de la “capacidad de gestar” de las mujeres embarazadas. Así, sin ambages. Su capacidad de gestar, en un alarde de deshumanización francamente impactante (luego les molesta el término vientre de alquiler porque atenta contra la dignidad de la mujer). Como si detrás de todo eso, no hubiera una mujer que está implicando su salud, física y emocional, al completo. Visto así, parece cada vez más cercano ese futuro que nos auguraba Huxley en “Brave New World”, donde los humanos eran cultivados en un criadero de Londres. De ahí que en párrafos anteriores me haya referido a la máquina.

El panaroma no resulta muy atractivo si asumimos de una buena vez que el grueso de las mujeres gestantes se prestarían bajo prestación económica de por medio y que por lo tanto la decisión de formar parte de este tipo de proceso no se haría desde una posición de libertad, como se publicita desde SNH, sino desde una situación de debilidad y apuro vital, que confinaría a estas “mujeres al trabajo reproductivo[2]”.

Creo entender  el deseo urgente, primario, ardiente de querer ser padre o madre, a pesar de que, puntos de partida claros, yo nunca he querido serlo. Conozco a dos parejas heterosexuales que se embarcaron en el zozobrante viaje, para la mujer por encima de todo, de la fecundación in vitro. Fue una travesía en el desierto que les llevó a recorrer exhaustos miles de kilómetros en busca del ansiado oasis, que finalmente consiguieron.

Hablo de deseo y no derecho. El deseo de ser padre o madre, que no el derecho de. Otra cosa es hablar de los derechos reproductivos que se contemplan en la ley de reproducción asistida y a los que parejas homosexuales masculinas y mujeres que no pueden llevar a cabo una gestación demandan su acceso.

Mi opinión acerca de ello. Ellos hablan de discriminación por no estar incluidos dentro de las posibilidades que la ley contempla, pero, sinceramente, yo creo que hacen un poco de trampa porque no se pueden equiparar los supuestos que la ley contempla con la situación que ellos plantean. Básica y fundamentalmente porque la persona demandante no es la que se hará cargo de la gestación de la futura vida. Cuestión que nos sitúa ante el escenario económico y marginal que hemos expuesto.

No sé, vivimos en sociedad y lamentablemente no podemos dejar nuestra cotidianidad a la buena voluntad de nosotros mismos o los que nos rodean. Las leyes cumplen esa función que regula derechos y deberes, pero también es cierto que tanta reglamentación no hace sino pervertir en muchas ocasiones el natural devenir de la existencia. Una existencia que al parecer carece de sentido al margen de la maternidad tal y como, aseguran las testimonios de SNH al exponer que se sentirían incompletas sino fueran madres. Soy madre, luego existo. Acabo de desaparecer.

Por otro lado, si seguimos su argumento del derecho s ser padre o madre, nadie les niega la posibilidad esa posibilidad, ya que tienen la vía de la adopción. Los testimonios de los padres de intención comentan acerca de lo dificultoso que resulta un procedimiento de este tipo. En ese caso, tal vez deberían encaminar sus reivindicaciones hacia mejorar los trámites de los procesos de adopción y no atrincherarse en posturas irreconciliables que incluso llevan a manifestar un triste enfrentamiento entre mujeres. Igual que ellos esgrimen el derecho a formar una familia, lo mismo un sinfín de niños podrían esgrimir el derecho a tener una.

En mi opinión, antes que un problema sobre el proceso dificultoso que supone la adopción, se trata de una cuestión de prevalencia del propio código genético, de lo hereditario. Me explico citando de nuevo a Silvia Federici[3] al referirse a las palabras de Marx, respecto del uso “de las mujeres en la familia burguesa, como productoras de herederos que garantizan la transmisión de la propiedad familiar”. La gestación subrogada, como perfecto exponente del devenir del sistema, se atiene a las condiciones que se derivan de la existencia de la propiedad privada.

En el caso de que esa transferencia que haga posible la consanguinidad, no se pueda realizar desde los propios medios físicos, la ciencia, largo tiempo al servicio del sistema, está dispuesta a resolverle la papeleta a unos cuantos, a los que lo puedan pagar.

El sistema, siempre atento a necesidades reales, creadas o ficticias, se hace cargo del negocio de las reivindicaciones de la clase pudiente de la sociedad. Aunque testimonios de los padres de intención de SNH, aseguran que no se trata de una posibilidad al alcance de unos pocos (una pareja joven comenta: “ahorramos 100.000 euros, cuesta mucho”), la verdad es que resultan obscenas las cifras que se barajan y que por supuesto resultan inalcanzables para el común de los mortales, ya sea mediante un irreal ahorro o préstamo bancario.

La voracidad del sistema en el que vivimos, ¿consumimos?, está acabando con la práctica totalidad de los recursos del planeta, así que parece que ahora se trata de consumirnos a nosotros mismos, de consumir a los menos favorecidos (úteros, riñones, hígados), en una suerte de antropofagia consumista de comercialización de deseos.

Sinceramente, consideraciones éticas, morales, de derechos de los más desfavorecidos, no parecen presentar la gestación subrogada como algo demasiado aceptable. Pero es que además tanta regulación, tanta complicación desde antes de llegar a este mundo, tanta higiene legal … Cuando la vida es sangre, moco y llanto desde ese minuto uno en que a uno lo depositan junto al pecho de la madre que lo parió.

¿De verdad que la culminación de un deseo como la maternidad o la paternidad deben depender de tantos pasos intermedios: abogados, psicólogos, padres de intención, gestante, donante, gestores, asesores, agencias, clínicas de fertilidad? Tanta mediación hace que el asunto se parezca más a un conflicto que al logro de una ilusión finalmente alcanzada.

Sin embargo, la maternidad / paternidad mediante gestación subrogada es otra cosa. El acceso a tal posibilidad se convierte en un tránsito, ¿peregrinaje?, que parece aconsejar los servicios de estos profesionales. A fin de cuentas, como ya hemos ido dejando claro, se trata de un contrato. Así que al igual que en un contrato de alquiler más vale delimitar el alcance de responsabilidades y obligaciones de cada una de las partes para no poner en riesgo la fianza depositada en útero ajeno.

Se gesta a los embriones de los otros. Con todas las garantías.



[1] Las mujeres gestantes utilizan la palabra devolución para enfatizar el hecho de que se trata de un niño que no es suyo.
[2] Silvia Federici. “Calibán y la bruja”. Capítulo II, página 28
[3] A lo largo del capítulo II del libro de Federici, se nos explica la explotación, degradación y utilización por parte del incipiente sistema capitalista.
https://es.wikipedia.org/wiki/Mater_semper_certa_esthttps://surrofair.com/profesionales-intervienen-la-gestacion-subrogada/

domingo, 18 de junio de 2017

Extraños de carne y hueso. La vida de los otros


El último atentado acaecido en la capital del Reino Unido nos deja un balance de ocho víctimas mortales, cuarenta y ocho heridos y un héroe español, ante los que manifiesto mi más profundo respeto y mi más honesto pésame para sus seres queridos.

Este es el, repito, balance (en estos términos afines a una vulgar cuenta de resultados se desenvuelve el lenguaje periodístico), que se nos facilita desde los medios de fast information. A través de ellos engullimos sin tiempo ni lugar para la reflexión, unos mensajes que si bien no nos nutren, nos dejan la barriga y la conciencia satisfechas.

Ocho fallecidos… No, definitivamente, mis “cuentas” no coinciden porque a mí me sale un total de once personas fallecidas. Debe ser por el hecho de que yo incluyo también a los atacantes, llamados comúnmente terroristas, que, ya me disculparán, yo también considero personas. Tal vez sea por aquello que dijo Unamuno parafraseando a Terencio, “nullum hominem a me alienum puto, es decir, “soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”. Tal vez porque, por esto mismo, me gusta saber de sus reivindicaciones, razones y motivos. Tal vez sea porque no se trata de aquello de “o todos moros o todos cristianos”, sin matices (eso forma, o debería formar parte de la libertad individual de cada uno), sino que se trata, insisto, de que todos somos personas. Aunque algunos se empeñen en una clasificación jerárquica, que no atiende a profundidad ni explicación ninguna, entre víctimas, héroes y asesinos.

A mí nunca me han gustado los héroes, sino los hombres de carne y hueso. “El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere -sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere”. Unamuno de nuevo.

El que se enfrenta en un momento de arrojo irreflexivo a una persona armada y, especialmente, aquellos que deciden, con todo el peso de la angustia, mientras se les parte el alma, lanzarse con su familia al mar en un barquito de papel, enfrentándose al horror de una muerte casi segura.

¿Se acuerdan de Aylan? ¿Se acuerdan del cuerpecito inerte que apareció el 2 de septiembre de 2015 en una playa turca? ¿Quién era Aylan Kurdi?

Aylan era un nene kurdo de tres años nacido en la ciudad siria de Kobane, lugar desde el que huyó con su familia de la guerra que azota el país desde 2011 para la vergüenza infinita de ese cosa abstracta que se ha dado en llamar la comunidad internacional y que es como Fuenteovejuna, pero al revés, una inmunda palangana donde lavarse las manos.

Eso es todo. No sabemos nada más porque no interesa y porque no se le dio tiempo a tener una biografía. Así como se nos hace partícipes, con detalle, de las vidas de los víctimas de los atentados de Londres. Así como hablamos de las vidas truncadas de la enfermera australiana a la que le apasionaba viajar (y no en un bote inflable). Así como sabemos de la chica canadiense que se había prometido hacía un año. Así, así, no podemos hablar de Aylan porque no tuvo ocasión de hacerse adulto y construir una vida.

En cualquier caso, no importa. Porque los del otro lado (los moros, los terroristas, los islamistas…) tienen la biografía que nos interesa construir. Y el principio y fin de esas biografías es que se trata de jóvenes que se radicalizaron. Punto. De esta manera y de un plumazo les borramos su familia, sus inquietudes, su vida. Porque los malos son malos de una pieza, igual que los héroes lo son, productos de un juego maniqueo que no deja lugar a la pregunta que sugiera una explicación incómoda.

Porque los malos son los otros. Aquellos que algunos se han empeñado en que veamos como extraños (no olviden las palabras de Unamuno). Aquellos como Salman Abedi, el responsable del atentado del Manchester Arena, que con tan sólo veintidós años se inmoló en el ataque. Quién era Abedi. Era hijo de dos refugiados libios. El hecho de que naciera en el propio Manchester es residual, lo importante son sus orígenes de raza, etnia o religión.

Y sin duda son importantes, pero no en una suerte de ordenación taxonómica en la que hemos situado a los árabes “en un reino que no es de este mundo”, sino porque esos orígenes nos sitúan cara a cara con el pasado imperialista de un Reino Unido, país cuyos empresarios camparon durante largo tiempo a sus anchas por unas tierras a las que nunca se quiso incorporar en una condición de igualdad con las leyes de la metrópoli. En palabras de Hannah Arendt con respecto al imperialismo British style, “los hombres de negocios de mentalidad imperialista eran seguidos por funcionarios civiles que deseaban que el africano siguiera siendo africano “ (1). Así como Salman Abedi era libio y no un chico británico con problemas de integración, introvertido (tal vez porque no se le hacía ni puñetero caso) y que estudiaba en la universidad.

A partir de estos hilos podríamos empezar a tejer una historia que nos lleva desde las primeras máquinas de hilar de la Revolución Industrial hasta mediados del siglo XIX, cuando las potencias europeas se lanzaron a la conquista de unas tierras en las que la economía capitalista inició un camino sin retorno que nos ha llevado a la actual lucha de unos menguantes recursos naturales y a todo lo que esto supone.

Pero antes de llegar a nuestros días y extraer alguna conclusión, detengámonos, en este viaje desde una Europa voraz a la tierra de las mil y una noches, en el desierto porque, como dice Peter O’Toole en el papel de T.E. Lawrence, el desierto es limpio.

Tal vez el coronel británico tuviera razón y las dunas de fina arena del desierto nos ofrezcan un emplazamiento desde el que otear nítidamente los entresijos de esta historia de la Historia, que quedó magníficamente plasmada en la producción dirigida por David Lean, Lawrence de Arabia.

La película narra la sublevación de las tropas árabes iniciada por el jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, a partir del compromiso McMahon con el Gobierno Británico. En dicho acuerdo, los ingleses acordaron la creación de un estado árabe unificado desde Alepo en Siria hasta Adén en el Yemen, a cambio de la ayuda de las tribus árabes para acabar con el Imperio Otomano.

Este compromiso, como demostraría poco después el Acuerdo Sykes-Picot, era un fraude desde su inicio, ya que desde el principio de la guerra, el objetivo de Francia e Inglaterra era la repartición de los territorios del Imperio Turco. Franceses y británicos se aliaron pues, para instigar la sublevación árabe.

De esta manera, al finalizar la guerra, el pacto suscrito con el Jerife de La Meca quedó en papel mojado al llevarse a término el mencionado Acuerdo Sykes-Picot, por el cual los británicos se quedaron con el actual Irak y parte de Siria, mientras los franceses pasaron a controlar el resto de Siria y Líbano, dando lugar al actual mapa de Oriente Medio.

Avancemos, ahora sí, y tratemos de establecer alguna conexión con las circunstancias actuales en la zona. Es tarea fácil, ya que los propios miembros tanto del gobierno estadounidense como del británico han confirmado la intervención de sus países en el apoyo a la insurgencia siria. (2)

La situación estratégica del país (3), así como los intereses económicos de una zona con la mayor reserva de hidrocarburo del planeta parecen revelar las mismas intenciones que tuvieron franceses e ingleses para alentar la rebelión árabe hace un siglo. Documentos de Wikileaks afirman la voluntad del gobierno estadounidense por desestabilizar el gobierno de Bashar al-Ásad desde el 2006. Dejamos apuntadas en esta nota (4) algunas motivaciones al respecto.

Cierto es que las protestas contra el régimen de Al Ásad tenían toda su justificación. La sequía que arruinó a un millón de campesinos en el 2008, así como una crisis económica agravada por los reajustes exigidos por el FMI, empeoraron la situación de una población cuyas demandas por una mayor libertad y justicia social fueron pisoteadas sin contemplaciones por el gobierno sirio.

Pero esta legítima reivindicación se ha visto empañada, emponzoñada y traicionada por los intereses de aquellos que supuestamente acudieron en la salvaguarda de una población asfixiada por la crisis, sumiendo al país en una guerra que dura ya más de seis años.

Me atrevo, tras los datos aportados, a dar un paso más, aún con el temor de que las arenas del desierto se conviertan en movedizas y apuntar algo más sobre el papel del Estado Islámico y a su financiación por parte del tradicional aliado de EE.UU. en la zona, Arabia Saudita. Ya hemos mencionado los intereses del régimen de Riad, por lo cual no deberíamos extrañarnos de que utilicen todos sus medios para acabar con el gobierno de Damasco.

En este punto, algunos de ustedes deben estar escandalizados por el hecho de que el “garante” de la democracia mundial, ese gran país el sur de Canadá y al norte de México, permita a los saudíes la financiación del “terrorismo yihadista” que asesina a los “nuestros”. Quizá nos ayude a encajar la piezas de este atroz rompecabezas pensar en los servicios prestados por Osama Bin Laden en la guerra de Afganistán contra la U.R.S.S. O en el apoyo prestado por el gabinete de Reagan a Sadam Hussein durante la guerra con Irán. O en Muamar el Gadafi, asistiendo a amables reuniones con el mejor presidente de nuestra democracia, el mismísimo “Ánsar” (5).

Qué ha sido de todos ellos. Eliminados. Eliminados, dejando como efecto colateral (¿se acuerdan de este repugnante eufemismo que el lenguaje periodístico acuñó durante la primera Guerra del Golfo?), países asolados, quebrados y hundidos en la pobreza. Caídos como piezas de dominó en pos de la auténtica joya de la corona, Irán, la primera reserva del gas y la tercera del petróleo mundial. Ya saben, first we take Manhattan…

Y es precisamente en Irak, ese país destruido, cuya población vive sumida en la pobreza y el caos, donde surge El Estado Islámico de Irak y el Levante, organización cruel hasta el espanto que se formó para hacer frente a la invasión del país del 2003. ¡Sí! ¡Efectivamente! Esa en la que el “Trío de las Azores” (Ánsar again) aseguró que Saddam Hussein poseía unas armas de destrucción masivas que nunca fueron localizadas.

Este viaje de ida y vuelta, iniciado unos párrafos atrás, nos deja como resultado el sufrimiento de millones de personas de carne y hueso, de las que mueren. Si nos detenemos en la ida, la guerra de Siria se ha cobrado ya más de 300.000 vidas. Utilizando sus términos, el balance o saldo inclina claramente la balanza hasta hacerla zozobrar hacia el lado de los que huyen en infames botes inflables.

Afortunadamente, nosotros occidentales, siempre podemos volver a tierra firme, igual que el coronel T. E. Lawrence regresó a Oxford, a la civilizada Inglaterra. A los llamados terroristas, que desde aquí siempre son los del otro lado, aunque hayan nacido en este, sólo les queda permanecer en el limbo de los que no tienen patria porque son los otros, o iniciar un viaje sin retorno.

Pero cuando volvamos, no nos olvidemos de echar la mirada atrás de vez en cuando. Porque aún cuando nuestra mirada sea azul y atlántica como la de Lawrence de Arabia, la de este hombre de carne y hueso también era compleja, valiente, torturada, aventurera. Era la mirada doliente de un hombre que luchó al lado de los otros y se vio traicionado por los suyos, como “tal vez” también nos esté pasando a nosotros.

En cualquier caso, no dejen de ver o de volver a visionar una película de las que ya no se hacen, aunque suene a tópico viejuno, y envuélvanse por un momento en los ropajes de esos beduinos hospitalarios que le ofrecerían una taza de té hasta al enemigo. Si podemos ser héroes, porqué no ser beduinos just for one day.

(1) Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial, 2006, página 200.


(3) Comparte fronteras con Turquía por el norte, con Irak por el este, con Israel, Jordania y el mar de Galilea al sur, y con Líbano y el mar Mediterráneo por el oeste.


(4) Arabia Saudita. Quiere anular el proyecto de gaseoducto Irán-Irak-Siria-Mediterráneo y sustituir a Rusia como suministrador de gas de Europa.
Turquía aspira a recuperar la hegemonía “otomana” sobre Siria.
Israel pretende quedarse con la parte del gas y el petróleo sirios descubiertos en sus costas.

(5) Forma en que el insigne George W. Bush pronunció el apellido de su amigo José María Aznar.

viernes, 14 de abril de 2017

Las bicicletas son para el soberano


El regalo de Reyes que recibí con mayor alegría cuando era niña fue mi primera bicicleta. Luego vinieron otras, pero aquella “BH” de brillante esmalte granate será siempre mi favorita de todas ellas.

Con ella aprendí a ir en bici y lo hice a base de pegarme unas cuantas tortas, pero cuando por fin aquel artefacto maravilloso y yo fuimos una unidad en equilibrio, puede disfrutar de aquella sensación de libertad mientras mi pelo volaba alborotado al ritmo del aire que rozaba mis mejillas.

La llegada de la “BH” me costó ruegos varios, dado el miedo de mi madre a que su única hija se partiera la crisma con resultados catastróficos. Sin embargo, para los buenos padres, la ilusión de sus vástagos ante nuevos retos y experiencias en su desarrollo como personas únicas e individuales siempre es lo más importante. Mis ansias de libertad prevalecieron sobre la necesidad de seguridad de mis padres.

La bici llegó cuando yo tenía ocho años y, para aquel entonces, hacía ya dos años que yo ya sabía que los Reyes Magos eran los padres. A pesar de la temprana edad en la que me enteré de aquel “candoroso engaño”, su descubrimiento no me causó ningún desencanto. En realidad, me sentí liberada de aquella penitencia que suponía el resto del año hasta la llegada del bendito seis de enero. Sí, porque el 7 de enero empezaba una auténtica cuenta atrás para que los Reyes no me trajeran carbón y para eso había que ser un buena nena según el criterio mágico-esotérico de sus Majestades de Oriente.

De esta manera, con el misterio resuelto, mis cartas posteriores, que ya no iban al buzón, se ciñeron a un sentido común, tal vez demasiado precoz, que me frenaba a la hora de extralimitarme en las demandas a una familia de clase trabajadora. Yo solita con mi sentido común pude manejarme. No hacía falta nada más, gracias a la buena educación que siempre recibí de mis padres.

Así pasó mi infancia de clase obrera, a la velocidad de mi BH con mis pantalones de pata de elefante arremangados, mientras en mi país se sucedían cambios que suponían la llegada de las primeras elecciones democráticas tras una dictadura que fue desmontada con mimo y de la que se aprovecharon múltiples trocitos, cual monstruo de Frankenstein.

Las ciudades y pueblos de España se vieron inundados de carteles con la facha; perdón, pero viene, viene al caso; de políticos variopintos. Suárez, hecho un pincel de traje y chaqueta; Felipe, muy aparente con su chaqueta de pana;  Carrillo con su eterno pitillo y Fraga, sin acritud, pero para mí, la viva imagen humana del Napoleón de “Rebelión en la Granja”.

Estas fueron las imágenes y la banda sonora, sin duda, aquella “Libertad sin ira” del grupo “Jarcha”.

Y nos los creímos, lo de la democracia, la libertad y la movida madrileña.

Mientras, muerto el dictador, la banda terrorista ETA seguía a lo suyo y al gobierno socialista no se le ocurría otra cosa que echar mano del terrorismo de estado, con la creación de los GAL, y de unas fuerzas de seguridad con una raigambre bastante podrida, muy dispuestas a colaborar en “abusos” varios; no hay más que recordar el caso de Lasa y Zabala [1].

Con el paso del tiempo, también nos creímos que las malas hierbas que habían crecido a sus anchas en tiempos pretéritos entre aquellos que detentaban el monopolio de la violencia habían sido arrancadas. Pero en un territorio con semejante abono, repito, la violencia, no pueden más que crecer las flores del mal, pero no aquellas a las que se refería el poeta [2].

Cuarenta años después de las primeras elecciones democráticas y tras varias convocatorias electorales en las que se nos ha permitido a los españolitos de bien ejercer nuestra voluntad a través del mandato que supone el resultado de las urnas. Cuarenta años después de despedir a los Reyes Magos de Oriente y su tácito imperativo para ser una buena nena, me he vuelto a dar de bruces con unos reyes elegidos por mis conciudadanos que, en este caso, van a determinar si soy una buena ciudadana. Y para ello se han dotado de un instrumento llamado “Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana”.

Las diferencias entre los Reyes, ya sea los paternos o los de Oriente, y entre estos son, obviamente, notables. Las principales giran en torno a dos cuestiones, el binomio libertad-seguridad y la clara voluntad de indefinición respecto a las pautas a seguir para  conseguir la garantía que me faculte como una buena ciudadana; cuestión esta última que, en mi infancia aparecía diáfana resumida en asuntos como lavarme los dientes, hacer los deberes, aprobar los exámenes…

Vayamos con la primera cuestión. Mientras que en el caso de los reyes paternos la libertad era lo que primaba frente a una seguridad asfixiante que anulara la capacidad de autonomía de la persona dotada de todos sus derechos individuales, en la ley va por delante la seguridad ciudadana tal como se indica en su título. Por más que, en el preámbulo de su texto, se haga alusión a los derechos y libertades, avanzando en la lectura de los diferentes artículos de que se compone, no tardamos en comprobar que se trata de una cuestión meramente estética.

Una seguridad que, según dice la ley, es función del estado, convirtiendo al ciudadano en un pelele que es incapaz de utilizar el sentido común, ese que se le otorga a una cría de ocho años para llevar una bicicleta sin atentar contra su seguridad ni la de otros, pero que parece que no se le supone al conjunto de la ciudadanía española o que ciertamente esta ley le niega su puesta en práctica.

Así pues, se trata de una cuestión de seguridad, de protección, pero no del ejercicio de los derechos y libertades. Entonces de qué.

La clave a la respuesta de esta pregunta la hallamos en el desequilibrio absoluto entre la capacidad de actuación de los meros ciudadanos de a pie y las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado.

La citada ley deja de manifiesto de forma evidente de que a quién se trata de proteger es a aquellos que la han elaborado y a los que se encargan de hacerla cumplir porra de por medio. Muestra de ello son la prohibición de las manifestaciones frente al Congreso o el Senado, la ocupación de la vía pública y el refrendo de veracidad absoluta del testimonio de cualquier agente[3] frente al del ciudadano. Prohibiciones amparadas en un criterio difuso e inasible, relacionado con la indefinición que antes comentábamos.

Son todos ellos, ejemplos que no hacen más que traer a la memoria aquella frase de Manuel Fraga Iribarne (insigne ministro de la dictadura, y, no olvidemos, vicepresidente del Ejecutivo nombrado por Juan Carlos I, fundador de AP, más tarde PP) en la que aseguraba que la calle era suya.

Poco parecen haber cambiado los tiempos en una época en la que no se nos permite salir a la calle libremente, ya sea a pie o en bicicleta, porque a todas luces parece, como se cita en la frase final de la maravillosa, “Las bicicletas son para el verano” que “no ha llegado la paz, ha llegado la victoria”. Es decir, poco le importa a esta ley la paz y la concordia social, tal y como pretende asegurar gracias a un maquillaje de la señorita Pepis con el que las buenas nenas jugábamos mientras los machotes jugaban al oeste, sino la victoria de unos pocos, los de antes, los de ahora, los de siempre.

En la práctica, lo que viene a sancionar esta ley es la acción de activistas como los de la PAH a la hora de parar un desahucio, la resistencia pacífica o las sentadas.

En cuanto a la indefinición no es más que una forma de asegurarse el tiro, perdón por la expresión, no se me “malinterprete”, para acabar teniendo la sartén por el mango y la decisión última. Dado que son las fuerzas de seguridad las que deben decidir las supuestas situaciones de emergencia bajo las que el libre ejercicio de los derechos individuales quede restringido, no hay comodín más acomodaticio que ampararse en cuestiones tales como “lo razonablemente necesario”, “indicios racionales” y “principios de idoneidad y necesidad”; dejando al ciudadano ante un terreno resbaladizo donde romperse la crisma con o sin bicicleta.

Por lo demás, la ley deja bien claro en su artículo número cinco, cuáles son los órganos competentes a la hora de llevar a cabo todas las cuestiones consideradas en la ley, tanto las ejecutivas como las sancionadoras; convirtiendo al Ministerio del Interior en todo un “Ministerio de la Verdad” tal y como ya augurara Orwell en “1984”. Además, por si fuera poco la sensación de estado policial, la ley contempla el deber de colaboración de las empresas de seguridad privada, al estilo de policía política ciudadana de regímenes tan ampliamente denostados por la opción política que nos gobierna.

Respecto a las sanciones, qué sanciones… Eso sí que es traer carbón. No hay más que preguntar a la tuitera de Murcia a la que no le va a quedar más remedio que irse de expatriada a las minas de Holanda como ya hicieron muchos de nuestros compatriotas cuando con “Culoblanco” [4]se vivía mejor.

Nubarrones negros se avecinan que parecen aconsejar guarecerse en casa, sin embargo yo, pienso coger mi bici, bajarme a la playa y tomarme un copazo s
de “Soberano” porque “Soberano es cosa de hombres” y a mí nadie me tiene que decir la identidad de género que se me pegue la gana adoptar, por ejemplo, en el día de hoy Viernes Santo y octogésimo sexto aniversario de la II República.

¡Salud y República!


[1] Caso Lasa y Zabala: https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Lasa_y_Zabala
[2] Me gustaría dejar claro que mi crítica se refiere al uso abusivo y/o desproporcionado que se puede hacer por parte de este colectivo, no al ejercicio digno de respeto de muchos de los profesionales que lo componen.
[3] Un funcionario publico al que no se le puede grabar, mientras él sí puede. Con la consiguiente vulneración del derecho a la información.

[4] “Culoblanco” fue alguien que se dedicó a asesinar a muchos españoles durante cuarenta años. Yo también me voy a acoger a la indefinición …